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Prácticas parlamentarias

Prácticas parlamentarias
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Por Pablo Ney Ferreira

Hace pocos días mi amigo, el filósofo Pablo Romero García, me preguntaba si yo pensaba que el Republicanismo estaba en crisis en el Uruguay. Enseguida se me ocurrió que un buen ejemplo, a veces es más evidente que la elaboración de largas disquisiciones teóricas que a veces pueden sonar aburridas, y entonces me puse a buscar uno de los mil ejemplos posibles, mediante los cuales aparece en forma perfectamente clara que la respuesta a la pregunta de mi amigo Pablo es un sí, rotundo.

No tuve que pensar demasiado, dado que la propia realidad política uruguaya pronto me recordó una práctica parlamentaria, que desgraciadamente se ha vuelto habitual, que apunta directamente a vulnerar claramente los principios y requisitos deliberativos que deben regir a todo debate parlamentario.

El día antes de que comenzara la interpelación del diputado Ope Pasquet al ministro de Relaciones Exteriores Nin Novoa, me entero por la televisión que el partido de gobierno ya tenía la declaración para presentar cuando terminara la interpelación.

Esto visto desde un punto de vista republicano es una burla al parlamento, al debate parlamentario, a la ciudadanía, y una burla y un desprecio aún  mayor a la oposición y al diputado interpelante.

Veamos por qué afirmo esto. Existen por lo menos dos formas de tolerancia, la positiva y la negativa. La tolerancia positiva es la que reconoce al otro como interpelante, como interlocutor válido, como alguien al que hay que escuchar a la hora de emitir juicios de valor. La tolerancia negativa es la que simplemente permite expresarse al otro pero ni le escucha, ni le da la menor importancia a sus argumentaciones, el otro no es capaz de hacer dudar al “tolerante” de sus convicciones ni de sus juicios.

Eso es lo que sucedió y viene sucediendo en nuestro parlamento y en muchos parlamentos del mundo desde hace mucho tiempo, pero que sin embargo en las comisiones parlamentarias no sucede así. En las comisiones, donde radica el duro trabajo del parlamento nacional, la escena es diferente, allí se escuchan atentamente, intercambian opiniones, modifican sus posiciones iniciales, etc… o sea un ambiente donde reina lo que hemos denominado como tolerancia positiva.

Si durante la interpelación a Nin Novoa, el diputado interpelante hubiese leído una poesía de Neruda, hubiese hecho un stand up de humor, o hubiese cantado un tema de Ricky Martin, el resultado hubiese sido el mismo, no porque no pudo convencer a los diputados del gobierno de algo, sino porque ni siquiera estaban dispuestos a escucharlo dado que el tema ya había sido decidido el día anterior.

Estas prácticas parlamentarias cada vez son más habituales, y no hablan bien de nuestras instituciones. Incluso sucede en el diálogo interinstitucional, pero esto ya es otro tema que no tratare hoy. Las discusiones en el hemiciclo parlamentario son un espectáculo decadente. Ver a un parlamentario hablando y a todos los demás haciendo cosas sin importarle en lo más mínimo lo que dice el otro, es un atentado a los principios que debe de regir cualquier deliberación.

Un ejemplo más cercano. Imaginen que en sus trabajos, en su fábrica, en su oficina, o donde sea, su director, su jefe, su encargado, detecta un problema y los convoca a todos a una reunión para ver qué es lo que se puede hacer.

El jefe (en este caso) los convoca porque cree que la diversidad de opiniones, sus experiencias laborales, sus iniciativas, todas juntas, serán de suma utilidad para lo que el planea hacer, o aún también para elaborar un plan que aún no ha sido diseñado. La respuesta de Uds. en la reunión es que cuando uno habla, el resto o mira el celular, o mira por la ventana, o sale a fumar, o conversa con el otro sobre el próximo partido de futbol, etc… O sea, la reunión es una espléndida pérdida de tiempo para todos. No hay un plan, o no se mejoró la propuesta del jefe en este caso.

Bueno, el parlamento funciona igual. Se plantea una iniciativa y bajo determinadas condiciones deliberativas se busca la mejor solución entre todos, porque se supone que desde el intercambio de opiniones saldrán las mejores iniciativas, los juicios más certeros, o las modificaciones jurídicas o morales más razonables.

Este es un principio republicano que hemos heredado desde la antigüedad, que ha trascendido la Historia, y que nuestras instituciones lo asumen como propio. Lo que no se entiende es porqué solo funciona en las comisiones y en el hemiciclo las condiciones son diferentes. ¿Porque todo está decidido previamente? Bueno, entonces suspendamos las sesiones. ¿Qué es bueno que hablen aunque sus colegas no los escuchen porque la población se entera de sus opiniones? Eso se puede hacer en otro sitio y no hay necesidad de establecer una asamblea de sordos.

Reitero, esta crítica es para todos los partidos, que en mayor o menor medida han realizado o realizan estas prácticas parlamentarias que no benefician a nadie y desprestigian al parlamento frente a la ciudadanía.

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