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Yo Robot, ¿Ustedes desempleados?

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El avance de la tecnología parece inexorable y uno de los temas que aflora cada vez con más frecuencia es la potencial pérdida de fuentes laborales. Se estima que en el corto y mediano plazo muchos de los trabajos actuales van a desaparecer. Autos sin choferes, supermercados sin cajeros, bancos sin funcionarios, fábricas sin operarios, cosechas automatizadas, etc, etc. ¿Se acerca la muerte del trabajo? ¿Será un privilegio de los más capacitados? ¿Hay que reducir la jornada laboral para permitir emplear más gente? ¿Qué hacer con los desocupados? ¿El avance tecnológico creará otros trabajos hoy inexistentes? ¿Será inevitable como paliativo la renta básica universal? ¿O la nueva situación nos llevará a la encrucijada entre socializar la propiedad de los robots o el exterminio de un gran porcentaje de la población que resultará prescindible? ¿Qué políticas se llevan adelante para que este mundo que se aproxima a pasos agigantados nos pille confesados?


Apostando al trabajo inútil por Gabriel Barandiaran

Mi padre era pintor de autos.  Yo soy daltónico.  Será por eso, que siempre consideré como una habilidad casi divina, su capacidad de definir un color “a ojo” y poder llegar a duplicarlo mediante combinación de pinturas de todos los colores.  Sin embargo, si hoy quisiera hacer lo mismo que mi padre, me alcanzaría con sacar una foto del color que quiero duplicar con mi teléfono, e inmediatamente se desplegarán los porcentajes de colores necesarios en mi pantalla.  La habilidad de mi padre es hoy absolutamente innecesaria.

Pero no es sólo un problema de la generación anterior a la mía.  No hay día que pase que no vemos una nueva amenaza a la forma en que se hacen las cosas.  Por un lado, nos sorprende ver, por ejemplo, un avión que fumiga la cantidad justa de producto en un área predefinida y sin necesidad de ser piloteada por nadie.  Pero la contracara es la pérdida de los trabajos, muchos de ellos especializados y bien pagados pero que empiezas a ser innecesarios.

Ver destruir trabajos en favor de máquinas y computadoras no es una realidad nueva.  Sin embargo, es la primera vez que observamos que el número de los trabajos que se destruyen son claramente mayores a los que se crean por la tecnología.  Y ya empezamos a ser conscientes de las consecuencias; entre ellas, la pérdida de los puestos laborales o en la baja de las remuneraciones.

¿Cómo nos estamos portando los uruguayos ante estos cambios? No del todo bien.  Los sindicatos se aferran a sus consignas aún en pleno conocimiento que lo único que hacen es ganar algo de tiempo antes de que venga la debacle.  El gobierno no mueve un dedo porque por ahora sólo se ven los nubarrones en el horizonte y va cayendo sólo alguna gotita.  Cuando llueva a mares ellos no van a estar.

El futuro no es muy halagador para los que vivan en Uruguay en quince o veinte años. Digámoslo con franqueza: hemos condenado a las nuevas generaciones.  El esfuerzo gubernamental sigue apostando al desarrollo del trabajo inútil.  ¿Un ejemplo? Las decenas de miles de nuevos empleados públicos.  ¿El Estado ha mejorado en algo con esta masiva incorporación?  ¿El resto de los ciudadanos han visto una mejoría en los servicios gubernamentales que recibe? Entiendo que estas preguntas se contestan solas.

Y de la educación mejor no hablamos.

¿De dónde pueden venir las soluciones?   Nuestro país tiene una gran carencia de liderazgos jóvenes que tengan la capacidad de proponer estrategias de país frente a los nuevos desafíos.  Los pocos que estarían en condiciones de hacer nuevas propuestas, están contaminados con el discurso tradicional que ya sabemos en qué terminará.  Iniciativas como la renta básica universal mueren antes de nacer ante la gran pregunta de quién la pagará, si ni siquiera tenemos claro quién pagará las jubilaciones en el futuro cercano.

Como verán, no soy optimista.  Si los jóvenes siguen tragándose los paradigmas caducos que nos gobiernan, no hay salida.  Pero es un problema generacional.  En poquísimas décadas Mujica, Astori, Vázquez, Sanguinetti, Martínez, Lacalle, Bordaberry, yo, y toda una generación estaremos rindiéndole cuentas al de arriba.  La solución, aquí en la tierra, depende de ellos.


(De) generaciones solapadas por Luis Porto

Un niño juega en un lugar de la ciudad con un casco de realidad virtual en el mismo momento en que otro niño, montado en un carro tirado por caballos, hurga en un contenedor de basura. Un auto pasa por el telepeaje sin parar, en el mismo momento en que otro auto frena para pagar manualmente.

Podría poner más ejemplos y aventurarme a decir que en pocos años un robot atiende en un comercio virtual mientras que en la feria de la esquina se escucha el grito “¡a 100 el kilo señora!”.

Generaciones de tecnologías, tipos de trabajo (artesanal, industrial, personalizado, etc.), y sobre todo de instituciones, conviven.

Las instituciones (esas reglas de juego que regulan nuestros derechos, obligaciones y comportamientos) son armisticios sociales. Surgen del conflicto de intereses de grupos de poder o el conflicto de creencias de grupos de identidad. Algunas desaparecen, pero la mayor parte coexisten en el tiempo con nuevas instituciones que van surgiendo.

La cuarta revolución industrial ya está aquí, pero las instituciones que servirán como armisticios a los conflictos que se plantean y plantearán todavía no lo están.

¿Cómo regular la cuarta revolución industrial? ¿Se puede predecir?   No.

Las nuevas reglas serán determinadas por el poder de negociación de las partes en conflicto, en la arena económica (donde se enfrentan los intereses), en la arena social (donde se enfrentan las creencias) y en la arena política (donde se enfrentan las ideologías).

Generaciones solapadas de instituciones, y generaciones solapadas de tecnologías que convivirán generando situaciones de cooperación y conflicto nos interpelarán.

Nos enfrentarán a una nueva cara de un viejo problema: la heterogeneidad estructural de nuestros países. Economías duales, con unos sectores avanzados (ahora robotizados) y otros atrasados. Sociedades fragmentadas con barreras a la movilidad social, ahora por la diferencia en el acceso al conocimiento y la tecnología.   Nada nuevo.

Si logramos armisticios sociales, o sea instituciones para lidiar con la heterogeneidad estructural y la fragmentación social, no deberíamos temerle a la revolución industrial.

Si logramos desarrollar capacidades a los que se exponen en forma más vulnerable a la cuarta revolución industrial, no deberíamos temerle al robot.

Si no lo logramos, tal y como América Latina no lo logra desde hace años, pues entonces tendremos más de lo mismo: fragmentación social.

La profundización del deterioro estructural o funcional del tejido social, definición de degeneración.  Cuando yo era chico no existían los robots, pero sí la exclusión.

Si no logramos resolver nuestros conflictos en la arena económica, la social y la política de forma de evitar la exclusión, pues entonces los robots la profundizarán.  Se robotizaría la heterogeneidad y la exclusión.

Pero la culpa no es del robot, sino de quienes no sabemos convivir, con o sin ellos, de quienes no sabemos lidiar con (de)generaciones solapadas de relaciones de poder.


UNA MÁQUINA NO ME PUEDE LUCRAR por Esteban Pérez

Desde que están instaladas las clases sociales en la humanidad, la causa de excedentes humanos en la sociedad no ha estado ni estará en la existencia o no de máquinas cada vez más perfectas.

Es parte inseparable de la existencia de clases que hayan explotadores, explotados y marginados.

Hay quienes le temen al desarrollo tecnológico por las consecuencias que traerían sobre los trabajadores: más desocupación y marginalidad.

Nosotros no le tememos ni al desarrollo tecnológico ni a la automatización del trabajo; le tememos a los dueños del conocimiento y la tecnología. Si están en manos de capitalistas, estarán al servicio de unos pocos, pero si están en función del colectivo humano al servicio del bien común, es infinito el fruto del que podrá gozar la humanidad en su totalidad.

Lo que queda cada vez más claro es que la mutilación irracional de la naturaleza y sus recursos no ha reducido ni el hambre, ni la explotación, ni la marginalidad. De seguir en ese camino terminaremos en un choque frontal entre la naturaleza y el avance tecnológico, que nos puede conducir a una implosión de la civilización actual tal como la conocemos.

El problema entonces no es ni la robótica ni la automatización. El meollo del asunto sigue estando en el predominio de unos humanos sobre otros. La contradicción sigue vigente en el seno del capitalismo.

Con automatización o sin ella, los revolucionarios seguirán teniendo la misma tarea: continuar generando conciencia y organización entre los explotados y marginados, continuar sumando fuerzas aprovechando cada huequito, cada rendija que nos permita el sistema, en pos de avanzar en ese sentido.

Terminado el largo y tortuoso periplo del capitalismo, el colectivo sabrá sacarle mieles al avance tecnológico desenfocándolo del principal objetivo actual: la dominación y el desarrollo de cada vez más sofisticadas industrias de guerra.

La sociedad igualitaria centrará la puntería en mejorar la calidad de vida, la salud y el disfrute de los tiempos libres que se generen, en beneficio del conjunto de la humanidad y no para unos pocos.

La lucha de clases continúa siendo el motor principal de la Historia y la percepción del futuro debe estar bajo la misma lente.


Nuevas profesiones ¿para quién son? por Diego Moles

Gracias por remover las aguas y ponernos a personas diversas a reflexionar abiertamente sobre problemáticas actuales y futuras. La propuesta que nos proponen hoy, felizmente está de moda, vaya eufemismo! Pero es que si no fuera así sería grave, no estaríamos viendo lo que está sucediendo. Por eso vemos como algo muy positivo que se promueva este debate, prácticamente no hay espacio académico o político, medio de prensa, gobierno y/o organización social vinculada o no al trabajo, que no tenga en agenda discutir, pensar y analizar cómo gestionar los impactos que se están produciendo en el mundo del trabajo y sus relaciones.

Una primera reflexión algo crítica, es que hay una tendencia en cierta medida reduccionista, que es abordar como que en el desarrollo de la tecnología lo principal es que destruye puestos de trabajo, se establecen largas listas de actividades que dejaran de existir. Y si bien ese es un dato real que hay que relevar, tener conciencia de ello y dimensionarlo, lo que cumple bien es con el efecto de llamar la atención. Pero también sabemos que no es nuevo, a lo largo de la historia hemos observado qué ha sido, es y será lo permanente, todos los cambios de importancia marcaron hitos de cambios de las relaciones de trabajo, la destrucción de actividades y el surgir de nuevas, si bien la particularidad de la época actual es la intensidad y la velocidad con que se produce. Esto nos lleva a visualizar que lo macro es relativamente fácil de comprender e incluso de administrar, lo complejo y urgente es lo micro, como gestionamos y amortiguamos los impactos al que le llega la eliminación de su puesto u oficio, es decir como atendemos a las personas.

Contrariamente a lo anterior se puede estar con entusiasmo y creatividad diseñando y proponiendo las múltiples actividades nuevas que se generarán hoy y se irán generando en el futuro, tantas y con la sofisticación tal, como la imaginación nos alcance, para así de cierta manera contraponer a una visión apocalíptica del fin del trabajo o al menos relativizar el problema. Pero estas nuevas profesiones ¿para quién son?, ¿quiénes pueden ocupar esos nuevos puestos? En definitiva son para aquellos que acceden a formarse en las nuevas habilidades requeridas, son para los que la educación les dio las respuestas necesarias y este es un desafío imperioso para que éste sea inclusivo de grandes grupos de niños y jóvenes. Si bien, como en todas las épocas les será más favorable para aquellos que partan primero, ya sea por su capital social familiar o personal, etc. que se les hace posible, el problema a resolver es lograr el cambio educativo adecuado con la mayor inclusión posible.

También observamos que muchos análisis, preocupaciones, enfoques o teorías apuntan a aplicar el impacto de las Tics desde el cambio actitudinal en las generaciones de los individuos, los aspectos comportamentales de la generación Y o la Z o la que a estas últimas le suceda. Entonces se ubica en el centro un conjunto de nuevas actitudes que modifica las relaciones entre el trabajador y su empleador. Se nos plantea como problema las formas, cómo se vinculan las nuevas generaciones con la jerarquía, cómo consideran las relaciones y vínculos entre pares y cómo reconocen o aceptan los liderazgos; un hecho que hay que aprender a gestionar pero hay lecturas muy antiguas que nos plantean los desafíos que se tiene al gestionar relaciones entre múltiples generaciones. No es un tema para nada banal pero hay reservorio intelectual abundante que aplicado a esta nueva realidad colabora en seguir produciendo conocimiento para la mejor gestión de estos problemas emergentes, sin ser un tema menor no es el centro del problema.

Se nos plantea como lo nuevo, incluso con connotación negativa la intensa movilidad de los nuevos trabajadores. Si este es un problema, lo sería para las empresas. En principio no lo es para el trabajador, incluso lo podemos ver como una expresión de mayor libertad. Pero si tienen que ver con el diseño de los puestos de trabajo y/o con que la efectiva canasta de beneficios sea percibida como un factor de retención de talento, claro está con una complejidad mucho mayor, producto mismo del desarrollo humano. Pero bienvenida ésta obviamente porque los empleadores tienen que mejorar sus propuestas. Incluso en esa misma dimensión se nos problematiza el concepto de multitarea de estas generaciones, no hacen una sola cosa, o no hacen lo que supuestamente estudiaron, combinan profesiones, oficios y actividades. Pero están en cuestión las estructuras que hoy concebimos: la organización de la empresa, la organización sindical, los sistemas de protección social. Cada uno de éstos como están hoy no estarían dando las respuestas más adecuadas. En la protección social el Sistema Mixto reformado en el año1996 con la creación de la Cuenta de Ahorro Individual parecería que le da más sustentabilidad y acompaña mejor esta movilidad y multiplicidad del trabajo en el largo plazo, pero aun así hay que observarlo y analizarlo.

La globalidad, el trabajo hacia el mundo, es una realidad hoy en Uruguay y en plena expansión. Como el trabajador desde aquí en Uruguay o más minimalista aún, desde su casa accede y desarrolla su trabajo hacia los mercados globales, hacia cualquier parte del mundo y entre maravillados y optimistas lo miramos como un trabajador sin fronteras, pero pasado el entusiasmo vemos que eso le trae problemas: de cómo hacerse del cobro de su trabajo, con varios que comisionan en ese tránsito de su dinero, de dónde paga sus impuestos o dónde y cómo genera la protección social. Decirle a un trabajador que aporte a la seguridad social en Uruguay, pero su empleador no lo hace (está radicado en otra parte del mundo), salvo que le incremente la factura del servicio que le vende, lo que no es una solución meramente administrativa, le impacta en su competitividad por lo que no es lineal la solución. Por otra parte, este fenómeno es incremental, año a año crece en decenas de miles que trabajan para el mundo, lo que visto desde otro ángulo impacta en lo que denominamos la población activa local, que son quienes efectivamente aportan a los sistemas de protección social en el país, afectando las relaciones activos pasivos en términos de aportes reales. Pero por su lado este trabajador global está observando que lo mejor para sí, es que su bancarización, o lo mejor para sí de su protección social, está en adquirir servicios fuera del Uruguay de manera individual.

Los problemas de destrucción de empleos, la no generación de suficiente número de nuevos empleos que sustituyan los eliminados o más que nada el cambio de tipos de empleos y sus nuevas formas de adquirir formalidad, impactan negativamente en la relación activos pasivos que es el sustento de los sistemas de protección social principalmente el Sistema de Solidaridad Intergeneracional. Si a lo anterior le sumamos la demografía, es decir que estos cambios también impactan en la salud y en el aumento de las expectativas de vida, tenemos problemas serios de cómo se van a atender los requerimientos de aquellos que confiamos en que vendrían nuestros hijos a sostener nuestras futuras prestaciones.

Es decir, el debate que nos plantea VOCES trasciende largamente el problema de la destrucción de los puestos de trabajo, nos desafía la capacidad que tenemos de atender a la persona que impacta negativamente este proceso. Nos desafía a la capacidad de atender a nuestros niños y jóvenes para generar y formar talento, para la creación y ejercicio de las nuevas funciones, profesiones y oficios. Nos desafía a las empresas de ser promotores responsables de generación de nuevos empleos de valor para las personas y con incremento de la productividad. Nos desafía como sociedad de generar los sistemas de protección social sustentables que le beneficie al trabajador y atenúe los impactos negativos de la evolución tecnológica y principalmente de la demografía. Por último desafía al Estado en toda su dimensión para adaptarse efectivamente a estos procesos y constituirse en factor dinamizador de la nueva economía y las relaciones entre personas, trabajo, capital, sociedad y Estado. Específicamente nos empuja a cada uno como sociedad y específicamente a los actores políticos, a establecer las prioridades a atender, ya que ellas marcarán la distribución de los recursos, generalmente cortos, para atender todos los desafíos planteados.


Se crearán nuevas fuentes de trabajo por Washington Corallo

El avance de la tecnología es ineludible, e inexorablemente traerá como consecuencia la pérdida de fuentes laborales. Sin embargo, no tengo una visión tan tremendista sobre el asunto. Visualizo que se nos viene un mundo con la muerte de algún tipo de trabajo, pero no todos. Además, se crearán nuevas fuentes de trabajo, oportunidades y actividades que posiblemente hoy no podamos ni imaginar.

Lo que sí me preocupa es que se está centrando la atención solamente en la pérdida de puestos de trabajo en el sector privado, cuando en el sector público las actividades “robotizables” son muchísimas. Y en ese sentido vamos a contramano. Porque nuestra economía crece, y aún con el constante avance tecnológico y sin recibir ni más ni mejores servicios públicos a cambio, el empleo público aumenta significativamente, generando una pérdida de productividad que el sector privado queda obligado a compensar.

El modo de afrontar este escenario es reformando la educación. En primer lugar, para que la educación sea un derecho y un deber de todos los niños y adolescentes del país. Por ejemplo, es muy triste que muchos jóvenes abandonen el liceo, eso no nos puede seguir pasando. Y en segundo lugar, para que la educación brinde nuevas herramientas, adaptadas a este nuevo mundo. Me refiero a capacidades técnicas, pero también socio emocionales, ya que por ejemplo la capacidad de adaptación será un valor cada vez más necesario para afrontar un mundo tan cambiante.

Otro aspecto que habrá que revisar es la legislación laboral, que está pensada para una forma de trabajar que va quedando obsoleta para muchos sectores y empresas. También  queda obsoleta para la forma de trabajar y de vivir de los jóvenes. Siento que hay que escuchar más a los trabajadores “de a pie”, principalmente a los chicos de 25 a 35 años, para entender qué se precisa modificar de nuestras normas laborales a efectos de contemplar los intereses de todos, de las empresas que precisan vender más y aumentar la productividad, y también de los trabajadores, que necesitan flexibilidades que hoy no tienen.

Finalmente, creo que para intentar afrontar este fenómeno, Uruguay no puede apresurarse en introducir cambios que impliquen una pérdida de competitividad respecto a terceros países. Me refiero, como ejemplo, a la reducción de la jornada laboral. Francia la implantó para algunos casos y no fue exitosa. Otros países no están impulsando proyectos normativos en esa dirección. Por tanto, es algo para eventualmente plantear mucho más adelante. Tenemos bastante para abordar con lo que tenemos hoy en

Uruguay.

 


¿Fin del trabajo o su carácter mercantil? por Oscar Mañán

En la 2ª. mitad de los 90 aparecieron trabajos agoreros sobre “el fin del trabajo” (Méda, Forrester, Robin, Rifkin, entre otros). Sin embargo, muchas confusiones rondaban el debate, en especial sobre el trabajo y el empleo, el trabajo y la riqueza, o el mismo capital y el trabajo. Con motivo de los 150 años de El Capital, vale releer literatura del siglo XIX que demuestra: que lo nuevo no es lo escrito en última instancia.

La economía política clásica concibe al trabajo como la esencia de los seres humanos por su doble carácter: productor de medios de vida y de vida misma. Por un lado, permite producir las condiciones materiales para la vida, pero a la vez, el hombre se produce a sí mismo en el proceso productivo. Desde esta visión, el hombre se diferencia de otros homínidos, justamente porque produce y se produce, y esa es la dialéctica del cambio social, el trabajo como productor de vida (Marx, ([1867]1982; Engels, [1876]1974, [1883]1974).

Lamentablemente, esta no es la visión dominante en el imaginario colectivo, sino otra más pragmática y reducida al empleo mercantil, a la compra-venta de la fuerza de trabajo que produce riqueza, riqueza que no se la apropian los brazos que la producen, riqueza que les es extraña (“enajenación” en Marx [1844], [1867] que luego cambiará por “fetichismo”).

En la definición del trabajo mercantil, este no solo no es la esencia del ser humano sino que aparece deshumanizado, un simple medio para que los individuos consigan otros medios de vida (consumo). El capitalismo y las teorías que la justifican conciben al trabajo de forma economicista, como uno más de los factores productivos, intercambiables por otros según las condiciones relativas a su abundancia, escasez, carestía (cualquier manual de economía neoclásica lo atestigua).

En la «globalización neo-posliberal» de libre comercio de bienes y servicios; libre circulación de capitales, propiedad intelectual e información; financiarización de la acumulación, etc. se menoscaba al llamado trabajo productivo, se intensifica la ofensiva contra los sindicatos a fin de imponer fuertes reducciones a la protección del empleo y abrir el sector público a las ganancias empresariales.

El boom digital y la “Nueva Economía” adquieren protagonismo. Las tecnologías permiten la deslocalización de actividades productivas a países dependientes, ahora centrada en procesos científico-técnicos más complejos antes exclusivos de los países centrales. Además, bajo el mito de la flexibilidad laboral, se desdibujan progresivamente los límites entre el trabajo y la vida personal, así como se privilegia la remuneración por resultados.

Según Antúnez la nueva morfología del trabajo, disminuye “los obreros industriales de base taylorista-fordista” y crece “la lógica de la flexibilidad-toyotizada”, (telemarketing y call center, motoboys, digitalizadores, asalariados de los fast food e hipermercados, etc.).

La era digital y la alta tecnología trajeron informalidad, tercerización, precarización, subcontratos, flexibilidad extrema y disciplina incluso extra-fronteras como los cyberproletarios; gran subsunción del trabajo por el capital (posibilitado por cambios científico-técnicos).

Esto por supuesto tiene impacto muy fuerte en la clase obrera y en sus formas de organización y representación; sin embargo, el trabajo no se termina, porque es la fuente de riqueza. Pero a su vez, es fuente de humanidad.

En el capitalismo los frutos del trabajo pretérito se convierten en la fuente esclavizadora del trabajo vivo: el capital. El avance de estas contradicciones puede ser un aliciente para que se le cambie el carácter mercantil a las relaciones sociales de producción, para que todos disfruten de los avances de la creación humana. Como diría Marx, para que el ser humano se convierta por fin en el ser supremo para el ser humano.


La clave será la educación por Carlos Saccone

El capítulo que introdujo David Ricardo en la tercera edición de sus Principios fue denominado “Sobre la maquinaria” y abordó el impacto de las nuevas tecnologías sobre la ocupación, la productividad y la producción total.  Siempre ha existido preocupación por compatibilizar avance tecnológico y sostenibilidad del empleo.  Keynes en 1929 advertía acerca del “desempleo tecnológico”.  “Las máquinas causarán desempleo en masa” decía Keynes.  La tecnología, desde que existe, ha destruido algunos empleos, y creado otros.  Lo diferente de la situación actual es la clase de empleo que se está eliminando y la velocidad con que ello está ocurriendo.  Existen muchos ejemplos de empleos rutinarios para los cuales se necesitan habilidades medias o bajas con alta probabilidad de ser sustituidos por máquinas en el futuro.  Desde un chofer hasta un Contador. Pasando por cajeros de supermercados, analistas de crédito bancario o un operador de reactor nuclear.  Nos enfrentamos a un cambio de paradigma que reformulará la forma en que vivimos y trabajamos. No queda otra más que intentar adaptarse.  La clave será la educación.  Los responsables de las políticas públicas, en particular en algunos países, se enfrentarán a la disyuntiva de seguir siendo altamente receptivos ante tradicionales grupos de presión (e.g. sindicatos, grupos empresariales) o incentivar una adopción mucho más dinámica de las tecnologías automáticas para poder impulsar la productividad y cumplir con sus objetivos de crecimiento.

En la edición del 22 de julio The Economist dice que  “juntos, la tecnología y los docentes pueden revolucionar la educación”, destaca cuánto más profunda ha sido la revolución tecnológica que la educativa y apunta a una de las más claras razones: “la posición conservadora de educadores y sus sindicatos”.  La avalancha de cambios que se viene también incluye “software educativos”, no con el objetivo de reemplazar profesores, sino que estos, “volverán al arte de enseñar más importante. Esto implicaría buenas noticias para educadores y educandos, dado que demasiados docentes sólo quieren que termine su día”  Creemos que esta situación es particularmente cierta en países como Uruguay y Argentina, donde si bien la situación económica ha mejorado durante los últimos 15 años, el rezago relativo comparado a economías asiáticas es muy notorio. Uruguay duplicaba a Singapur en ingreso per cápita hace 50 años.  Hoy el ingreso per cápita de Uruguay es el 25% del de Singapur. Nuestro país mantiene algunos indicadores que no lo dejan bien parado en este contexto.  Por más que al día de hoy esté a la vanguardia de América Latina en PBI per cápita y en mediciones de igualdad de ingresos, se encuentre dentro de los que mantiene “grado inversor”, tenga las más sólidas instituciones democráticas de la región  y la percepción de corrupción sea la menor de todos nuestros países, el largo plazo asoma mucho menos alentador.  A menos que se haga lo que hay que hacer.  Un verdadero rediseño del sistema educativo público, para no profundizar el rezago que asoma. “Porque no alcanza con flotar, tenemos que nadar”.


IMPUESTO AL ROBOT por Marcelo Bacigalupi

VOCES nos propone un ejercicio de ciencia ficción. A los que viven dentro de la caja, abstenerse.

Cuando Amazon –el gigante global de e-commerce- adquirió Kiva Systems no estaba realizando una operación de bolsa más: estaba dando un paso sustancial en la incorporación de robótica a su gestión de inventarios y pedidos. Kiva es un fabricante de robots autónomos que se utilizan en sistemas de automatización flexible que resultan clave para empresas de e-commerce. Su gerente declaro: “transformamos los átomos de los inventarios en trozos de información, luego ejecutamos algoritmos en esos datos y los organizamos de forma muy similar a como Google ordena las páginas web”. De este modo, los robots son capaces, tan solo minutos después de haber recibido el pedido, de entregarlos a los empleados de expedición agregando cuatro paquetes más por hora. Kiva les “enseño” a sus robots a llevar las cajas de cartón a los contenedores y a ayudar en la envoltura de regalos.

Este ejemplo muestra con claridad lo que está en desarrollo en el primer mundo. En nuestras latitudes aun no lo vemos, pero sin duda que representa una amenaza para el trabajo tradicional, de tipo manual y no calificado. Claramente, serán necesarios ingenieros en sistemas para programar los robots y técnicos calificados en mantenimiento e instalación de los robots, pero no estibadores que manipulen cajas al solo influjo de la fuerza. El mundo del trabajo ya hoy no es el mismo, existen centros de trabajo virtuales, flexibilidad de horarios, desplazamiento de los límites de las organizaciones, amenazas a la seguridad en los lugares de trabajo, mayor énfasis en la ética, sustentabilidad y responsabilidad social y un largo etcétera.

Aún estamos lejos en el mundo de un desarrollo relevante de la Inteligencia Artificial, pero sabemos que los países del BRICS en particular Rusia y China pugnan por picar al frente del manejo de estos recursos tecnológicos que, se afirma, caracterizarán la riqueza del siglo XXI. La posibilidad de que la IA tenga un uso militar y de destrucción masiva no puede soslayarse ya que todo avance tecnológico si no parte de esta industria, es rápidamente incorporado o adaptado a las armas. Esta amenaza ha sido considerada por una de las mentes más brillantes de la actualidad, el científico británico Stephen Hawking, que ha sostenido que la humanidad deberá abandonar el planeta a más tardar en cien años como consecuencia de las amenazas emergentes de la robotización de los ejércitos, las epidemias, la explosión demográfica global y el cambio climático. A los que lo acusan de ensayar una falacia de autoridad cabría preguntarles si acaso alguna de esas amenazas globales no va en la trayectoria indicada…

Se está generando un escenario de ganadores y perdedores que sigue, caprichosamente, atado a la educación. El individuo formado podrá tener cabida en el mundo del trabajo y el no calificado simplemente no podrá trabajar. Las políticas públicas en los distintos países podrán intentar aproximarse a la igualdad de oportunidades, pero no todos las toman. Es la naturaleza humana. Bajo esas hipótesis, los gobiernos del mundo deberán profundizar las transferencias a los sectores desocupados para asegurar su supervivencia y la paz social, cada vez amenazada por la sombra de un Armagedón termonuclear.

El Uruguay es un país reprimarizado, dependiente tecnológicamente, con escasas posibilidades de desarrollo de mediano y largo plazo. Es un país donde ha circulado la idea de un dirigente político de crear un impuesto al robot, lo cual demuestra con que temperamento y miopía se suelen abordar estos temas en el país. Es un país que crece y destruye empleo en un mundo donde es tan grande y vertiginoso el crecimiento en la acumulación de conocimiento por parte de los países centrales y los gigantes de los BRICS –que se pugnan ferozmente la supremacía- que requeriríamos un cambio cultural muy grande que llevara a la conciencia colectiva la necesidad de volcar masivamente a nuestros jóvenes a la formación continua. No lo vemos en el horizonte cercano.


EX MÁQUINA por Fernando Pioli

El obrero como el encargado de la transformación de la naturaleza para crear un objeto con sentido y valor humano está en proceso irreversible de extinción. Posiblemente, a largo plazo, el trabajo como fuente de realización personal también.

Si uno observa el nacimiento de los grandes procesos civilizatorios se encuentra con que los principales referentes que encarnan los avances científicos y culturales más elevados tienen un factor en común: no estaban obligados a trabajar. Es decir, el trabajo no era una fuente de sustento personal ni familiar. De eso se encargaban otros que generalmente eran esclavos, sirvientes o más modernamente, empleados.

El llamado ocio creador u ocio creativo facilitaba que un cierto grupo de privilegiados pudiese detenerse a ver y analizar aquello que el común de las personas no podía, básicamente porque tenían tiempo libre para hacerlo. Este embrutecimiento de quien está obligado a trabajar era bastante conocido por los filósofos griegos, pero también era extensivo a aquellos que estaban pendiente de la búsqueda de riquezas o gloria.
Otra perspectiva más ligada a la modernidad positivista y su vertiente marxista visualiza el trabajo como un agente liberador, como un instrumento para favorecer el progreso humano y una herramienta del perfeccionamiento de nuestra existencia.
La creciente automatización de los puestos de trabajo y la indeclinable sustitución de estos por la máquina está más cerca de destruir aquella imagen del trabajo antes que esta última mencionada. De todos modos, justo es reconocer que se ven amenazadas ambas. El trabajo embrutecedor, aquel que sofoca en una realidad alienante y que nos hunde en el tedio será el primero en desaparecer. Es por esto que el desafío al que nos enfrentamos es evitar que el trabajo como liberador y camino de conquista de los desafíos interiores no se se vea destruido al mismo tiempo.

Cuando Aldous Huxley imaginaba un mundo en el que las personas nacían en función de las características que el Estado consideraba que necesitaba de sus ciudadanos, también imaginó que el medio de control social se asentaba en obligarnos a ser felices. Si estamos obligados a ser felices entonces nuestra existencia no difiere de la de una colonia de abejas, nuestra felicidad no es fruto de nuestras decisiones sino de una planificación que nos determina. Esa serie de decisiones que ejercemos sobre el mundo y con el que marcamos nuestro sello es en muchos sentidos eso que hoy llamamos trabajo.


Robotización, automatización – educación, Educación, EDUCACIÓN por 

Raúl Viñas

El tema de la pérdida de empleos por el avance de la tecnología y su profunda influencia en el mercado de trabajo, no es un tema local.

En todo el mundo aparece a menudo en los medios de prensa, así como en seminarios y conferencias.

Las consideraciones sobre los cambios en el empleo varían, desde los que predicen la reducción de la cantidad de puestos de trabajo disponibles, a los que, mirando el futuro, anuncian que más del 60% de los niños tendrán su empleo en trabajos y ocupaciones  que hoy no existen.

En está época de cambios agigantados y vertiginosos, los marcos de tiempo de que se habla son de 15 años o menos; por lo que seguro serán la realidad que encontrarán los que están hoy comenzando la escuela primaria, cuando busquen integrarse en mercado de trabajo.

¿Los estamos preparando para ello? Muchos de los que hoy estamos trabajando hemos pasado por “reciclajes” y cambios de carrera, impensables pocos años atrás, para adaptarnos y hacer el mejor uso de la tecnología y las oportunidades que nos brinda.

Que yo esté escribiendo esto en un “teléfono” a 18.000 kilómetros del Uruguay no es más que una muestra de ello.

La posibilidad cada vez mayor de que muchas tareas no impliquen la presencia física en un lugar de trabajo y que tampoco sea necesario cumplir con horarios fijos agrega libertad a los individuos, modifica las relaciones laborales y obliga a un mayor autocontrol al desaparecer la tarjeta para “marcar” los horarios de trabajo.

Al mismo tiempo vemos como estos cambios dejan atrás y excluyen inmisericordes a los que no cuentan con las herramientas para adaptarse a las nuevas situaciones.

Predecir el futuro no es fácil, pero algunas cosas básicas podemos entrever, cómo que la automatización afectará mayormente trabajos repetitivos y manuales, mientras que aquellos en que se apela a la creatividad, o que tienen directa relación con el trato “humano” no son tan fáciles de sustituir.

Allí es donde entra el denominado sistema educativo, la necesidad de preparar, especialmente a los jóvenes, no ya para una tarea específica, sino para asimilar valores y adquirir nuevas capacidades, es esencial.

Educar hacia el trabajo en equipos, la creatividad, el manejo adecuado del tiempo y la capacidad de buscar priorizar y filtrar la informacion que nos llegan son todas nociones básicas que la educación formal y la no formal deben priorizar.

En el Uruguay son poco más 40.000 los que se integran anualmente al sistema y no adaptar la educación de todos nuestros jóvenes implica la pérdida de competitividad y oportunidades para nuestra sociedad, además de amenazar la cohesión social, al generar ciudadanos de primera y de segunda.

Hoy más que nunca es la educación el medio para lograr la igualdad de oportunidades y posibilitar la movilidad social, limitando los impactos e incluso obteniendo ventajas de procesos tales como la automatización y la robotizacion. Yo robot, tú educado.

Semanario Voces Simplemente Voces. Nos interesa el debate de ideas. Ser capaces de generar nuevas líneas de pensamiento para perfeccionar la democracia uruguaya. Somos intransigentes defensores de la libertad de expresión y opinión. No tememos la lucha ideológica, por el contrario nos motiva a aprender más, a estudiar más y a no considerarnos dueños de la verdad.