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Palimpsesto citadino

Palimpsesto citadino
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Palimpsesto. Manuscrito antiguo que conserva huellas de una escritura anterior borrada artificialmente” (1).

Desde su fundación, la ciudad se escribe y se reescribe a sí misma. Con ladrillos, con cemento, con hierro, con pintura; a trazos de piqueta, martillo, cuchara, fratacho, pincel; en invisibles renglones delineados a escuadra, plomada y nivel, quedan registradas sobre el damero de su piel las marcas que se entretejen con el relato de su historia. Montevideo: obra abierta, manuscrito en permanente construcción, siempre inacabado.

A ocasiones, la hoja cuadriculada de la planta urbana se transforma en una heteróclita sucesión de estilos arquitectónicos, señas de identidad de sus respectivas épocas y orígenes. Conviven lado a lado, aquí un ejemplo de construcción colonial; allá, uno de art decó; acullá, otros: neoclásico, moderno, italiano, español, norteamericano…

En ciertos casos (no pocos), los constructores-escribas han optado por esa solución atroz que es el “borrón”: hacer desaparecer lo que antes existía y edificar sobre esa ausencia un texto completamente nuevo. Así las cosas, se han demolido desde inmuebles sin mayor valor estético a verdaderas joyas constructivas, para dejar su lugar a brutales edificios adocenados, sin otro propósito que la especulación inmobiliaria.

A veces, los oficiantes de la secta arquitectónico-literaria aplican variantes de la escritura edilicia un tanto menos radicales que la anterior. Desde la grafía planificada y prolija, coherente y cohesionada, que los expertos llaman “reciclajes” –esa zona del discurso de la urbe que se pretende a sí misma moderna y sensible, porque conserva algunos “arcaísmos” que le dan una supuesta “personalidad”, al tiempo que se adapta al vocabulario, los giros idiomáticos y la sintaxis de la arquitectura de moda–, hasta versiones que intentan emularla pero sin mayor orden ni concierto.

En efecto, en determinados sitios, surgen productos de este particular discurso que, guardando algún parecido con los del reciclaje canónico, se distinguen de aquellos por su “escritura turbulenta”. Entonces, en una misma obra se superponen los caracteres propios de varios constructores-escribas que, urgidos por las emergencias del momento, intervinieron sobre paredes, techos, puertas y ventanas enmendando, de forma más o menos aleatoria, la plana de sus colegas anteriores.

Aunque la mayor parte de ellos sea un mamarracho, en un reducidísimo número oportunidades, como si de estrambóticas gemas ocultas en el entramado de las calles montevideanas se tratase, puede uno toparse con algún que otro fragmento de este tipo de escritura, que sorprende por su insólita belleza. Quizá esta radique en que, de la lectura de su excéntrica hibridación –cercana a la del cadáver exquisito surrealista– dimana un perfume emparentado con el encanto estético de la poesía que cultivaron André Breton y sus seguidores.

Hoy, el hombre se topó con uno de estos textos. Fue escrito a varias manos (las de quien levantó una antigua casita en cuya fachada –ornamentada antaño con delicados motivos vegetales–, desfigurándola a bárbaros tajos, otras empotraron el portón de un garaje, mutilación sobre la que intervinieron no hace mucho las de un artista callejero –advenedizo irreverente– con sus coloridos aerosoles). Mientras lo admira, le parece que le cuenta la silente narración de sus peripecias.

1.- Definición del Diccionario de la Real Academia Española.