Home Reflexion Semanal ¿Psicofármacos para todos o para nadie?

¿Psicofármacos para todos o para nadie?

¿Psicofármacos para todos o para nadie?
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La semana pasada se difundió la intoxicación de un funcionario jerárquico del INISA al ingerir un vaso de jugo destinado a los internos que contenía benzodiacepinas. El hecho puso sobre la mesa el uso y el abuso de medicamentos en nuestra sociedad. ¿Hay control efectivo de los psicofármacos? ¿Se utilizan a mansalva en centros de reclusión, casas de salud, hospitales y cárceles para tener control sobre los internados? ¿Cómo es posible que se encuentre hoy en día medicamentos controlados a la venta en ferias vecinales? ¿Por qué no se controla si los conductores toman psicofármacos que muchas veces son más potentes que el alcohol o la marihuana? ¿Están los profesionales médicos con la mano suelta para recetarlos? ¿Se combate adecuadamente la automedicación? ¿Tenemos una sociedad que abusa de los psicofármacos?

Jugolín te caga la vida por Camilo Márquez

La intoxicación del director del Centro de Máxima Seguridad del Inisa al beber un jugo que contenía Diazepan destinado a los muchachos ha destapado por enésima vez el abuso cotidiano al que son sometidos los menores privados de libertad en nuestro país. El episodio revela un caos profundo porque al hecho ya de por si gravísimo de dopar en forma secreta a los internos por medio de un brebaje se suma que la máxima autoridad de la cárcel desconoce u olvido esta repugnante práctica.

Con todo, el caso despertó el esperable repudio de toda la galaxia a la vez que se retiraba la pata del lazo.  “Afines del año pasado la Institución Nacional de Derechos Humanos había aconsejado el cierre del centro de Máxima Contención luego de que se suicidara un adolescente que estaba recluido en ese lugar. Ese fue el tercer suicidio del año. Sin embargo, el Inisa aseguró que en el corto o mediano plazo le es imposible cerrarlo” (El observador 27/5)

Lo que se desmorona es una política. Ahora todos salen a pedir cabezas, los más hipócritas son los partidos entronizados en el gobierno y el parlamento. Las tropelías como la del jugo con droga sólo puede explicarse en un contexto más general, en un clima de criminalización permanente.  Los medios de comunicación han fogoneado una campaña de demonización y los partidos que han gobernado en las últimas décadas (blancos, colorados y frenteamplistas) han endurecido las penas contra los adolescentes en forma sistemática. No tienen autoridad para acusar a nadie, son los autores intelectuales de estos desmanes contra los muchachos. Los representantes del oficialismo en el parlamento votaron con sus diez dedos el endurecimiento del código penal contra los menores. Las campañas de los Larrañaga se apoyan en estas tendencias reaccionarias que han ganado terreno ininterrumpidamente en el frente amplio (con sus sectores “díscolos” incluidos)       El Frente Amplio gobierna hace quince años ya no puede hablar de “herencia maldita”: lo que sucede en esas cárceles juveniles es su responsabilidad, como lo es también su responsabilidad el hacinamiento y las condiciones infernales que se viven en las cárceles para mayores. En el gobierno de Mujica se entronizó (con Villaverde y Salsamendi) una política de mayor represión, con el argumento de “evitar las fugas”. Para llevar adelante esta política debieron tomar más trabajadores (contemplando en parte la demanda del sindicato), y pese a que se prometía hacer énfasis en la rehabilitación la realidad es que se construyeron cárceles para mantener encerrados a los muchachos.

Hay que recordar que Villaverde fue designado pese a que años antes (2010) había declarado que los jóvenes que habían cometido faltas graves eran “irrecuperables”, llegando a justificar hasta la pena de muerte: “La ruptura de este joven con la sociedad es de tal grado que no puede formar parte de la misma. Lisa y llanamente, hay que erradicarlo de la sociedad, y hay dos fórmulas: una es la [cadena] perpetua, y la otra habría que ir a Irán, China [países donde rige la pena de muerte, incluso a menores de edad] o algún estado de Estados Unidos para ver cuál es la solución.”                     Ahora que todos agrandan los ojos ante las extravagancias de Zubia, Villaverde hace diez años decía: “Hay que dejarse de embromar. Sería bueno que una nueva discusión fuera sin jugar a las barbies, como venimos haciendo de un tiempo a esta parte.” Lo notable es que estos elementos fueron ascendidos durante el gobierno de Mujica que según la teoría del “ala crítica” del FA iba a producir un “giro a la izquierda”. Aquellos polvos trajeron estos lodos, aún hoy esperamos un balance de tal pronóstico.

Luego vino Fulco (que tiene una guerra contra el sindicato desde el día uno) que pretende, junto al gobierno, volcar la responsabilidad por las condiciones en que son hacinados los jóvenes y en que trabajan los funcionarios en el sindicato y sacar de la línea de tiro al Estado. Un cinismo de proporciones. Otros actores que intervienen apuntan a utilizar las denuncias a su favor, hay quienes hacen negocio con el cuidado de los menores, y que quieren avanzar en la privatización del sistema penitenciario (de menores y adultos).

Salida

El disgusto generado debe ser canalizada hacia la denuncia del Estado, que es el responsable, y a reclamar que se modifique la política de criminalización de la juventud, terminando con el endurecimiento de las penas y con las cárceles para jóvenes. Para que haya algún tipo de “rehabilitación” de los jóvenes hay que terminar con las condiciones brutales de encierro y de trato a los muchachos internados en el SIRPA. Entre otra cosa mejorando las condiciones de trabajo de los funcionarios. Hacinando pibes, manteniéndolos enjaulados durante todo el día, con escasos funcionarios para atenderlos y que viven en constante tensión, es el mejor camino para que progresen los peores vejámenes contra los internos. Descargar luego la responsabilidad sobre los propios funcionarios colocados en esa situación, es de un completo cinismo. Los responsables, son el gobierno, los jueces y los legisladores, es decir: el Estado. Los candidatos del FMI no le pueden garantizar trabajo, acceso a la educación y la vivienda, a la juventud por eso su única salida es la cárcel y la alienación a través de las drogas consumidas de forma voluntaria o a la fuerza combinado con el encierro y la destrucción de la personalidad El que no plantea cambiar el régimen de arriba abajo y de lado a lado y clama por “reformas”, “políticas” y “lógicas” distintas (¿Cuáles?) juega al curanderismo social. EL REPONSABLE ES EL ESTADO, el Estado esta podrido, hay que desmantelarlo por medio del gobierno de los trabajadores. Todo lo demás es distraccionismo.

¿Automedicación o barbarie? Por Rodrigo da Oliveira

La posibilidad de redescubrirnos parece no tener fin, aún en épocas de noticias rápidas aunque comunicación personal escasa. Y tal vez sea esta una de las piedras de toque del tema que nos convoca, la automedicación (¿o el autoengaño químico?)
No es un tema político, decía un conocido periodista sugiriendo que podría ser de poco interés para quien esto escribe. Antes bien, creo que es sustancialmente político, dado su carácter social. La soledad, la falta de motivación, la ansiedad, el stress y la siempre presente urgencia por alcanzar el «exito» han hecho que casi sin precavernos hayamos caído en mayor o menor medida en el consumo de diferentes sustancias aportantes de felicidades varias o de estimulantes de variado tipo, además de algunos que terminan funcionando en un sentido similar, al evitarnos dolores relacionados con las actividades laborales o las tecnologías hoy en boga, que bastante dependencia nos aportan de por sí. Estudios relacionan el uso de estas con algunos tipos de depresión en adolescentes y la tendencia lleva a que los síntomas se presenten cada vez a menor edad. A nivel escolar el acceso a consulta sicológica también ha llevado a un aumento o comienzo de la ingesta en niños pequeños, aunque prescripto por profesionales. Las alarmas se han encendido por casos puntuales pero el tema de la automedicación viene siendo observado por la Academia desde mucho tiempo ha. La primer señal al respecto vino referida a los antidepresivos y el alto consumo que de ellos se hace, no siempre recetados y muchas veces sin control posterior. El avance clínico de la siquiatría devino en diversificarse en diagnosis y tratamientos. Quetiapina, Risperidona y Clonazepam pasaron a formar parte de nuestro léxico, y de su compra regular en farmacias y aunque deberían ser adquiridos con receta, muchas veces llegan al público sin tales. Ibuprofeno y Paracetamol ya se habían hecho conocidos, teniéndolos por cuasi inocuos en cuanto a su uso prolongado o en dosis elevadas. España hoy plantea regular la venta de estos últimos y posiblemente llegue tal sugerencia a nuestras tierras.
La baja percepción del riesgo y la confianza en el autocontrol son dos ingredientes importantes en nuestro cotidiano y no son un tema menor, visibilizados in extenso con nuestro pésimamente instrumentado tema marihuana y sus ulterioridades, que aún tardaremos en conocer, aunque no en padecer.
El uso (dado por la utilización sin connotaciones clínicas ni sociales), el abuso (ya con implicancias de recurrencia y continuidad en la ingesta y de tipo médico y social) y la dependencia (consumo compulsivo) son el camino recorrido en innúmeras oportunidades por parte del público que con mayor o menor necesidad real recurre al consumo de sustancias, legales o no tanto. El tema tiene un alcance mundial. En nuestro país han habido vagos intentos de regularlo, con desigual fortuna en el planteo y aplicación de las soluciones adoptadas.
El problema es mucho mayor de lo que nos parece, bueno sería que se le diera la relevancia que merece y se transformara en política de estado.
En la campaña electoral que tenemos planteada no se lo toca, directamente.
Vaya una vez más a la cuenta de lo que debemos a nuestra sociedad.

Tranquilos uruguayos, tranquilos por Leo Pintos

Durante 2018 en Uruguay casi dos personas por día decidieron ponerle fin a su vida, y por cada suicidio entre 10 y 20 lo intentaron. En ese mismo período más de 500 personas murieron en calles y rutas y otras miles quedaron con secuelas permanentes. Más de 400 personas fueron asesinadas. Se recibieron 4 denuncias de violencia doméstica cada hora. Tenemos una de las tasas más altas del mundo de tenencia de armas. Tenemos una de las tasas más altas del mundo de consumo de alcohol. Estamos en el podio a nivel mundial en suicidios. Y adivine qué, tenemos una de las tasas más altas de consumo de psicofármacos. Matamos y nos matamos, Cualquier semejanza con una sociedad enferma es mera coincidencia.

Tranquilizantes, ansiolíticos, antidepresivos y somníferos conforman ese verdadero arsenal químico de destrucción individual que nos ayuda a vivir. Hemos problematizado la vida de tal forma que apelamos a las pastillas para evadir nuestros miedos y exorcizar nuestros demonios internos. El caso del funcionario del INAU intoxicado con jugo con psicofármacos que se serviría a chicos internados es una perla más en un largo rosario de violaciones de los Derechos Humanos en centros de ese organismo. Pero cierto es también que hemos normalizado la medicación de nuestros niños. Es así que a nadie parece llamarle la atención que amigos de nuestros hijos que vienen a pasar una noche en nuestra casa lleguen con el cepillo de dientes y la cajita de Ritalina. Parece ser que el típico niño hinchapelotas pasó a ser hiperactivo y la niña a la que no le interesa lo que le ofrece el sistema educativo tiene déficit atencional. La próxima vez que su hijo o hija se vaya de campamento con la clase, preste atención a los que, además de la valija, llevan la bolsita de medicamentos en la mano.  Esta situación deja al descubierto una realidad que nos involucra a padres y docentes, en tanto evidencia serias carencias humanas y profesionales, más allá de situaciones puntuales que sí refieren a psicopatías tratables con medicación.

Queremos la tranquilidad, la felicidad, el sosiego y el placer al instante, y todo aquello que se interponga en el camino pasa a ser un problema. Nos da miedo apoyar la cabeza en la almohada y enfrentarnos a los problemas cotidianos. El desamor nos parece una tragedia insalvable. La simple espera nos parece una tortura. Y la tristeza el peor de los abismos. Quizá la vida simplemente se nos esté convirtiendo en una psicopatología para la que no existe remedio, y para la que solo parece haber placebos. Lo cierto es que somos cuatro gatos desequilibrados y empastillados.

La llama de la humanidad por Fernando Pioli

Ya en 1930 Sigmund Freud había alertado en El Malestar en la Cultura sobre el antagonismo creciente entre el avance civilizatorio y la proporcional insatisfacción que este trae aparejado. A más sofisticación de la cultura, mayor insatisfacción, mayor sentimiento de culpa. Para que se pueda sentir culpa es necesario un movimiento intelectual un tanto refinado en virtud del cual el sujeto asume que hace algo que sin embargo podría no hacer, o al menos que podía hacer de otro modo. Si el sujeto está obligado a hacer algo, si no es libre, entonces no puede ser culpable de nada. De modo que para que alguien sienta culpa tiene que asumir que podría haber hecho algo distinto de lo que hizo, en definitiva, esto es asumir la propia libertad.

Solemos ser resistentes a asumir nuestra libertad, preferimos asumir que no somos libres ya que esto nos entrega la comodidad de evitar el acecho de la culpa. Si no podemos hacer nada ante la realidad entonces no somos culpables, no somos responsables, no cometemos errores. Estamos a salvo.

Es por esto que hay que asumir el valor de quienes se sienten culpables, porque estas personas son quienes asumen su humanidad, quienes asumen que no son parte de un mecanismo sobre el que no pueden decidir y que, en definitiva, podrían haber hecho algo distinto de lo que hicieron. La culpa es un valeroso testimonio de nuestra humanidad, de aquello que nos separa del resto de las cosas no humanas.

Cuando usamos medicación para tranquilizarnos sin que exista una razón médica que lo justifique, lo que hacemos es querer ocultar el rastro de humanidad que nos produce insatisfacción, culpa. Es una muestra de nuestro deseo de dejar, al menos por un rato o en cierto grado de ser humanos, de nuestro deseo de parecernos a una piedra o al menos a una planta.

Cuando usamos medicación para tranquilizar a otras personas sin causal médica que lo justifique hacemos el doble, apagamos la llama de la humanidad en quienes la reciben y en quienes la proporcionan. Y esto, quizás, explique el episodio en el cual un funcionario del INAU se intoxicó tomando el jugo que era para los adolescentes y contenía benzodiacepinas.

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