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El osito del Kremlin

El osito del Kremlin
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Ya no sé qué pensar.

Perdón, lector, me he expresado incorrectamente: en realidad, como me corresponde por designio divino, he ejercitado mi ilustrado pensamiento contra viento, marea y el agua de OSE. O sea que no he abandonado mi noble causa personal que usted tanto valora; no, no viene por ahí la cosa.

Lo que ocurre es que he tomado conocimiento de algunos hechos aislados –que no obstante serlo se han concentrado para desorientarme más que a Damiani- que me tienen al borde del colapso nervioso y sin las respuestas precisas que generalmente se esperan de un tipo de mi talla intelectual (44 ó XXL, según de qué se trate).

Desde este punto de vista, por más fuerza que he hecho (quiero decir mental, porque en el baño trato de no hacerla ya que me jode las hemorroides) debo confesar que solo me queda, para aportar a mis consecuentes seguidores, ideas, apreciaciones, conjeturas o intuiciones aisladas que, tal vez, en algún caso puedan redondear ciertas hipótesis que al menos apruebe un tribunal de letras de carnaval.

Comenzando por el escenario internacional, he sido informado que Putin, el ex karateca –del que hoy se duda si fue bailarín del Bolshoi- que regentea a la Madre Rusia, duerme por las noches abrazado a un osito de peluche rubio, al que si le aprieta la barriguita le sale una risita con baba y la frase en inglés “quédate tranqui, Vlad, que yo me hago el loco pero estoy contigo”. Una interpretación vulgar nos llevaría a suponer no sólo que Putin ha logrado influir en la conducta (¿) de Donald Trump, cosa de la que a su manera y obviamente sin ositos estériles y en otras posiciones nocturnas, ya logró Ivana, la mujer del imbécil, sino que semejante influencia le está rindiendo de tal modo que ahora es incapaz de conciliar el sueño si no le busca el ombliguito al oso rosado de peluca dorada (actitud, en última instancia, que podría plantear problemas de definición de género).

No sé, lector, si usted advierte que la suerte del mundo entero –extinguida la Guerra Fría, hecho polvo el muro que dividía a Berlín y dinamitada la vieja y querida (por Abdalita, el Oso Andrade, Lorier y Marinita) Unión Soviética- ha quedado en manos de dos anormales con defecaciones cerebrales, ideales para un simposio de especialistas (no inviten a Chomsky, por favor, que se prende hasta de una boa) que les practiquen una pericia psiquiátrica forense a ver si confirmamos algo y no nos pasa como con Ramis cuando sale a la puerta de la casa, se chupa el dedo índice derecho (sin connotaciones ideológicas) lo levanta y nos caga la vida con predicciones que entran penúltimas en la segunda de Maroñas.

¿Y por qué comencé con el escenario internacional?

Clarísimo: si al osito le aprietan demasiado el ombliguito y se tira un pedo, es probable que el ex karateca se sobresalte y, con la mierda ácida, no deje nada en pie; ni el Kremlin ni el Mercado Agrícola. Desaparecerían, incluso, las penosas situaciones vernáculas que igual describo –por si acaso sobrevivimos un tiempito más- también muy oscuras y confusas.

Al final se supo: un espía militar estuvo veinte años infiltrado en el PIT CNT y en el Frente Amplio, alcanzando puestos jerárquicos sindicales y políticos. Chupó cerveza con el ronco Read, del que fue suplente en alguna lista, y vino tinto con el Lalo Fernández, porque se afilió al Partido Socialista. Parece que Defensa lo jubiló –no se sabe si por estos servicios o por boludez institucional- allá por el 2005. Discúlpeme, lector, pero no hallo explicación plausible para que tanta gente supuestamente lista y avisada se haya comido tamaño garrón -¿no sentían que les faltaba cambio, que les tocaban la colita, se daban vuelta y no había nadie?- durante tanto tiempo.

La carretera más nombrada del país, de la que se viene hablando hace años y a la que, en cualquier momento, Larbanois y Carrero le hacen una chamarrita, con casi quinientos quilómetros de extensión –o sea la tristemente famosa ruta 26- fue inspeccionada otra vez y se confirmó que sigue siendo un enredo de pozos, rajaduras y charcos como el primer y glorioso día. Toto, ¿hiciste alguna apuesta a que, si te esfuerzas un cachito más, desaparece de los mapas escolares?

Y para el cierre, porque ya me estoy orinando y quiero rajar para el baño, el feminismo militante autóctono ha tenido otro triunfo: no se conoce mujer en la historia que reúna, en tan poco tiempo, una cantidad tal de sospechas de irregularidades, acomodos y otras yerbas parecidas.

Sospechas, dije.

Y sí, acertó lector: Susana Muñiz, directora de ASSE, que anda con los mofletes tan inflamados que deja la impresión de estar soplando algo para que se vaya.

Antonio Pippo Tiene 58 años de trabajo en el periodismo. Ha trabajado en todos los canales de TV del país, abiertos y por cable, menos VTV; ha trabajado en casi todos los diarios, semanarios y revistas (los que se han editado y los que aún se editan en el país); ha trabajado como columnista en varias radios. Ha sido docente de comunicación en la Universidad  ORT. Ha publicado seis libros. Ha dictado charlas y conferencias en la capital y diversas ciudades del interior sobre temas de periodismo. Fue productor general y co protagonista de un espectáculo de tango que se presentó en el país durante diez años, cerrando ese extenso ciclo el año pasado.