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Un par de cosas sobre corrupción por Hoenir Sarthou

Un par de cosas sobre corrupción por Hoenir Sarthou
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Las denuncias que involucran a figuras políticas en actos de corrupción, en abusos con los recursos del Estado, en maniobras financieras o administrativas ilícitas, y hasta en faltas e inconductas personales, aparecen por todos lados, tanto a nivel nacional como departamental, al grado que, por momentos, amenazan jaquear a las dirigencias de los tres partidos políticos uruguayos de mayor trayectoria.

Cada día trae su propio escándalo. Y ya era hora.  Porque lamentablemente  todavía se sabe mucho menos de lo que se debería saber.

Cuando decimos “corrupción”, muchos pensamos en un político o en un funcionario que se apropia de bienes públicos, que cobra coimas o confunde el interés público con el propio, por ejemplo contratando por el Estado con empresas propias o de sus amigos, que trafica votos o se cree  liberado de justificar sus gastos y hasta de respetar las reglas de tránsito.

Esa clase de corrupción es consustancial de la política. Una tentación constante para quienes ejercen poder y manejan recursos públicos. Para prevenirla, existen los órganos de contralor, como el Tribunal de Cuentas, la Junta de Transparencia y Ética Pública, el Tribunal de lo Contencioso Administrativo y, en última instancia, el Poder Judicial.

A menudo nos sorprendemos de que esos controles fallen. No debería sorprendernos. Los órganos de contralor también están integrados por seres humanos y sujetos a la lógica del poder; por ende, expuestos a similares debilidades que los órganos políticos. Ningún control funciona si la atención ciudadana se distrae demasiado de los asuntos públicos y deja de exigir a los gobernantes y a los organismos de contralor el cumplimiento de sus funciones.

Algunos hechos recientes deberían indicarnos que el único antídoto contra esa clase de corrupción, el único capaz de tenerla a raya, es el control ciudadano, que puede ejercerse a través de la prensa, de las redes sociales, de las denuncias y de la comunicación informal entre los ciudadanos.

Hay dos actitudes aparentemente opuestas que conspiran contra ese control ciudadano.

Una es el escepticismo, la actitud de quien dice no interesarse, no creer y no esperar nada de la política, con lo que les deja a los políticos –buenos o malos- las manos más libres que nunca.

La otra actitud es el exceso de confianza, el de quien afirma “Yo creo en mi gobierno (o en mi partido) y lo apoyo en las buenas y en las malas”. Con esa afirmación, casi religiosa, se deja de actuar como ciudadano para convertirse en votante incondicional.

De modo que, si nos sorprende la cantidad de casos de corrupción, deberíamos asumir que algo hemos estado haciendo mal como ciudadanos. Básicamente, desentendernos demasiado de los asuntos públicos.

Hasta aquí venimos hablando de corrupción “chica”. No porque no pueda costar muchísimo dinero, sino porque existe otra forma más grave de corrupción (en su más recto sentido, “corrupción” significa la degradación o desnaturalización de una materia o sustancia).

Del mismo modo que el agua se corrompe cuando se estanca, una sociedad se corrompe cuando no tiene rumbo. Y a menudo lo hace empezando por la cabeza.

Un proyecto socialmente compartido actúa como ordenador de la vida social. Una sociedad que prioriza determinado objetivo -ya sea industrializarse, universalizar la educación, convertirse en modelo social y cultural, dominar cierto sector del mercado mundial o volver a ser campeón del mundo- tiene más claro qué conductas son admisibles en sus dirigentes políticos y cuáles no.  Las que aportan al objetivo u objetivos comunes, serán admisibles y admirables; las otras serán rechazables, sin necesidad de que constituyan delito.

Ahora, ¿cómo saber si una sociedad ha perdido el rumbo?

Tal vez el indicio más claro sea que las decisiones dejan de ser tomadas por la misma sociedad. Cuando las inversiones no están condicionadas a una estrategia propia del país, cuando el uso de los recursos naturales, la instalación de los puertos y el trazado de las carreteras dependen del reclamo de los inversores, cuando las políticas bancarias y tributarias responden a recomendaciones o exigencias de organismos internacionales, cuando se firman tratados de inversión que obligan a no cobrar impuestos, a garantizar ganancias privadas y a someterse a jurisdicciones extranjeras, cuando la educación deja de tener claro qué clase de ciudadanos quiere formar, cuando el supremo argumento para adoptar una política es que “en el mundo se hace así”, puede decirse que esa sociedad no tiene rumbo.

En lo político, la falta de rumbo se traduce en la elección de gobernantes sin mandato. Gobernantes que llegan a sus cargos por fenómenos de imagen y de publicidad, sin un compromiso claro respecto a lo que harán.

Una sociedad que elige a sus gobernantes en esas condiciones está expuesta a la más riesgosa de las corrupciones: la de un sistema político que, ante el vacío de propósitos colectivos, deja de representar a sus ciudadanos para orientarse por otros intereses. No siempre por ambición o por dinero. A veces por desnorteo, por temor al vacío, por resignación a la idea de que más vale seguir un plan ajeno que no tener ninguno.

La corrupción de esa clase es detectable por indicios: mentiras, secretos, la repentina aparición de proyectos y políticas nunca antes anunciados, incumplimiento sistemático de las reglas y garantías jurídicas, justificaciones ilógicas o incoherentes. Cuando las decisiones no responden a un plan propio, son inevitablemente incongruentes e inexplicables.

Esa corrupción es aun más dañina que el robo o la coima. Porque no sólo cuesta dinero. Cuesta también la confianza y la identidad.

Es muy probable que la corrupción “chica” pueda evitarse o moderarse mediante el control ciudadano. Algunas reacciones recientes dan cierta esperanza al respecto.

Prevenir la otra corrupción, la “grande” (esa que es la más profunda desnaturalización de la función pública y política), seguramente requiera de todos nosotros bastante más.

Para empezar, algunos propósitos socialmente compartidos. Entre los cuales, por infinidad de motivos,  probablemente el primero debería ser la educación y la enseñanza que damos a nuestros niños.  Porque es allí donde comienza todo.