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Palabras de desenlace por Juan Martin Posadas

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En el correr de los últimos doce meses han tenido lugar dos instancias de desarme y disolución de sendo movimientos guerrilleros; uno tuvo lugar en Colombia y el otro en España. Podría pensarse que estos acontecimientos geográficamente tan lejanos solo puedan tener un interés académico para nosotros uruguayos. Sin embargo, dado que en estas tierras –aunque hace mucho- hubo también una guerrilla y ésta dejó las armas y desarrolló un proceso para incorporarse a la vida cívica y política del país, no resultaría tan exótico como puede parecer acometer acá una reflexión en comparación con esos dos episodios extranjeros.

El fenómeno de la guerrilla fue general en América Latina; también lo fue su ocaso. Pero no todos los casos fueron iguales: Sendero Luminoso se extinguió porque fue arrasado militarmente y Abimael Guzmán y demás líderes fueron juzgados y están presos. El proceso de desaparición de los grupos guerrilleros de Argentina con sus vínculos peronistas fue, por eso mismo, muy particular y no tiene relación con el enfoque argumental que quiero plantear.

Los casos de la guerrilla colombiana y de la ETA me interesan – y creo que le han de interesar a quien se ocupe de pensar el Uruguay- porque se trata de dos movimientos guerrilleros que no solamente deponen las armas sino que entablan un diálogo o comunicación con la nación respetiva. Es decir, se trata de dos movimientos que sintieron la necesidad o la obligación moral no solo de rectificar un rumbo –deponer las armas- sino de rendir cuentas. Así como, en sus comienzos y durante muchos años, emitieron comunicados y proclamas explicándole a sus compatriotas el sentido de su decisión, el por qué y para qué empuñaban las armas, ahora explican los motivos y los propósitos de esta decisión de cesar en su actividad armada y disolverse como organización guerrillera. Una vez más la comunicación y las palabras son importantes.

Los tupamaros no formularon orgánicamente una decisión de abandonar las armas. Antes de plantearse la revisión de la lucha armada ya no tenían ningún arma para deponer porque estaban todos presos. Se sabe que hubo prolongados conciliábulos en el penal y fuera de él  sobre su futuro, pero nunca hablaron para afuera. Hubo sí, entre los que quedaban afuera (del penal y del país) un momento de sensatez de parte de dirigentes nuevos (Lucas Mansilla, Luis Alemany y otros que luego fueron calificados de traidores) desistiendo de prolongar la lucha con el fin de evitar una carnicería inútil, pero creo que no se puede hablar de una revisión global de propuestas y/o evaluación de resultados. Menos aún de propósito de explicación a los uruguayos.

El mérito y lo interesante que encuentro en las actitudes de las FARC y de la ETA está en que no buscan solamente una salida personal y un futuro diferente para sí mismos sino un dar explicaciones en el sentido de rendir cuentas a sus conciudadanos. Veo allí un rescatable sentido nacional, de pertenencia, reconocerse parte de, buscar integrarse a aquello que, o bien quisieron salvar desde afuera con el fuego de las armas o bien quisieron derrotar militarmente para ponerse en su lugar.

Uno de los reproches que se le hicieron a los tupas es el haberse  colocado por encima o por fuera de la sociedad de sus compatriotas a los que pretendían liberar sin consultar ni tomar en cuenta la opinión o los deseos que podíamos abrigar los aparentemente tan necesitados de liberación.

También resulta claro suponer que en la decisión de autodisolverse tomada por las FAR y la ETA haya intervenido la pregunta –y la angustia- respecto a lo logrado al cabo de tantos y tan largos años de actividad armada. Dicha evaluación habría arrojado un saldo negativo y hubo valor o sensatez para reconocerlo y hacerlo confesión pública, tan pública como habían sido las primeras proclamas en momentos en que se daba a conocer por todos los medios el nacimiento y la irrupción en la vida nacional de los movimientos.

La respuesta a la pregunta ¿a qué seguir con esto? es una evaluación que parece obvia en cualquier política y en cualquier emprendimiento. No lo ven así quienes toman la política como un compromiso dogmático. Lo que es una política se puede modificar: la adhesión a un dogma no. Sea con las armas en la mano sea sin ellas las organizaciones políticas dogmáticas sólo se fijan si su acción está de acuerdo con la doctrina. Si es así, sigue para adelante y los desastres que puedan sobrevenir ni arredran ni son tomados en cuenta: la única crítica que se permite es si su actuación estuvo encuadrada en el programa o en la doctrina o si se desvió.

En Colombia las FARC negociaron un espacio político, es decir, un lugar en aquel contexto que despreciaban y combatieron durante años. Muchos colombianos protestaron por considerar que las concesiones del acuerdo de paz eran demasiado generosas para quienes habían causado tanta muerte y tanto daño. Pero un tratado de paz no puede ser un ajuste de cuentas, necesariamente tiene que estar inspirado por la magnanimidad. La generosidad abrió camino a la integración: es propia del que quiere el fin de la matanza y una Patria en paz por encima del balance de cuentas. Este ejemplo colombiano no ha sido analizado ni considerado como se merece por Verdad y Justicia y otras organizaciones y grupos similares ocupados en saldar el pasado en nuestro país.

La ETA comenzó ofreciendo una tregua unilateral (hace un par de años) luego la levantó, y finalmente en el mes de mayo comunicó su disolución y pidió perdón por el daño y sufrimiento infligido a inocentes. Pidió también la reunificación de sus detenidos, que están deliberadamente desparramados por todos los presidios de España, pero el gobierno no so le concedió y no aceptó un pedido de perdón acotado a las víctimas inocentes. Sin perjuicio de opinar que el gobierno de España tuvo razón (porque las víctimas – el tendal de víctimas- no lo fueron en enfrentamientos sino en el atentado, la bomba o el tiro en la nuca) lo que ofreció la ETA es más de lo que han ofrecido los tupas, que nunca pidieron perdón por la limpiadora del Bowling de Carrasco que voló con el  edificio (y que por ser mujer y pobre ni siquiera se conserva su nombre), ni por el peón Pascasio Baez, ni por Burgueño en la toma de Pando, ni por los cuatro soldados del jeep ni por los milicos de comisaría ajusticiados en la esquina.

Tanto las FARC como la ETA se habrán planteado, sin dudas, la pregunta personal ¿qué sentido tiene para nosotros y para quienes nos siguen continuar el sacrificio de una vida de infinitas precauciones en la clandestinidad o de campamento permanentemente móvil de un rincón de la selva a otro y a otro? Pero además de la pregunta personal también debe haber estado la evaluación del proyecto a la luz de los resultados ¿qué hemos logrado después de tanto tiempo? Y esa es una pregunta no sobre sí mismos sino sobre el país y, por ende, la de mayor valor: ¿Qué le hicimos a Colombia? ¿Qué le hicimos al país vasco?

El MNL no se planteó nunca –que yo sepa- esa pregunta ¿qué le hicimos al Uruguay? Más allá de las buenas intenciones, más allá de los renunciamientos personales que indiscutiblemente hubo ¿qué le dejaron al Uruguay? Si se hicieron la pregunta nunca lo hicieron a la vista del Uruguay, no sintieron lo que más arriba he denominado la necesidad interior de rendir cuentas. Rendir cuentas al Uruguay que, al final de cuentas, éramos el motivo o el pretexto de sus acciones y que por ellas no solo nos cayeron encima unas cuantas calamidades.

La transformación, tan habilidosa, del relato Tupamaro que consiguió instalar con éxito duradero una nueva versión de sí mismos, contraria no solo a los hechos sino contradictoria con lo que proclamaban sus documentos iniciales, sumado al éxito electoral, les permitió exonerarse de cualquier rendición de cuentas o explicación a la ciudadanía uruguaya.

Resulta más maduro el camino elegido por las FARC y la ETA. Un puede desvalorizarlo aduciendo que las circunstancias los obligaron a ello mientras que circunstancias diferentes liberaron a los tupamaros de hacerlo. Lo importante es meditar sobre las consecuencias que uno y otro modo de acción deja para el futuro de los respectivos países, para la autenticidad del relato nacional. La decisión de poner punto final y explicitarlo en palabras parece un proceder más maduro que una evaporación política muda y sin discurso. Cualquier forma de hacer inteligible la trayectoria de la sociedad en que se vive es más positivo para esa sociedad que la aceptación de una historia que se mueve, va, viene y cesa sin una clara razón de ser, de seguir siendo o de dejar de ser. Como dice Murray Edelman (“The symbolic  uses of politics” Cap. VI) “El uso del lenguaje para justificar la acción es justamente lo que hace la diferencia entre la política y otros métodos de conferir valores”.

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