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Pesadilla que navega hacia el disparate

Pesadilla que navega hacia el disparate
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Madre (Mother!), USA 2017. Dirección y libreto: Darren Aronofsky. Fotografía: Matthew Libatique. Con: Jennifer Lawrence, Javier Bardem, Michelle Pfeiffer, Ed Harris, Brian Gleeson, Domhnall Gleeson. Estreno: 21.09.2017. Calificación: Regular

Me guste o no, la nueva película de Darren Aronofsky lo confirma como uno de los pocos cineastas de Hollywood que posee un universo coherente, compacto y altamente personal. Desde sus dos mejores films, los iniciales Pi (1998) y Réquiem por un sueño (2000), pasando por las intensas El luchador (2008) y Cisne negro (2010), hasta llegar al enorme paso en falso de Noé (2014), Aronofsky amplió título a título un proyecto narrativo de tono espiritual respetable, aunque discutible. Respetable por la importancia de los conceptos que allí maneja: la dimensión infausta y noble del amor, el talento creativo como fundamento de la existencia, el concepto cristiano del sufrimiento como vía para la iluminación. Y discutible por la forma en que suele volcar esos contenidos, mediante representaciones laberínticas que quitan profundidad a sus ideas y desnudan una verdad incómoda, mediante la cual advertimos que la mayoría de sus películas intentan ser pictóricas pero terminan siendo pirotécnicas, y canjean hondura psicológica por sobresaltos efímeros, efervescencia y megalomanía.

Exactamente eso sucede con Madre, que comienza muy bien, continúa de manera curiosa y eficaz, para terminar desbarrancándose sin remedio. El primer tercio detalla el drama intimista de un poeta atormentado por su bloqueo literario (Javier Bardem), enfrentado a su joven esposa (Jennifer Lawrence), ama de casa que desea tener un hijo mientras recicla y redecora el lugar que habitan, un antiguo y enorme caserón en medio del campo, edificio que años atrás sufrió un incendio devastador y que la chica ha hecho resurgir de las cenizas. Todo ese comienzo de tono realista está muy bien planteado por Aronofsky, en breves y eficaces pinceladas que sitúan de inmediato al espectador en la situación. Las cosas derivan luego hacia un costado más inquietante cuando aparecen en escena Ed Harris y Michelle Pfeiffer, que se inmiscuyen en ese hogar y comienzan a darlo vuelta de campana, quizás en forma premeditada, quizás por pura impertinencia.

En esa segunda zona del film Aronofsky canjea el realismo inicial por una atmósfera ominosa que se nutre del Roman Polanski de El bebé de Rosemary, con una Lawrence tan desconcertada y atemorizada como Mia Farrow, un Bardem que navega (como antes John Cassavetes) de lo amable a lo siniestro, y dos intrusos insoportables calcados de los vecinos que en 1968 componían Ruth Gordon y Sidney Blackmer. Pero ese cambio de tono es sólo el primero de los muchos que padecerá Madre hasta el final, a medida que la invasión doméstica llevada a cabo por esa veterana pareja dé lugar a un asesinato, un sepelio con nuevos visitantes, el paso de los meses como si se tratase de un solo día, la exitosa publicación de un libro, un parto, y un apocalipsis surrealista en el que una horda de enloquecidos fans llega al canibalismo para nutrirse de la esencia literaria de su ídolo. Por ese camino Aronofsky, siguiendo a Polanski, canjea por un rato El bebé de Rosemary por El inquilino y ¿Qué? En la media hora final, empero, pierde el rumbo y se rinde al disparate, gracias a una parafernalia a primera vista intrincada y abundante de simbologías esotéricas de difícil sentido, aunque en verdad oculta sólo un par de ideas banales, de esas que caben en una caja de zapatos.

Porque Madre maneja una situación arquetípica y desgastada: la joven embarazada neurótica que no acepta estar en segundo plano y se enfrenta a la realidad de tener que convivir con un marido dominado por el narcisismo y sus propios fantasmas literarios. Y punto: no hay otro contenido en la película. En cambio, abundan las ganas de llamar la atención de los esnobs mediante burdas referencias a la Virgen María y los males de la religión, mientras todo hace agua camino a la obviedad. No hay que ser Einstein para entender que el único espacio físico donde se desarrolla la acción (el caserón) simboliza el caótico mundo en que vivimos. Tampoco se necesita tener la imaginación de Julio Verne para advertir que los recorridos imposibles que en la zona final realiza Jennifer Lawrence por ese lugar, obedecen a la voluntad de Aronofsky por detallar los dolorosos vaivenes de la fama, el amor, el poder, la desigualdad, la sobreexposición mediática, el fetichismo, los extremismos y la decadencia de la civilización. Son ideas que cualquier espectador sensato hubiera entendido sin necesidad de caer en este manual de disparates de cuarta. Madre es un film manierista e inocuo, pero además es un rotundo fracaso si tenemos en cuenta que con él Aronofsky intentó meditar acerca de los terribles males que aquejan al mundo. Al fin y al cabo, lo que logró es canjear reflexión por barullo.

Amilcar Nochetti

Tiene 58 años. Ha sido colaborador del suplemento Cultural de El País y que desde 1977 ha estado vinculado de muy diversas formas a Cinemateca Uruguaya. Tiene publicado el libro “Un viaje en celuloide: los andenes de mi memoria” (Ediciones de la Plaza) y en breve va a publicar su segundo libro, “Seis rostros para matar: una historia de James Bond”.