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Paul Thomas Anderson y el joven camino de la maestría

Paul Thomas Anderson y el joven camino de la maestría
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Mañana cumple 50 años de edad Paul Thomas Anderson, cineasta que desde muy joven reveló un nivel de maestría inusual dentro de los actuales talentos estadounidenses. Ocho films en 24 años dan la pauta del riguroso nivel que lo caracteriza.

Anderson nació en 1970 en un lugar privilegiado para todo cineasta, el Valle de San Fernando, en el área suburbana de Los Ángeles, un lugar muy cerca de Hollywood pero que no es Hollywood, lo que le permitió un buen conocimiento del terreno laboral y humano, y a la vez la suficiente distancia como para mirar las cosas con una perspectiva más crítica. Después de dos cortos que llamaron la atención sobre él (The Dirk Diggler Story, 1988; Cigarettes & Coffee, 1993), se desempeñó como director de comerciales y videos musicales, tarea que nunca abandonó del todo, como lo demuestra su notable corto Anima (2019), con el conjunto Radiohead. Debutó en el largo con Sydney, juego y prostitución (1996), historia de un veterano y experto apostador que inicia una amistad con un joven que lo admira. Pero ese muchacho se enamora de una prostituta de Las Vegas, y allí empiezan los problemas, con asesinatos, venganzas y una filosofía de vida encadenada al azar, elemento riesgoso que será constante en el cine de Anderson.

La siguiente tarea de Anderson fue más ambiciosa. Juegos de placer (1997) contó en 150 minutos los avatares de la producción de cine porno en los años 70-80, haciendo hincapié en la vida de los actores, directores y técnicos de la pornografía, que casi sin conocerse convivían en la más terrible soledad compartida. Retrato compasivo y realista que no se detiene sólo en el análisis de caracteres, sino que es una lección de cómo debe rodarse un material riesgoso: Anderson filma como al pasar, sin subrayados, con cámara suelta y absoluto dominio del material que le proporciona esa veintena de personajes. Hay también dos largos planos-secuencia de siete minutos cada uno que son una lección de cine por parte de un joven que parecía haber salido de la nada.

Y después llegó Magnolia (1999), historia coral sobre la crisis afectiva, física y moral de un amplio grupo de personas que atraviesan situaciones límite. Durante 188 minutos esa gente pronuncia confesiones de una crudeza y profundidad desacostumbradas para los parámetros de Hollywood, pero a ello deben agregarse un elenco de primera línea y una puesta en escena de notable virtuosismo, arriesgada hasta la desmesura, con moribundos que cantan y un bíblico diluvio de sapos cerca del final. El film impacta por su nervioso montaje, sus situaciones avasallantes y conmovedoras, y la irreverencia con que escarba en el patetismo y las miserias de personajes torturados, que se debaten entre la falta de contención emocional y las presiones y represiones del medio en que viven.

Luego Anderson desconcertó a todo el mundo con la comedia Embriagado de amor (2003), que parece la historia maníaco-depresiva de un personaje al límite de la salud mental. Con momentos de sátira despiadada e instancias de edulcorado cuento de hadas, es el agridulce retrato de un hombre solitario, patético, fóbico, con súbitos arranques de violencia, enamorado de una divorciada que trabaja para una de sus siete tiránicas hermanas. En USA fue un éxito de público. En Uruguay a casi nadie le gustó.

Cuatro años después Petróleo sangriento (2007) fue una nueva cumbre. Descripción apasionante y aterradora de la contracara del sueño americano, la ambición y la violencia más primitivas, las consecuencias del capitalismo salvaje, los efectos del fanatismo religioso y la manipulación del ser humano, amparada por una antológica labor de Daniel Day-Lewis. Anderson apeló a una narración premeditadamente clásica (excepto un riesgoso y espléndido quiebre al final), se apoyó en largos planos-secuencia y logró que un film de modesto presupuesto pareciera una superproducción.

A continuación, llegaron dos films con Joaquín Phoenix. Uno plenamente logrado, The Master (2012), intenso drama sobre un joven vagabundo que se convierte en mano derecha de un intelectual brillante (Philip Seymour Hoffman) que a mediados de los años 50 crea un movimiento parecido a la actual Iglesia de la Cienciología. El otro en cambio fue un grave traspié: Vicio propio (2014) comienza como una deliciosa mezcla de Barrio Chino y El gran Lebowski, pero rápidamente se transforma en un delirio soporífero, con una alarmante falta de ideas y una pose arty que hizo temer por el futuro del director. Por suerte la recuperación fue total en El hilo fantasma (2017), elegante historia de elipsis, silencios y miradas sobre un refinado modisto londinense, su férrea hermana y una joven mesera que cambia totalmente sus vidas. El resultado, con nueva gran labor de Daniel Day Lewis, es un drama que reproduce la frivolidad de las revistas de modas, pero presentado con cinismo y una vertiente final de sadomasoquismo muy solapado, al gusto de Polanski (o de Buñuel, si el español aún viviera).

Anderson fue comparado con Renoir y Ophüls por su obsesivo manejo de la cámara, con Truffaut y Scorsese por su cultura cinéfila, y con Tim Burton por la confección de personajes bizarros. A mi entender, en su obra se detectan episodios de narración clásica dignos de Ford, un uso conceptual del paisaje que viene de Stevens, y un férreo manejo de vastos elencos deudor de Wyler. También hay retratos de ambición desmedida heredados de Stroheim, Welles y Huston. El gusto por las historias corales vincularía a Anderson con Altman, y su suntuoso manejo de las cámaras con Kubrick. Más allá de esos nombres, Anderson ya no es un joven talento de temprana madurez, sino un artista mayor cuya dimensión verdadera se aprecia cada vez que estrena una nueva película. Por eso los amantes del buen cine siempre solemos esperarlas ansiosos.

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Amilcar Nochetti Tiene 58 años. Ha sido colaborador del suplemento Cultural de El País y que desde 1977 ha estado vinculado de muy diversas formas a Cinemateca Uruguaya. Tiene publicado el libro "Un viaje en celuloide: los andenes de mi memoria" (Ediciones de la Plaza) y en breve va a publicar su segundo libro, "Seis rostros para matar: una historia de James Bond".