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Picasso múltiple (3) por Nelson Di Maggio

Picasso múltiple (3) por Nelson Di Maggio
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La historia del arte nacional se evaporó. Desde hace tiempo quedó eliminada la colección permanente del Museo Nacional de Artes Visuales; las ráfagas que arrecian desde el Atlántico asolaron también al Museo Blanes: El mundo entero es una Bauhaus desplazó a la totalidad —sí, la totalidad durante tres meses— de las obras de Blanes y Figari por una muestra didáctica, minuciosa y aburrida de fotografías y réplicas de objetos originales. Lo único rescatable de semejante atropello son los novedosos soportes de metal. Ningún aviso o cartel advierte o solicita disculpas al público de esa perversa sustitución de dos pintores fundamentales que dan nombre a la institución, desplazamiento único en el escenario museístico de cualquier país civilizado y democrático.

Cada nueva visita a Picasso en Montevideo aumenta el placer y el valor de la pequeña, admirable selección. El conocedor de su trayectoria puede demorarse y profundizar cada pieza, descubrir las imágenes que vio y retuvo el artista en su prodigiosa memoria del pasado milenario oriental y occidental, de su entorno inmediato (era el terror de sus amigos que evitaban mostrar sus nuevos trabajos, «Si hay algo para robar, lo robo», dirá), del arte africano, ibérico, del medieval códice iluminado mozárabe del Beato de Liébana, riquísima iconografía a la que recurrió sin importar señalar su procedencia. Así sucede en la solución formal diferente de los ojos, en los perfiles lineales muy visibles en la selección; observar los pentimenti o arrepentimientos en Busto,1907, estudio para Les demoiselles d’Avignon; los descuidos de la pincelada y la materia en El beso,1915, y el poderoso impacto erótico; la pureza apolínea del dibujo al aguafuerte en Mujer desnuda coronada de flores con las piernas cruzadas, 1930, que al estar debilitada la iluminación para no dañar el soporte de papel, pasa inadvertida para la mayoría.

Hay óleos seductores. Diario, caja de fósforos, pipa y vaso, 1911, curiosa, refinada incursión del cubismo analítico y el entramado geométrico; esculturas que remiten a la célebre maravilla Copa de ajenjo, 1914, bronce pintado según un modelo en cera con cuchara de ajenjo en plata con terrón de azúcar, genial anticipo del dadaísmo y el arte conceptual, prolongada audacia innovadora en Botella de anís del Mono y frutero con racimo de uvas,1915, collage escultura de madera, con clavos, carbonilla y lata, un elemento que sujeta la rotura de la pieza sin ser elemento constitutivo de la pieza, felizmente presente en Picasso en Montevideo. Si las limitaciones de espacio no existieran sería posible seguir estas consideraciones, ampliarlas y agregar otras.

Varias de estas piezas estuvieron en la sensacional retrospectiva de homenaje a Picasso vivo, en el Grand Palais, Petit Palais y Biblioteca Nacional, 1966-1967, con 508 obras fundamentales menos Guernica, procedentes de museos y colecciones privadas de Basilea, Filadelfia, Nueva York, Moscú, Londres, Praga, París, Amsterdam, entre otras ciudades. El catálogo de 245 páginas, que tiene la curiosidad de estar en cuatro idiomas (español, francés, inglés, portugués), reproduce numerosas obras no exhibidas y omite algunas exhibidas que acaso desconcierte al numeroso y entusiasta público proveniente, incluso en cantidad apreciable, de los países limítrofes y trasandinos, aunque no puedan apreciar el arte uruguayo. Al cierre y como broche de oro de la muestra, el Sodre agrega El sombrero de tres picos, ballet con notable coreografía de Léonide Massine, brillantes trajes y decorados de Picasso y música de Manuel de Falla que, grabada, desmereció la programación de inusual rigor que incluía el derroche imaginativo del coreógrafo Sergei Lifar para Suite en blanc de Édouard Lalo.

(Último artículo de tres sobre Picasso en Montevideo)

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