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Penas y castigos por Hoenir Sarthou

Penas y castigos por Hoenir Sarthou
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¿Por qué penamos ciertas conductas? ¿Por qué, a lo largo de la historia, todas las sociedades han castigado el asesinato, el robo, la violación, el daño a las personas y a las cosas?

Esas preguntas nos enfrentan a verdades duras. Solemos creer que algunos de esos delitos, en especial si afectan a niños o son cometidos con mucha crueldad, son conductas inhumanas. Monstruosidades que condenamos como contrarias a nuestra naturaleza. Nada más equivocado.

Herbert Marcuse, si no recuerdo mal, señaló que el canibalismo no está expresamente prohibido en la mayor parte de las legislaciones occidentales. Está prohibido matar, pero no, al menos no expresamente, comer carne humana.

¿Significa que el canibalismo es legal en la civilización occidental?

Bueno, no. Significa que no hay ya una pulsión perceptible por comer carne humana. Esa conducta, que en alguna época puede haber sido habitual y luego ritual, ha sido borrada –o así parece- de nuestros instintos. De hecho, la repulsión por la carne humana supera, en casi todos nosotros, a la que sentimos por comer ratas o cucarachas, conductas que tampoco están prohibidas y que sin embargo nadie realiza, salvo en el más absoluto estado de necesidad. Por eso no son necesarias normas que prohíban comer carne humana, quizá por aquello de que el asco es el grado más alto de la moral.

No penamos y castigamos lo inhumano. Penamos y castigamos aquello que  potencialmente está en nosotros y queremos reprimir. El homicidio, la violación, el robo y todas las formas de violencia están en nosotros. Y seguiremos penándolas hasta que –estoy seguro de que ese día llegará- logremos sentirlas tan incomprensibles como comer carne humana o cucarachas

El viejo Sigmund Freud sostuvo que la civilización, toda civilización, está basada en la represión. Muchos años de diván y mucho cine y literatura nos han llevado a creer que el gran aporte de Freud a la humanidad fue una técnica para que las clases medias y altas pudieran reconciliarse con sus frustraciones ante el oído de un terapeuta. Desde mi modesta ignorancia, aceptando desde ya correcciones de los expertos, creo que lo más valioso de Freud es habernos dicho a la cara que la civilización se construye y sobrevive sobre la represión de nuestros instintos.

Mucha gente se escandaliza ante eso, porque el paradigma de moda es que podemos y debernos liberarnos de la represión, reconciliarnos con nuestros instintos, ser más “naturales”, más “espontáneos”, más “auténticos”, “seguir nuestros impulsos”, “hacer lo que sentimos”.

Sin embargo,  –que me disculpen tanto los “liberadores” como los religiosos y los moralistas- desde la perspectiva de la civilización como represión, se entiende mejor la existencia de la religión, de la moral y del derecho, instituciones mucho más prácticas de lo que creemos. Las nociones de “pecado”,  “inmoralidad” y “delito”, y los castigos reales o imaginarios que traen aparejados, tienen el efecto de limitar conductas socialmente destructivas. Así, matar, robar, violar y dañar son a la vez pecado, inmoralidad y delito, aquí y en China.

Es muy probable que, en tiempos en que los cambios tecnológicos y culturales se daban más lentamente, las nociones de pecado, inmoralidad y delito les ahorraran a las nuevas generaciones mucho tiempo y esfuerzo: el de descubrir por sí mismas qué conductas las beneficiaban y cuáles las perjudicaban.

Pero, si la religión, la moral y el derecho tienen funciones socialmente prácticas, es inevitable que, cada tanto, sus reglas requieran ajustes. Esencialmente porque ciertas virtudes dejan de ser necesarias, así como ciertos pecados pueden permitirse.

Hasta hace pocos siglos, la subsistencia de la humanidad no parecía segura. El hambre, las pestes y las guerras podían extinguir a una comunidad con facilidad. Así las cosas, era lógica una escala de valores que hoy está cuestionada pero parcialmente vigente. Era lógico que la anticoncepción, la homosexualidad y la masturbación fueran pecado, inmoralidad e incluso delito, porque conspiraban contra la reproducción. Era lógico que la laboriosidad y la frugalidad fueran virtudes, porque el hambre amenazaba. Y era lógico que fueran virtudes la fuerza, el coraje físico y la acometividad, porque la supervivencia del grupo humano solía depender de la capacidad de lucha de sus miembros.

Esos pecados y esas virtudes, desde el punto de vista práctico, son hoy tan necesarios como una cota de malla o una sangría. Con una humanidad que se acerca a los diez mil millones de personas y tecnología que hace cada vez menos necesario el trabajo y vuelve a las guerras  un juego de pantallas e íconos virtuales, ¿para qué necesitamos la reproducción, la laboriosidad o el coraje físico? (Omito a la frugalidad porque, aunque hoy es una virtud devaluada, podemos a necesitarla muy pronto, salvo que surjan recursos naturales o tecnológicos desconocidos).

No sé si es claro lo que intento decir: nuestras creencias, nuestra moral, nuestras reglas, prejuicios, prohibiciones, convicciones y valores son el correlato de nuestras necesidades y posibilidades. Indican los deseos que podemos satisfacer y los que debemos reprimir.

Pero, claro, hay tiempos de crisis. Ha pasado muchas veces en la historia. Cuando las necesidades y las posibilidades cambian, toda esa arquitectura se desmorona y ya no es tan fácil saber qué es “bueno” ni qué es “malo”. Son tiempos descorazonadores para quienes deben vivirlos.

Estamos en tiempos de crisis, es decir de destrucción y de reconstrucción. Se demuele una edificación para que se levante otra. La diferencia es que en lo edilicio hay un plano que prevé cómo será el nuevo edificio. En lo social, el plano no existe, o quizá sólo se podría adivinarlo conociendo las necesidades y posibilidades que lo determinan y los intereses de quienes tienen algún poder sobre el diseño.

Las crisis civilizatorias enfrentan a quienes quieren reciclar las viejas edificaciones, destacando la belleza de sus molduras o la nobleza de sus materiales, con quienes quieren demolerlas, denunciando sus rajaduras, blandiendo modernas topadoras y fotocopiadoras de cemento. Junto a ellos, oportunistas que esperan medrar con las obras y espectadores pasivos que sólo observan y esperan.

Quienes se sienten demoledores del pasado, y eventualmente constructores del futuro (las categorías no necesariamente coinciden), creen siempre estar construyendo la coronación de los tiempos, una era de abundancia, desprejuicio, libertad y felicidad irrestrictas. La paradoja es que en realidad están construyendo las nuevas represiones. Tal vez menos estrechas, pero siempre represiones. Porque de lo contrario estarían destruyendo simplemente toda civilización.

No sé cómo llegué a dar este largo rodeo para decir que la incompatibilidad de criterios con que encaramos hoy los delitos, aquello que debe ser prohibido y castigado, es  un signo de los tiempos que nos toca vivir. Cuando unos compadecen a los victimarios y proponen eliminar las cárceles, mientras otros reclaman pena de muerte para los homicidas y castración para los violadores, la cosa es evidente.

El derecho penal  estatal es parte de un largo proceso civilizatorio. Surgió ante todo por interés social, para suplantar a la venganza privada, que fue la primera forma de justicia y derivaba en luchas interminables y destrucción de familias enteras. La privación de libertad, como pena, cumple varias funciones: satisface en parte el deseo de venganza de las víctimas, castiga al delincuente sustituyendo a castigos más cruentos e irreparables, como la muerte o las mutilaciones,  pone al resto de la sociedad a resguardo del delincuente y se supone que a éste del resto de la sociedad, envía al colectivo el mensaje de que cierta conducta no es admisible para disuadirlo de adoptarla, y finalmente (este es su aspecto más moderno) se supone que debería apuntar a la reeducación del delincuente.

Que no podamos ponernos de acuerdo en cómo actuar frente a los delitos es el signo más claro de una época de crisis. Si oscilamos entre la impunidad y el linchamiento, si somos incapaces de acordar penas efectivas y razonables, si tratamos a la enfermedad como delito y al delito como enfermedad, si lo que para unos es delito para otros es virtud, si cada corporación (el fútbol, las mujeres, los docentes) reclama un régimen penal propio, si las cárceles son hipócritas lugares de tortura a los que uno no enviaría a un perro, es porque hemos olvidado el largo camino que nos trajo hasta aquí. No estamos superando el pasado sino ignorándolo.

Me pregunto –sin tener la respuesta- si es posible conservar un hilo de racionalidad en el pasaje del pasado al futuro. Y si, roto ese hilo, ignorantes de las razones históricas, no corremos el riesgo de que el futuro sea de igual o mayor barbarie que el pasado.