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Paradojas de noviembre por Hoenir Sarthou

Paradojas de noviembre por Hoenir Sarthou
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¿Cómo evaluar todo lo que ocurrió y lo que ocurrirá a partir del resultado electoral del pasado domingo?

Son tantos los hechos, y de tan compleja e incierta interpretación, que la mejor manera tal vez sea señalar varias paradojas que nos dejan planteadas para noviembre.

La primera paradoja es que la elección presidencial no la definirán los frenteamplistas ni tampoco  los blancos.

Con la merma electoral del Frente Amplio, es de suponer que lo votaron sus incondicionales, que volverán a votarlo en noviembre. Lo mismo pude decirse de los blancos. Quienes los votaron el domingo no estaban especulando. Quieren sacar al Frente Amplio del gobierno y volverán a votar a Lacalle en noviembre.

Entonces, decidirá la elección un grupo relativamente reducido de uruguayos (más o menos la cuarta parte del padrón) que el domingo pasado votaron al Partido Colorado, a Cabildo Abierto y a una serie de partidos más pequeños que van desde el centro-derecha  a la extrema izquierda, pasando por el ambientalismo.

¿Por quién se inclinarán esos votantes?

Si estamos a las declaraciones de sus candidatos, Lacalle debería arrasar. Pero –e ingresamos con esto a la segunda paradoja- hay razones para intuir que la obediencia partidaria de muchos de esos votantes no es demasiado rígida.

Algunos ex votantes del Frente Amplio, que no lo votaron el domingo, estaban castigando al partido de gobierno, y probablemente negándole la mayoría parlamentaria, que ha sido tan mal usada. Pero es factible que unos cuantos de ellos entiendan que deben optar por “lo menos malo” y voten a Martínez en noviembre.

De modo que contar automáticamente con los votos de Talvi, Manini, Novik y Mieres no parece seguro para el Partido Nacional. Y menos lo es suponer que los 73.000 votantes de las opciones de izquierda extra frentista votarán en blanco o anularán el voto. Si bien la ventaja está del lado de Lacalle, el Frente Amplio, en una elección bipolar, recuperará una parte considerable de los votos en juego.

Como tercera paradoja, hay que señalar el resultado de la reforma constitucional “Vivir sin miedo”.

Promovida exclusivamente por el sector de Larrañaga, cosechó casi la mitad de los votos emitidos. Más llamativo aun es saber que la quinta parte de los votantes del Frente la apoyaron, y que muchos votantes de Manini, y también de Lacalle, no la apoyaron.

Es una razón más para advertir que la obediencia a los liderazgos no es absoluta y que muchos uruguayos votaron esta vez estratégicamente, para producir ciertos resultados, más que por adhesión incondicional a tal o cual líder.

La cuarta paradoja es que, dentro del Frente Amplio, el sector que ganó holgadamente es el mujiquismo.

Pese a haber hecho una presidencia muy cuestionada, Mujica y su sector desplazaron a las listas que expresaban más adhesión a la política económica conducida por Astori, así como a sectores tradicionalmente “tabarecistas”, como Michelini y el Partido Socialista. Ello trae la paradoja adicional de que Bonomi (el “cabeza de turco” de las críticas opositoras durante diez años) fue electo senador.

Capítulo aparte es el fuerte castigo que recibieron las listas que representaban la “corrección política”. Así, la hasta ahora influyente “línea de género y diversidad” dominante en el MIDES y en las áreas sociales de la Intendencia de Montevideo, quedaron prácticamente fuera del Parlamento.

Nos queda pendiente la quinta y más significativa de las paradojas.

Durante quince años, el Frente Amplio gobernó como quiso. Amparado en sus mayorías parlamentarias, favorecido por una oposición conservadora incapaz de cuestionar sus medidas contrarias al interés nacional, con un movimiento sindical y una Universidad maniatados por connivencias partidarias, el Frente aprobó leyes y ejecutó políticas que ni el más reaccionario gobierno habría soñado con aprobar y ejecutar.

Un endeudamiento público  como jamás se había visto, que condicionará a muchas generaciones de uruguayos, inocultables actos de corrupción, la bancarización obligatoria, la ley de riego, el agua contaminada, el turismo en riesgo, la extranjerización de la tierra, la crisis del agro, la profundización de las políticas de forestación y los contratos leoninos con UPM, la carga tributaria, decenas de miles de empleos perdidos, índices obscenos de deserción en la enseñanza, políticas sociales que han remachado la fractura social y cultural, la duplicación de los homicidios y actos de violencia, una legislación demagógica en cuestiones de derechos e “identidades”,  una reforma vergonzante de la justicia penal, el sometimiento a las calificadoras de riesgo y a los organismos internacionales de crédito, nos son presentados como resultado de  “los mejores gobiernos de la historia”. Es cierto que operaron los consejos de salarios y que se concedieron algunos beneficios (¡bueno fuera que no se reconocieran los derechos laborales a los peones rurales y trabajadora domésticas!), pero el saldo es un país endeudado,  social y culturalmente fracturado, y sin un proyecto coherente y propio.

Todo eso fue posible –en muy buena medida- porque el movimiento sindical y el estudiantil, las organizaciones sociales, una nube de ONGs, y la propia universidad, políticamente adictos o cooptados por el partido de gobierno, renunciaron a oponerse y ayudaron a implementar esas políticas.

Hoy nos encontramos ante la disyuntiva de seguir con un desgastado gobierno “de izquierda”, que tiene atadas a las fuerzas sociales que podrían controlarlo, o cambiar hacia un gobierno “de derecha”, que tendrá el contralor férreo (por no decir feroz) del Frente Amplio devenido oposición política, del movimiento sindical, del movimiento estudiantil, de las ONGs, de otras organizaciones sociales y de la Universidad de la República.

¿Qué es mejor para los intereses del País y sus habitantes?

Dejo la pregunta abierta, por ahora.  Porque la elección entre dos males conlleva siempre implícita una tercera alternativa.

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