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Pueblo y oligarquía por Federico Frontán

Pueblo y oligarquía por Federico Frontán
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Decían en la Escuela de Frankfurt por 1930: “Si no quieres hablar de fascismo, no hables de capitalismo”. Hay un vínculo directo entre esos dos modo de violencia. Adam Smith, mentor de la insensibilidad política, reconoce que el desarrollo del capitalismo se funda en el asesinato. Dijo en 1776 que Europa valiéndose de la impunidad que les confería la fuerza, pudo cometer todo tipo de injusticias en los países colonizados. No denunciaba la violencia imperial, sino la pasividad del agredido para defenderse. Auguraba el gurú de la violencia, que era posible que en lo sucesivo los agredidos aumenten sus fuerzas o que se debiliten las europeas, posibilitando un estado de temor reciproco que obligue a todas las naciones a una especie de respeto mutuo.

Las formas del imperialismo son múltiples. En América Latina urge descolonizar la política. Esa la tarea de la filosofía política y es también la batalla que el frente amplio abandonó. En La educación del pueblo (1874), José Pedro Varela dice que el sufragio supone conciencia, y esta supone y exige educación, “sin ella la república desaparece, la democracia se hace imposible y las oligarquías, disfrazadas con el atavío y el título de república, disponen a su antojo  del destino de los pueblos y esterilizan las fuerzas vivas y portentosas que todas las naciones tienen en sí mismas”, unas líneas antes de este electrizante alegato por una educación antioligárquica, Varela dice: “el gobierno democrático republicano supone en el pueblo las aptitudes necesarias para gobernarse a sí mismo”.

La deserción de los intelectuales frenteamplistas del campo de la crítica y la revolución es un hecho que tal vez se explique por pequeñas razones, como algún compromiso con cargos en el Estado. Como sea,  verlos hundirse en la neutralidad ideológica es preocupante. Lo que queda después de esa renuncia es pura reflexión política de saldo que se expresa en prácticas políticas egoístas.

La violencia estructural que vive Latinoamérica tiene sus justificadores y también sus críticos. Por eso recuerdo las páginas de Varela, que muestra una clara influencia marxista y representan tradiciones que denuncian la injusticia y su legitimación.

Minguito Tinguitella

Fernández Huidobro (converso múltiple), comparó  en sus “Cebaduras” a Sanguinetti con Minguito. El parecido estaba en la capacidad que tenían de producir errores irrefutables. Es decir, argumentaban de un modo disparatado, ordenaban mal sus pensamientos y producían un efecto cómico o simpático que hacía que la gente los quisiera o lo votaran.

El modo Minguito de hacer política tuvo consecuencias dolorosas para la mayoría, y llevó al Partido Colorado a una larga agonía. Agonía de la democracia, de la que Sanguinetti fue autor.

Desde que  Mujica incorporó a Minguito, el problema lo tiene el frente. El personaje tuvo su momento simpático y popular, ahora muestra su parte siniestra (por usar un concepto de la psicología social). La oposición debe estar esperando cada día que Mujica haga declaraciones. Cada vez que habla, compromete a sus compañeros.

Desfrenteamplizar el Estado será una tarea difícil para el que llegue, incluido el frente “bueno” que se anime a ponerle límites a Pepe. Martínez parece percibir ese asunto y de su capacidad de gestionar ese conflicto interno depende su suerte.

La disputa por cargos públicos esterilizó al frente. Amiguismo, nepotismo, jefaturas en manos de gente que del cargo no sabe nada. Por su parte, los partidos tradicionales son inaceptables. Derecha pura y dura. Panorama desolador

En la campaña de las internas le preguntaron a Mujica por el ensañamiento del frente con los antecedentes laborales de Lacalle Pou (eso de que no es muy  por la labor y que no le van las 8 horas) y Pepe dijo que Lacalle se había metido antes con él y  recordó aquellas declaraciones de  que vivía en una covacha. En suma: como ellos lo hicieron antes, ahora le toca al frente. La lógica es perversa. Cuando Sendic se defendía de las consecuencias de sus “frenteamplistadas” lo invocaba a Bascou, si al diputado Oscar De los Santos le decían Lorenzo y Calloia,  respondía Blas. Logomaquias frentistas.

Martínez parece ser consciente que hay un frente de amigos que ofende la sensibilidad frenteamplista. Es momento de abrir  ¿Qué hacer? de Lenin y pensar la organización. El frente necesita un vómito de sí mismo.

Maiakovski reconoció que su pasaje de creador a trabajar para la propaganda política, implicó “tener que pisar la garganta de mi Musa”. La ministra de educación y cultura es una bota cívico-militar en la garganta de la Musa frenteamplista, y el Conae-Codicen es un zapateo incomprensible sobre lo que está vivo y resiste en la educación pública. ¿Por qué el frente sostiene estas jerarquías que hicieron del rol docente un lugar donde el Estado ejerce una precarización humillante?

Pensar el afuera

¿Existe un frente amplio que es más que el frente de unos pocos que usaron la herramienta política para beneficio propio? Esa es la pregunta del momento para los que no se han ido todavía. Lo que propone la derecha es preocupante. Hay que decirlo. Pero  también lo es el frente que participa del “sentido común” que propone una democracia sin partisanos, donde no hay afuera y se niega el antagonismo.

El giro a la derecha de Latinoamerica invita a estudiar a sus referentes teóricos. Son radicales en su antropología, filosofía, religiosidad y declaran el totalitarismo del mercado. La influencia de Hayek, Mandeville, Friedman o Von Mises tienen efectos dañinos para la salud y seguridad pública. Un caso clínico es el economista argentino Milei, admirador del fundador del neoliberalismo Von Mises. Este pensador austríaco dice en La mentalidad anticapitalista: “se parte siempre de un error grave, pero muy extendido: de que la naturaleza concedió a cada uno ciertos derechos inalienables, por el solo derecho de haber nacido”. Son paleoliberales, de un sablazo borran todo el desarrollo de los derechos humanos y emancipación humana posterior a la revolución francesa y toda responsabilidad del Estado social para su promoción.

Ni el frente de los amigos, ni la derecha opositora que tienen “la nada en el alma” son alternativas. Es momento de revertir un signo de los tiempos: la decadencia de la admiración. La izquierda tuvo como referentes a pensadores y políticos capaces de testimoniar con su práctica, sin embargo el gobierno se llenó de gente que son, más que admirables, temibles políticamente.  Decía  Pérez Aguirre: “Se escribe y se habla demasiado sin el soporte del testimonio. Deberíamos advertir más de este peligro a los militantes de la justicia y de la vida”.

Si Martínez se anima a dar el viraje.  Preguntarse ¿cómo pude ser quien fui? en lo que le toca al proceso entrópico que consume al frente amplio, y a partir de la autocrítica (herramienta que constituye a la izquierda) proponer un plan remonte, tal vez muchos de los que nos fuimos del frente hace tiempo, podríamos acompañarlo esta vez.

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