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Picasso múltiple (2) por Nelson Di Maggio

Picasso múltiple (2) por Nelson Di Maggio
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Pablo Diego José Francisco de Paula Juan Nepomuceno María de los Remedios Cipriano de la Santísima Trinidad Ruiz Picasso, nombre bautismal del genio malagueño que redujo en devoción filial al apellido materno, acorde a su oceánica producción, única en la historia del arte.

Picasso múltiple, sí. Excelso dibujante y grabador, recorrió todas las técnicas conocidas e inventó nuevas con la calidad extraordinaria de fijar en una breve línea, en un rápido contorno, la singularidad de su reconocible maestría, rasgo que se extendió a la pintura. La única disciplina de las artes visuales que no le interesó a su feroz individualismo fue la arquitectura. No se mantuvo ajeno a la poesía, a la ilustración de libros, a la escritura en cerca de 200 cuadernos de anotaciones diarias poco conocidos aún, de la misma manera que sus incursiones en la escena teatral en continuas propuestas de nuevas formas de su inagotable cornucopia.

Hace dos años El Tinglado estrenó una de ellas, El deseo atrapado por la cola —pieza escrita en 1941, leída en 1944 por Jacques Lacan, Simone de Beauvoir, Jean-Paul Sartre, Dora Maar, Raymond Queneau, entre otros, dirigidos por Albert Camus—, una disfrutable e inteligente inventiva escénica en versión cercana al dadaísmo por José María Novo. La obra de Picasso no es desconocida en Uruguay. La desmemoria colectiva y la ignorancia silencian los atrevidos diecisiete grabados eróticos en Galería Sur, 1990, que también exhibió Sueño y mentira de Franco, 1937, la serie que acompañó a Guernica, y en especial, el maravilloso centenar de grabados provenientes del Museo de Arte Moderno de Nueva York, 1973, en el mismo museo que de nuevo recibe a 150.000 visitantes hasta el domingo, quince días antes de la clausura, con entrada paga, mientras con libre acceso asistieron 486.000 montevideanos, un récord absoluto para cualquier espectáculo en el país. Cierto, tiempos y culturas diferentes que valdría la pena analizar.

Entre 1916 y 1924 Picasso entró en el período más desconcertante de su trayectoria. Es cierto que el período cubista desconcertó también, luego de recorrer el naturalismo e impresionismo. Pero volver a la figuración luego de la experiencia cubista resultó inesperado. Público, crítica y pintores que lo habían reconocido como el fundador del cubismo, junto con Braque y del arte moderno, quedaron asombrados, irritados, traicionados por un Picasso destructor de formas que, tras quebrar radicalmente una manera de representación pictórica que duró cinco siglos y donde la imitación de la naturaleza era algo superado, de repente, vuelve a los cánones tradicionales y a la figuración realista, en composiciones donde la línea determina la forma y las figuras de grandes contornos surgen vigorosamente modeladas. Los comentarios más violentos y groseros no se hicieron esperar. Se habló de un retorno al pasado. Sin embargo, las cosas no eran tan sencillas. Al mismo tiempo que Picasso realizaba desnudos clásicos, retratos convencionales, escenarios decorativos y vestuarios, ejecutaba trabajos dentro del cubismo sintético y se internaba en el infrarrealismo, el desesperado intento de capturar los demonios de la subjetividad. Es decir, obras contradictorias que no tenían nada que ver una con las otras.

Los contrastes son aparentes, sin embargo. Porque si un pintor como Picasso recoge el ritmo de su tiempo, Picasso no hizo sino registrar la realidad de la época: terminada la Gran Guerra, 1914-18, esa catástrofe de lucha cuerpo a cuerpo en las trincheras, con máscaras protectoras de gas, donde los residentes alemanes debieron emigrar a Suiza, mientras sus amigos pintores luchaban en la contienda: los pintores Derain y Braque, el poeta Apollinaire, primero en escribir sobre el cubismo, muerto en 1918 a causa de heridas en la cabeza.

Eva, la amiga de Picasso, Marcelle Humbert, falleció de cáncer en 1915. Picasso solo, sin sus amigos y colaboradores, sin sus afectos más íntimos, conoció la inesperada fortuna. Una galería de Múnich remató el cuadro La familia de saltimbanquis, de 1905, en una suma extraordinaria. La miseria de Montmartre quedó atrás. Se vinculó al poeta Jean Cocteau y al músico de vanguardia Erik Satie, el comienzo de la frecuentación de la alta sociedad. Pintó frescos para la millonaria chilena Eugenia Errázuriz y comenzó a viajar por diversos países. Pasaba el verano en los balnearios de moda, Biarritz y Antibes. París, capital del arte moderno, pasó a ser el centro del humanismo, adversaria de la barbarie alemana. El resentimiento contra los germanos venía desde 1870-71 y se redobló con la victoria de 1918.

Conoció en Roma, en 1917, a Olga Koklova, bailarina de los Ballets Rusos del empresario Sergei Diaghilev y se casaron un año después. Jean Cocteau lo invitó a Roma para colaborar en su ballet Parade, con música de Satie, para el cual Picasso hizo el telón de escena. Siguió en las giras de la compañía, ocho semanas en Roma, bajó a Nápoles y Pompeya, tres meses en Londres, varios días en Barcelona, que le permitieron visitar museos y monumentos. Observó las esculturas del Partenón en el Museo Británico, del Renacimiento, en especial Rafael y los frescos del Vaticano. En su nuevo estatus social, con su mujer habituada a fiestas rumbosas, Picasso cambió su vida personal y privada que coincidía con los cambios profundos en la transformación de la vida cultural.

El dadaísmo surgido en Zúrich en 1916, en el café Voltaire, al que concurría otro revolucionario emigrado, Lenin, contagió a Francia en 1920; siguió el surrealismo, surgido en 1924. Y aunque Picasso se enteró y participó en algunas muestras, el escándalo de estos movimientos de vanguardia quedó limitado a minorías, como sucede con todos los movimientos pioneros.

Francia afirmó su nacionalismo, el chovinismo, un patrioterismo estimulado por las clases conservadoras que aspiraban a restaurar la monarquía, y por el sentido triunfal y triunfalista de haber ganado la guerra a los alemanes. Una corriente neohumanista, figurativa, un retorno al orden, apareció en la pintura: en Barcelona, el noucentismo de Eugenio D’Ors y Joaquín Torres García; en Italia, la pintura metafísica de Giorgio de Chirico y Carlo Carrà.

La prensa francesa se enfureció cuando una galería de Múnich compró el famoso cuadro La familia de saltimbanquis por una suma enorme, y afirmó que era una maniobra dedicada a derribar el mercado del arte francés con negocios especulativos de extranjeros locos como Picasso. A partir de ahí se divulgó la insensata idea de que el cubismo era antifrancés (ignorando la participación decisiva de Braque) y expresión del odiado germanismo. Cuando se estrenó Parade en París calificaron a Picasso de «sucio alemán». Se publicaron caricaturas del emperador Guillermo II vestido con ropajes cubistas, algo ajeno a la investidura del káiser.

El cubismo, no obstante, había prendido en el imaginario colectivo. En 1925 se inauguró la Exposición de Arte Decorativo, luego abreviada en art déco, vulgarización del cubismo. Picasso realizó la decoración y vestuario de El sombrero de tres picos, de Manuel de Falla, 1919, y El tren azul, 1924, con trajes de Coco Chanel, parodia de los balnearios de moda, con famosa tenista y el príncipe de Gales. No hay tren y el azul se refiere al color de los ferrocarriles franceses.

Se suceden maternidades, arlequines, retratos de niños, desnudos femeninos, naturalezas muertas, escenas en la playa, muy propio de los años veinte con la vida al aire libre y la aparición de la mujer en lugares públicos; el fulgor de la moda de Coco Chanel, pero también el retomar del cubismo sintético con Los tres músicos, 1921 y La danza, 1925, donde se advierte la introducción dramática en el desgarramiento de las figuras que anuncia el deterioro imparable de su relación con Olga Koklova.

La temporada 2019 del Ballet Nacional Sodre incluye en su programación, a partir del sábado 22 y hasta el 29 de junio, Noche francesa: Suite en blanc, de Serge Lifar y El sombrero de tres picos, de Léonide Massine. El coreógrafo Massine utilizó para la compañía del ballet ruso la música original de Manuel de Falla, el argumento de la novela de Pedro de Alarcón inspirada en el romance popular El corregidor y la molinera, y el vestuario (fotos) y escenografía de Picasso, pieza de un solo acto que conquistó al público de inmediato por el vigoroso encanto de la obra, renovadora del repertorio de la compañía y la difusión del arte español en órbita internacional.

(Segundo de tres artículos sobre Picasso en Montevideo)

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