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Relaciones peligrosas: cine, fe y falsas taquillas

Relaciones peligrosas: cine, fe y falsas taquillas
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Los milagros son acontecimientos sobrenaturales que siempre asociamos a la remota antigüedad. Pero una película brasileña que se estrena hoy vendió 4.600.000 entradas, convirtiéndose en la campeona histórica de taquilla en el país norteño. Sin embargo, en sus exhibiciones comerciales en salas la asistencia de público nunca superó los veinte espectadores. Los milagros parecen haber aterrizado en este siglo 21, tan falto de fe…

 

TAQUILLA. Al igual que Discépolo, ya sé que “el mundo fue y será una porquería”. No es novedad, pero el caso del film Nada que perder amerita un par de reflexiones. Este título brasileño tiene un radiante historial comercial. Sabido es que durante varias décadas la campeona de taquilla en Brasil fue Doña Flor y sus dos maridos, que en Uruguay aún sigue manteniendo ese estatus. Pero hace una década fue desplazada del sitial de honor norteño por Tropa de élite, que a su vez fue removida dos años atrás por Moisés y los Diez Mandamientos. Pues bien, esta legendaria historia bíblica, con sus plagas faraónicas, sus milagrosas aperturas de mares, y tan exitosa en su formato de serial televisiva, fue ahora bajada del podio por Nada que perder, primera parte de una trilogía financiada por la Iglesia Universal del Reino de Dios, que contará la vida de su fundador, el obispo Edir Macedo. En esta película inicial se relata el comienzo de su carrera en los años 60, hasta su ascenso como líder religioso de la comunidad. Quienes han visto el film señalan que ofrece la versión oficial de la Iglesia Universal sobre los temas más espinosos de Macedo, como la polémica compra de TV Record, su lucha contra el presentador Silvio Santos, la prisión del obispo en 1992 y las investigaciones sobre su fortuna. La película está protagonizada por Petronio Gontijo, que ya actuó en Moisés y los Diez Mandamientos, y está basada en la biografía del obispo, escrita por Douglas Tavolaro, actual vicepresidente de TV Record.

No vi la película ni leí los libros. Tampoco pienso hacerlo, por lo que no me atreveré a opinar sobre sus aciertos o errores. Pero dos acontecimientos me obligan a hablar del curioso caso de Nada que perder. El primero tiene que ver con lo que calificábamos de milagro, porque según notas de periódicos brasileños de diversas ciudades, escritas por periodistas reconocidos, la película vendió 4.600.000 entradas y generó una recaudación neta de 51.200.000 reales, desplazando del primer lugar en la cartelera al Rey Midas de Hollywood Steven Spielberg, con su Ready Player One. En todas las salas de Brasil, empero, ninguna función sobrepasó la veintena de espectadores. Como prueba de ello los periódicos exhiben fotografías de esos recintos semivacíos. En ellas se pueden ver la fecha y la hora en que fueron tomadas. Como complemento, y con pocos minutos de diferencia, otras fotos documentan las pantallas ubicadas en las boleterías, donde se ve claramente que las localidades estaban casi agotadas

 

¿MILAGRO BRASILEÑO? Pero no se asuste el lector, porque lo que a primera vista parece un milagro es apenas una estrategia de marketing, aunque dado el tema que el film aborda (la vida de un mensajero directo de Dios) en mi barrio no hemos tenido más remedio que definirlo como una simple y vulgar chantada: es que en mi barrio somos políticamente incorrectos. La explicación de todo esto es fácil, porque esa misma táctica ya fue utilizada para Moisés y los Diez Mandamientos, que casualmente también pertenece a la Iglesia Universal. Es de suponer que en esta congregación hay mucho dinero, porque compran por anticipado el 90% de las localidades de todas las salas donde la cinta se exhibirá. Así se aseguran un inmejorable posicionamiento en los rankings históricos de venta, lo que hace que todo el mundo (incluido el autor de esta nota, cómplice a su pesar) hable de la película y de la Iglesia.

Como tantas cosas realizadas en el actual mundo de los negocios capitalistas salvajes, este asunto marketinero es absolutamente legal, y de haber sido utilizado para un film estándar hasta podría haber esbozado una sonrisa y aplaudirles la viveza. Pero pregunto: ¿el producto que quiere promocionarse aquí es el habitual? Es decir: ¿su venta debería buscar ganancias materiales? No, porque es la Palabra de Dios por boca de su obispo mayor. Entonces: si siempre decimos que Cristo moriría en un santiamén si resucitara y viera los lujos del Vaticano, ¿no pasaría exactamente lo mismo en este caso? Porque ¿en qué parte de las ruas brasileiras se perdió el revolucionario concepto de renuncia a los bienes materiales, que tanto predicó el Nazareno y tan bien llevó a la práctica Francisco de Asís? Tampoco paso por alto una segunda y mucho más terrible pregunta: dada la extrema pobreza en que viven millones de brasileños, ¿no era mejor invertir el dinero de este engaño de taquilla en dar de comer a quienes lo hacen un día sí y cuatro no? Está claro que el cambalache que Discépolo denunció en su tango hace un siglo sigue vigente a nivel exponencial, sobre todo teniendo en cuenta que el autor de esta nota es un ateo redomado que (por aquello de la moralidad, ¿vio?) se siente en la obligación ética de recordar y defender algunos aspectos del verdadero mensaje de Cristo. Esto que hoy, sin quererlo, me une al Nazareno, es equivalente a juntar la Biblia con el calefón, ni más ni menos. ¿Será ése el verdadero milagro de Nada que perder?…

 

DESUBICADO MONTEVIDEO. El segundo acontecimiento que me vincula a Nada que perder tiene que ver con una pintoresca desubicación vernácula. Para entenderla, el lector debe saber que los críticos solemos ser invitados a funciones privadas, por lo general en horarios matutinos, de los films a estrenarse en breve. Eso nos permite verlos en forma confortable y con seriedad, lejos del bullicio de las exhibiciones comerciales en salas. Ese privilegio hay que agradecerlo a los exhibidores y distribuidores locales.  En ese marco los críticos fuimos invitados el anterior jueves a la privada de Nada que perder. No fui, pero en esto del cine tengo (como Roberto Carlos, otro brasileño) un millón de amigos. Esos conocidos me contaron que en realidad no fue una privada, porque al llegar hallaron la sala casi colmada de feligreses, que nada tenían que ver con la prensa. Hasta allí la sorpresa inicial. Lo pintoresco vino después, porque al parecer al final del film asoma en pantalla el protagonista real, invitando a los presentes a rezar. La asistencia entera, obviamente, se levantó, rezó y aplaudió al final de la proyección.

Como se sabe, aunque muchas veces se olvida, la libertad es un camino de doble vía. Por eso me parece absolutamente correcto que quienes lanzan al mercado esta película hagan proselitismo religioso, intentando sumar adherentes a la causa. Están en todo su derecho. En cambio, no tienen derecho a falsear la realidad, porque invitaron a la crítica a una privada que terminó siendo un acto religioso de carácter público. Para eso están las premieres. En cambio, sí tendrían derecho a invitarnos a un sermón de la Iglesia Universal, y nosotros evaluaríamos si asistir o no. Porque me pregunto: si se invitara a una docena de obispos a la proyección de un film sobre la vida de Marx, y al final el actor instara a los presentes a levantarse y recitar párrafos del Manifiesto Comunista, ¿esos religiosos no tendrían derecho a sentirse engañados, utilizados y ofendidos? Es bueno que quienes de estas cosas se encargan recuerden que el verdadero crítico debe mantener una sana distancia de la obra, para poder luego evaluarla sin influencias, como se debe. Nunca hay que involucrarlo, y menos en un concepto tan fundamental como el de Dios. Lo penoso es que en estas relaciones peligrosas entre cine, fe y falsa taquilla Eladia Blázquez tenía razón cuando decía que “ya no podemos, hermano loco, buscar a Dios en las esquinas” porque “se lo llevaron, lo secuestraron y nadie paga su rescate”.

Amilcar Nochetti Tiene 58 años. Ha sido colaborador del suplemento Cultural de El País y que desde 1977 ha estado vinculado de muy diversas formas a Cinemateca Uruguaya. Tiene publicado el libro "Un viaje en celuloide: los andenes de mi memoria" (Ediciones de la Plaza) y en breve va a publicar su segundo libro, "Seis rostros para matar: una historia de James Bond".