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Picasso múltiple por Nelson Di Maggio

Picasso múltiple por Nelson Di Maggio
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Exhibir sobredosis de un artista resulta poco conveniente. Se corre el riesgo de alejar al aficionado en la reiteración, se perjudica la obra que se quiere insistentemente promover en su intención más aferrada a lo mercantil que a una propuesta innovadora. No sucede así con los genios de fecundidad y diversidad creativas. Picasso es un ejemplo. Inabarcable. Inagotable. Su solo nombre ejerce una seducción inmediata. Siempre surgen obras desconocidas o rara vez exhibidas. También se revelan aspectos polémicos de su enturbiada biografía, aunque siempre precede el genio a su vida privada.

El Museo de la Armada o del Ejército o de los Inválidos de París, imponente construcción de Luis XIV en 1670, inauguró Picasso y la guerra. Más de trescientas obras, la penosa pintura Masacre en Corea, entre ellas, la ausencia obligada de Guernica, su obra maestra ya inamovible del Museo Reina Sofía. Los primeros comentarios de la prensa especializada actualizan aspectos de su vida y obra como su indiferencia acerca de la Primera Guerra Mundial, mientras sus colegas alemanes hicieron del expresionismo un arma contra la primera barbarie del siglo pasado, entre otros muchos cuestionamientos que sacuden el avispero de la crítica. Ahora se agrega la retrospectiva de Dora Maar en el Centro Pompidou, la fotógrafa que recuperó en siete instancias la historia del proceso de creación de Guernica y los medios memoran las urticantes relaciones sentimentales que mantuvieron.

Uruguay es diferente. Picasso en Montevideo es una pequeña gran muestra. Un acontecimiento. Gratificante y en varios sentidos debería ser destacado. Uno. Permitió que el Museo Nacional de Artes Visuales (mnav) actualizara las medidas de seguridad del edificio de acuerdo con la normativa vigente en los principales museos del mundo. Una apuesta a futuro. Dos. Se modificó la organizativa interior de recepción al público en un ordenamiento eficaz de impecable fluidez. El frío sábado 8 el museo era una gran fiesta dentro y fuera. Tres. Que Uruguay y su gente disfrutara del contacto directo con medio centenar de piezas originales de la diversidad del genio malagueño y respondiera sin pestañar a pagar la entrada en un recinto oficial habituado a la gratuidad tradicional. Cuatro. Que los medios de comunicación mantuvieran la expectativa antes y durante (aunque menos) la exposición. Cinco. La resonancia en el exterior que atrajo a numerosos visitantes. Seis. El servicio de guías y audioguías para intentar mejorar la comprensión de las piezas exhibidas.

Las virtudes señaladas no impiden algunas reservas. Uno. Ausencia de comunicados semanales del mnav sobre el número de asistentes, incluso los días de mayor afluencia. Dos. Una pinacoteca no admite exhibir réplicas como la Suite Vollard. El propio museo tiene media docena de grabados originales. Tres. Faltó mostrar media docena de videos sobre Picasso, incluso el célebre de Henri-Georges Clouzot que muestra al artista pintando a través de un vidrio, ya exhibidos en anteriores conferencias. Cuatro. Charlas sobre cómo ver un cuadro: enseñar a ver. Cinco. La confrontación con Joaquín Torres García en una distante relación en Els Quatre Gats supone una amistad inexistente. Seis. Desviar la atención de la concurrencia hacia Guernica. Más sustantivo sería aludir a los implícitos codificados en cada obra.

Es conocida la ausencia de formación visual de los uruguayos. Se ignoran los modos de ver. No se trata de encontrar los elementos referidos en el engañoso título, sino en la propia materia utilizada y que toda disciplina exige. La pintura es un arte por definición elitista, creación de una compleja individualidad. No es fácil el acceso y casi siempre no se consigue, incluso al especialista, llegar a conclusiones definitivas acerca de la obra, de cambiante interpretación según la época, los prejuicios y conocimientos del contemplador.

La educación no es suficiente. Ver, ver y ver para estimar es una tarea de años de frecuentación de museos, bienales, muestras internacionales y la indispensable devoción propia. Picasso no se revela en una visita guiada. Las visitas grupales —niños, adolescentes, personas atraídas por la publicidad en la sociedad del espectáculo—, sin preparación, solo pueden apreciar (y registrar celular mediante) la epidermis de cada pieza, la extrañeza del impacto visual, sin recrear la implícita síntesis de imágenes de todos los tiempos que almacenó la fantástica memoria picassiana.

Picasso en Montevideo sorprende en su alto nivel de selección, realizada por especialistas y para especialistas. Son los auténticos fruidores de Picasso.

(Primer artículo de una serie sobre Picasso en Montevideo).

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