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¿Quién perdió en Brasil? Por Hoenir Sarthou

¿Quién perdió en Brasil? Por Hoenir Sarthou
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Casi dos días hubo que esperar para que Jair Bolsonaro hiciera declaraciones públicas luego del acto electoral del domingo pasado, mientras que el clima social del Brasil sigue alterado por la reacción de sus partidarios ante el resultado, reacción que incluye bloqueos de rutas por parte de camioneros y manifestantes.
Finalmente, el martes, en un corto discurso que pronunció rodeado por numerosos miembros de su gobierno, Bolsonaro comunicó escuetamente tres cosas: su agradecimiento a los más de cincuenta millones de brasileños que votaron por él; su desconformidad con el procedimiento electoral vivido (cuya confiabilidad ya había puesto en duda antes de la elección); y un pronunciamiento por el respeto de las normas constitucionales, que pareció significar tanto su disposición a acatar el resultado electoral como un llamado a sus partidarios para que depusieran actitudes contrarias al derecho y al orden público.
Un mensaje escueto y elíptico, en el que no mencionó a su rival y en el que es más lo que debe deducirse que lo expresamente dicho. Con la última palabra, Bolsonaro abandonó la sala a paso rápido, junto a la mayor parte de su comitiva, y su lugar en el estrado fue ocupado por el jefe de gabinete, Ciro Nogueira, quien, autorizado por Bolsonaro, asumió en su nombre el resultado electoral y comprometióla transición presidencial.
Legalmente, no es necesario mucho más. Se podrá decir que no fue la forma más amable de asumir un resultado, pero no que se hayan incumplido las normas legales.
Más allá de lo anecdótico, desde el punto de vista político, Brasil queda dividido prácticamente en dos mitades, con una diferencia en voto popular inferior al dos por ciento a favor del PT, y un esquema de gobernadores estaduales y de integración parlamentaria que hará muy difícil la gestión del gobierno de Lula Da Silva.
¿Qué significan esas dos mitades y por qué se enfrentan realmente?
La respuesta no se sencilla, tratándose de un país gigantesco y complejo como Brasil, inserto además en una situación global problemática, así que lo que voy a decir debe tomarse como una aproximación parcial y tentativa a esa realidad multifacética. Adelanto que el análisis depara algunas sorpresas.
La primera sorpresa, aunque relativa, es que el PT perdió en las regiones económicamente más pujantes, industrializadas y culturalmente influyentes del país. Por ejemplo, perdió en los Estados de San Pablo y Rio de Janeiro. Lo de San Pablo, antiguo bastión del PT, es especialmente llamativo, dado que es la zona más industrializada y sindicalizada de Brasil y en la que Lula desarrolló su carrera sindical e inició su carrera política. La mayor ventaja en votos la obtuvo el PT en las regiones más pobres y culturalmente menos influyentes, como el Nordeste. De modo que, socialmente, parece haberse producido una inversión de los apoyos electorales.
Desde el punto de vista ideológico, se alinearon detrás de Bolsonaro los sectores más tradicionalistas, religiosos y nacionalistas, en tanto que apoyaron a Lula los sectores y organizaciones que respaldan la agenda promovida por la ONU y el Foro Económico Mundial, caracterizada por el ambientalismo, el feminismo, la prédica respecto al calentamiento global y a las tecnologías verdes, y la defensa de la causa LGTB.
Un aspecto inolcultable es que los organismos internacionales e importantes intereses globales no fueron indiferentes a la contienda. Fue evidente su deseo de que ganara el PT. Y algo más. Casi todas las referencias internacionales a la elección brasileña aparecían asociadas al interés por la Amazonia. Zona económicamente codiciada si las hay, sobre la que desde hace años se pretende instalar una especie de protectorado supranacional, en apariencia a cargo de la ONU, en desmedro de la soberanía brasileña. Por alguna razón, los partidarios de esa tutela supranacional respecto de la Amazonia se declaraban afines al triunfo de Lula. Cabe suponer por qué.
¿Es posible detectar alguna clase de contradicción central, clarificadora, detrás de todos esos debates sociales, políticos, económicos, ambientales, personales, ideológicos y hasta religiosos?
Sin que pueda considerárselo una explicación única y absoluta, quizá sea válido señalar que se enfrentan en Brasil dos grandes y fuertes centros de interés económico y político. Por un lado, la oligarquía tradicional, terrateniente, industrial, comercial y también financiera. Por otro, un nuevo modelo de organización económica global, que estamos viendo crecer en todo el mundo, basada en fondos de inversión globales y en corporaciones que no tienen asiento físico cierto en ningún Estado concreto.
La clase alta brasileña es enormemente rica y ha sido siempre muy poderosa. No es de extrañarse que resista con fuerza ese desplazamiento del poder económico, que se traduce también en un desplazamiento del poder político, y que haya encontrado en Bolsonaro, con respaldo del ejército y de sectores conservadores de la sociedad, un instrumento político válido para preservar su influencia. Probablemente eso explique, al menos en parte, el resultado electoral de Estados tradicionalmente ricos y poderosos, como San Pablo y Río de Janeiro.
Paralelamente, Lula recibió el indisimulado apoyo de los organismos e instituciones más caracterizados del poder global, que le deparó prensa nacional e internacional, encuestas favorables y el voto militante de la extensa red de ONGs ambientalistas y feministas financiadas por las fundaciones del capital global. A ello se sumó, aparentemente, el voto de los Estados y de los sectores sociales más pobres, que nada han podido esperar históricamente de la tradicional clase dominante brasileña.
¿Cuál de los modelos resultó triunfante?
Me atrevería a decir que ninguno de los dos. Es evidente que, con la actual distribución de votos, gobernaciones y bancas parlamentarias, la única política posible es de transacción entre los intereses globales y las oligarquías nacionales. Con casi seguras dádivas clientelares para los más pobres (que han usado tanto Lula como Bolsonaro), moderadas políticas “de género” (el voto religioso fue importante para los dos candidatos) y peligrosos avances de los organismos internacionales, disfrazados de preocupación ambiental, sobre los territorios amazónicos.
Más fácil es decir quién pierde con el resultado del domingo. Sospecho que quien pierde es el pueblo brasileño, objeto de disputa electoral entre intereses contrapuestos, pero carente de un proyecto político que le asegure un futuro más libre y soberano.

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