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¿Otra vez el tema del aborto? Miguel Pastorino

¿Otra vez el tema del aborto?  Miguel Pastorino
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La semana pasada a partir de una pregunta realizada al Presidente de la República en conferencia de prensa sobre el aborto, él respondió sobre varios aspectos del tema que levantaron todo tipo de reacciones en las redes sociales. El problema no es lo que dijo, sino los supuestos que existen en el imaginario de muchísima gente sobre lo que significa defender el derecho de las mujeres a decidir y por otra parte el derecho a la vida de todo ser humano desde la concepción. Es un tema sensible que genera todo tipo de reacciones, lo cual evidencia de que no es un tema terminado, porque sencillamente se confunde lo legal con lo ético, lo político con lo filosófico.

Creo que sería más sano romper un tabú social: “de esto no se habla más”, “es un tema saldado”. Eso suena a un dogma arbitrario, a no querer escuchar otras opiniones. Demostremos que es posible opinar públicamente a partir de las propias convicciones, sin herir ni descalificar. Nuestra sociedad plural, incluye más de una postura ética respecto de estos asuntos; no es lógico ni sano para la democracia intentar silenciar a una parte o a la otra para imponer la propia visión. Es preciso aprender a comprender las razones de cada parte para poder avanzar. Que existan leyes no anula los dilemas morales de las personas, porque la ley puede promover o prohibir, pero la realidad excede el marco legal.

Si uno defiende la legislación vigente y los derechos de las mujeres, es tildado de asesino de niños y promotor del aborto. Por el otro lado, si alguien se declara “pro vida”, o “en contra del aborto”, es señalado como heteropatriarcal, machista, opuesto a los derechos y “facho”. Y entonces… llegamos a un callejón sin salida, donde gana el que tenga más poder, o más volumen. Así no gana la razón, ni importa la verdad.

Por otra parte, no siempre es verdad que quienes consideran el aborto un crimen lo hagan por razones religiosas. Hay creyentes de diversas religiones con posturas muy diversas al respecto y también ateos y agnósticos. Existe un mito extendido que quienes están en contra del aborto es por convicciones de fe, pero lo cierto es que aún los mismos creyentes ofrecen argumentos desde la razón en este tema, no con citas bíblicas ni con dogmas religiosos. Los fundamentalistas son siempre una minoría en las religiones.

Para el catolicismo en general, la defensa de toda vida humana desde la concepción es un valor supremo, pero no por razones religiosas, sino antropológicas: es matar a un inocente, quitándole el derecho fundamental a vivir. En las iglesias evangélicas hay mayor diversidad en las posiciones, desde las que han defendido la ley vigente, hasta quienes la consideran un atropello a la dignidad humana. En muchas religiones, como en el Islam, no está bien visto, pero se lo permite en ciertos casos. El problema es que apenas alguien se posiciona sobre el tema, del lado que sea, recibe una lluvia de improperios. ¿Por qué no se puede discutir con racionalidad de este tema? ¿La aprobación de la ley lo volvió un tema tabú? ¿Hacemos lo mismo con otras leyes? Claro que no.

Seguimos confundiendo planos: no es lo mismo discutir cuestiones jurídicas en materia penal, que cuestiones científicas sobre el origen de la vida humana o cuestiones antropológicas como la diferencia entre una cosa y una persona. Hay personas que están a favor de la despenalización del aborto, de su regulación y sin embargo están en contra de su práctica, considerándolo un crimen contra una vida humana, porque entienden que algo sea despenalizado no significa que pase a ser deseable ni promovido por el Estado, sino más bien desestimulado. No todo es blanco o negro. En una discusión democrática y racional no se pueden aceptar posturas fundamentalistas, de ningún tipo.  Que exista una ley no deja el tema enterrado, porque sigue siendo un dilema ético a nivel personal y social.

Muchas sociedades democráticas han decidido cuándo es lícito matar a alguien, ya que de hecho existen legislaciones sobre la pena de muerte o sobre la eutanasia. Lo mismo sucede con el aborto. Y esto no quiere decir que no se pueda criticar la moralidad de tales actos.  Lo que tal vez genera más dificultades con el aborto es que se manipula el lenguaje. Hay quienes le llaman impropiamente bebé a un blastocito o al embrión, y hay quienes dicen que no es un ser humano sino un conjunto de células. La misma ley le llama “interrupción” a un proceso que no es interrumpido, sino finalizado. Porque el término interrupción no es aplicable a la vida. Lo que se interrumpe se puede reanudar, la vida si se elimina no está siendo interrumpida, sino finalizada. Y hay una larga lista de eufemismos como este que se utilizan para no llamar a las cosas por su nombre y pretender cambiar la realidad con cambios de lenguaje.

Cuando la discusión se radicaliza parecería que a los “pro vida” más radicales no les importan las mujeres que quieren abortar; y a los que defienden la práctica del aborto como una gran conquista social, parece que no les importan las vidas inocentes de aquellos a quienes les quitan el derecho a seguir viviendo. Esto genera una catarata de odio que anula toda posibilidad de dialogo.

En otros tiempos se les negó el rango de humano a los indígenas, a los esclavos o a los niños, e incluso a las mujeres; entonces, se los eliminó o se abusó de ellos sin cargos de conciencia. Y la ley los amparaba… Se llegó a discutir si tenían alma para decidir si tenían o no derechos. Tal vez, en el futuro, nos juzguen otras generaciones por deshumanizar al no nacido para convencernos que estamos destruyendo una cosa y no una persona. Pero ¿es así? ¿es simplemente eso? ¿Es una cosa o un ser humano? La defensa de los Derechos Humanos no puede ser selectiva.

El asunto no está concluido como discusión ética en nuestra sociedad y sería bueno que existieran discusiones menos acaloradas, menos ideológicas y más honestas pensando en todos los que sufren, no solo en una parte como si el otro fuera el enemigo.

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