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Pastiche del pasado reciente  

Pastiche del pasado reciente  
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Fredric Jameson en Teorías de la posmodernidad afirma: “El modo más seguro de comprender el  concepto de lo posmoderno es considerarlo como un intento de pensar históricamente el presente en una época que ha olvidado cómo se piensa históricamente”. Se entiende este olvido no como un juicio de valor sino como el diagnóstico de una época en que se ha liquidado al sujeto, alienado y cosificado en un contínuo de valores de cambio. Por lo tanto: “Si en realidad el sujeto ha perdido su capacidad de extender activamente sus pro-tensiones y sus re-tensiones en las diversas dimensiones temporales, y de organizar su pasado y su futuro en forma de experiencia coherente, se hace muy difícil pensar que las producciones culturales de ese sujeto puedan ser otra cosa que “montones de fragmentos” y una práctica de lo heterogéneo y lo fragmentario al azar, así como de lo aleatorio”. Y por ultimo: “La desaparición del sujeto individual, unida a su consecuencia formal, la creciente falta de disponibilidad del estilo personal, han engendrado la práctica hoy en día casi universal de lo que se puede denominar pastiche”. La categoría “pastiche” es tomada de una obra de Adorno en que se analizan los experimentos musicales de Schoenberg y Stravinsky. Esta práctica está vinculada, según Jameson, a lo que en arquitectura implica la “canibalización al azar de todos los estilos del pasado”.

En definitiva aparece un hecho estético en que desaparece la espesura histórica, en la que conviven, sin contextualizar, elementos de diversas culturas, de diversos momentos históricos en un continuo cultural-temporal como el que vive el sujeto contemporáneo global. Algo que también va en sintonía con el hecho de que, siguiendo a Jameson “en nuestros días la producción estética se ha integrado a la producción general de bienes: la frenética urgencia económica por producir nuevas líneas de productos de apariencia cada vez más novedosa”, y aclara, “esta cultura posmoderna global, que es, sin embargo, norteamericana, es la expresión interna y superestructural de un nuevo momento de dominación militar y económica de los Estados Unidos en todo el mundo”.

Jameson escribió estas reflexiones en los años ochenta, pero sus palabras parecen seguir siendo útiles para pensar el momento actual. Un drama escandinavo, espectáculo de la Comedia Nacional escrito por Vika Fleitas y dirigido por Alejandro Bello Contenti, parece ser una ejemplificación bastante ajustada de la descripción del hecho estético posmoderno por antonomasia, con conciencia de la problemática que esa yuxtaposición de signos no situada implica, una conciencia que se manifiesta en el malestar de los personajes. Pareciera que estos creadores (algo que también notamos hace años en Shangai de Peveroni-Dodera) mostraran la anomalía subjetiva que se produce en las sociedades globales contemporáneas apelando a ese mismo modo de producción estética característica de la posmodernidad.

Un drama escandinavo nos coloca, en el hall y la platea de la Sala Verdi, ante una oferta de búnkers subterráneos que nos alejarán de todas las inseguridades que nos acechan (nos alejarán de la “historia” en definitiva). Cómo se recordará, la venta de búnkers fue una práctica cotidiana en los EE.UU de la Guerra Fría, en particular durante la crisis de los misiles en los años sesenta. En este caso la oferta que sufrimos los espectadores, junto a algunos personajes, la realiza una computadora que tiene grabado su discurso acerca de los beneficios del refugio con registros sonoros diversos (cual pastiche digital). Solo que la empresa de búnkers no es norteamericana sino sueca. Así, el paradigma del estado de bienestar se combina con el discurso de la inseguridad latinoamericano y las técnicas de ventas típicamente norteamericanas para que habitemos esos espacios asépticos, libres de todo el mal que genera “la sociedad”. Luego el espectador habitará esos refugios subterráneos, amueblados con un gusto pretendidamente sofisticado que no logra evitar lo “terraja”. “Inmersos” en la obra, los espectadores seremos testigos privilegiados de las crisis de convivencia de un puñado de personajes que han decidido estar absolutamente aislados del exterior. Pero claro, ese afán de salirse de la historia no logra consumarse.

La obra transcurre al menos en tres planos ficcionales-temporales, por un lado una escritora escribe una novela que protagonizan los siete personajes que habitan el búnker (aquí ya tenemos dos pliegos), y por otro lado dos detectives, en clave de serie nórdica, investigan lo que pasó en un refugio en que han aparecido siete cuerpos. La música ejecutada en vivo por Leandro Aquistapacie señala estos cambios poniendo la banda de sonido de cada escena. La música de ABBA (grupo sueco, pero que canta en inglés) se cuela entre los sueños de la escritora, haciendo que convivan simultáneamente, para el espectador, más de un plano ficcional. El pastiche se potencia con la conciencia de los personajes del policial de ser “doblados” del sueco al castellano.

El complejo mapa que se dibuja, en el que conviven referencias estéticas diversas, va dejando entrever otras líneas de la trama. ABBA es la banda de sonido de los años de dictadura militar en el Cono Sur, así como Suecia el lugar de exilio de muchos perseguidos políticos. Y así, cuerpos de desaparecidos, hijos secuestrados y personas que no conocieron a sus padres van encontrandose como piezas de un puzzle. Pero el puzzle no es armado del todo, es el espectador el que tiene la responsabilidad de ir juntando las piezas para dar un sentido determinado a la obra. Esto tiene lógica si pensamos que tanto la autora como el director hablan de que su propio trabajo creativo fue detectivesco. La dramaturga creando a partir de la materialidad de los actores y las actrices que iban a encarnar a sus personajes ante que estos existieran. Y el director investigando las posibles claves en las que apoyarse para poner en pié el mundo subterráneo de la propuesta. El resultado conforma un pastiche complejo, en el que el rol de los diseñadores se transparenta hasta en detalles de tipografía, lo que parece traslucir a creadores conscientes de habitar una época que “ha olvidado cómo pensar históricamente” pero que sin embargo saben que la historia es porfiada e igual emerge, así sea mediante gritos desde el interior de la tierra en donde se pretendió acallarla.

Un drama escandinavo. Autora: Vika Fleitas. Dirección: Alejandro Bello Contenti. Elenco: Alejandra Wolff, Cristina Techera, Gabriel Hermano, Daniel Espino Lara, Roxana Blanco, Fabricio Galbiati y Jimena Pérez.

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Leonardo Flamia Periodista, ejerce la crítica teatral en el semanario Voces y la docencia en educación media. Cursa Economía y Filosofía en la UDELAR y Matemáticas en el IPA. Ha realizado cursos y talleres de crítica cinematográfica y teatral con Manuel Martínez Carril, Miguel Lagorio, Guillermo Zapiola, Javier Porta Fouz y Jorge Dubatti. También ha participado en seminarios y conferencias sobre teatro, música y artes visuales coordinados por gente como Hans-Thies Lehmann, Coriún Aharonián, Gabriel Peluffo, Luis Ferreira y Lucía Pittaluga. Entre 1998 y 2005 forma parte del colectivo que gestiona la radio comunitaria Alternativa FM y es colaborador del suplemento Puro Rock del diario La República y de la revista Bonus Track. Entre 2006 y 2010 se desempeña como editor de la revista Guía del Ocio. Desde el 2010 hasta la actualidad es colaborador del semanario Voces. En 2016 y 2017 ha dado participado dando charlas sobre crítica teatral y dramaturgia uruguaya contemporánea en la Especialización en Historia del Arte y Patrimonio realizado en el Instituto Universitario CLAEH.