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Pillín y sus amigos

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Llegó la primavera pasada, cuando los primeros pimpollos de los malvones comenzaban a florecer. A cada uno que preguntó, el vecino le contó su historia: “Apenas lo vi, revoleando sus  ojitos traviesos, le dije al vendedor: ‘es un pillo que, aunque parece muy inocente, ha de salir todas las noches a hacer sus travesuras’”. Así fue que, a pesar de que el lugar donde lo compró le quedaba bastante a trasmano, sin pensarlo mucho, se lo trajo para su jardín. Con su presencia, aquel pequeño rectángulo de hormigón lleno de plantas cobró un brillo desconocido hasta entonces, que irradió hacia todo el entorno.

A partir de que Pillín se instaló, la vida barrial se alteró para bien. Apostado entre las macetas cuyas flores pintaban el espacio a su alrededor, con su mirada plena de juguetona candidez, enternecía a  los transeúntes que pasaban por la vereda, quienes, sin poder evitarlo, se detenían a verlo con una sonrisa iluminándoles el rostro. Ni que hablar del alboroto que provocó entre los más chiquitos que, a los gritos, les pedían a sus madres que los alzaran en brazos para saludarlo o decirle alguna gracia.

Al poco tiempo, probablemente porque pensara que la compañía de sus iguales le haría bien, el vecino trajo a Polo y Nilo. Lo que sucedió a continuación quizá se relacionara con que haberse transformado en un trío los potenció, o tal vez la explicación de ello remitiera a causas ubicadas más allá de la lógica al uso, lo cierto es que, precisamente por esa época, se empezó a hablar de una serie de extraños hechos que habrían tenido lugar en algunas viviendas de la cuadra y las manzanas aledañas. No pocos niños afirmaban haberse despertado en medio de la madrugada y visto –asomándose a través de la ventana, detrás del ropero o debajo de la cama– un ser barbado que les hacía graciosos guiños.

“Cosas de gurises”, consideraron los racionalistas de siempre. Apenas surgidos, los rumores se acallaron. Ya se sabe lo renuentes que son los adultos a admitir la presencia de lo maravilloso en el mundo que ellos reputan como real. De lo que no es difícil colegir que debieron existir otros casos similares que no se dieron a conocer y quizá nunca salgan a la luz pública.

A todo esto, habrá quienes sostengan que los enanitos de jardín pertenecen a una estética difícil de compartir, y otros que opinen que es propio de un pensamiento infantil dar crédito a las legendarias virtudes que les atribuye la voz popular, ambas posiciones son aceptables. Empero, el hombre está convencido de que la presencia de Pillín, Polo y Nilo ha hecho más bella la existencia en la sufrida ciudad de Montevideo.