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Salud y enfermedad por Isabel Viana

Salud y enfermedad por Isabel Viana
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El mundo en que vivíamos, con sus virtudes y desastres, está detenido. Creíamos, con enorme soberbia, que el crecimiento indefinido era una posibilidad real para la que no concebíamos límites. De pronto, sin aviso previo, un virus mutante frena a la sociedad humana. Mientras tanto, la vida de los otros seres vivos continúa y se potencia.

Tratamos de atenuar los efectos de ese ataque, usando lo que sabemos y los insumos de los que disponemos. El paliativo encontrado para la crisis es que cada uno se aisle de otros humanos para evitar el contagio. Deberá atender como pueda a la salud propia y, si asume el riesgo, a la de su prójimo. El aislamiento compromete  las estructuras sociales y productivas que instrumentan la supervivencia, generando nuevas situaciones de riesgo.

Es imprescindible asumir que el sistema no cubre las grandes emergencias y que es necesario buscar alternativas que jerarquicen la inversión en salud y en la atención de la enfermedad.

Se indica hoy, a nivel global, que los afectados por el coronavirus no graves, deben ser tratados en los hogares, en un esfuerzo por proteger las estructuras de atención en salud, puestas en riesgo de colapso por el alto número posible de contagiados simultáneos. Los hogares están muy poco  preparados a esos efectos: hay que arreglarse como se pueda, sin conocimientos y sin herramientas elementales.

No sabemos si ya estamos contagiados, porque la poderosa industria global no provee la cantidad de test necesarios para detectar a los contaminados asintomáticos. Ni siquiera produce suficiente número de instrumentos elementales como mascarillas, túnicas y guantes para que los médicos en los hospitales y las personas comunes, podamos protegernos cuando interactuamos con contagiados, en la casa o en el trabajo.

Los médicos, especializados en la sanación de enfermedades, conocen el cuerpo humano y avanzan cotidianamente en la cura de patologías antiguas o nuevas. Su acción se materializa, con mucha frecuencia, en las potencialidades curativas de medicamentos que se fabrican bajo patentes y en laboratorios también altamente especializados.

Hasta ahora, confiábamos a médicos y personal sanitario la atención de la salud y la prevención y cura de enfermedades. Convocábamos a los servicios de emergencias médicas asistirnos en nuestras casas, aún ante males menores. Sus médicos nos indicaban procedimientos y medicamentos para la curación. Las personas teníamos roles muy pasivos respecto a nuestra propia salud cotidiana.

El ejercicio de tareas de salud y sanación se ha producido también por otra vía complementaria: la medicina informal. La atención en enfermedad de un porcentaje sustantivo de la población humana se lleva fuera de los ámbitos y procedimientos de la medicina formal. Las personas  aprenden en su contexto nociones de salud, reconocimiento de patologías y criterios para el manejo y cuidado de los eventos insalubres o riesgosos de su vida. Cuando el conocimiento social se ve superado, consultan a sacerdotes, chamanes, curanderos, parteras y generalmente a mujeres que han aprendido en la práctica criterios y procedimientos de diagnóstico y cura, así como recetas para usar elementos de su entorno para la sanación. Es común que en esas curaciones intervengan aspectos religiosos, como santiguados o convocatorias a espíritus.

La medicina moderna formal ha rechazado los procedimientos informales de curación, argumentando su carencia de base científica. Pese a ello, a nivel popular, es frecuente el tratamiento de las enfermedades menores y accidentes con yuyos auto recetados o consultando a por curanderos.

Hoy la pandemia ha hecho regresar, de golpe, el cuidado de la enfermedad al nivel doméstico. Los que la padecen deben permanecer en sus domicilios. Se ha suspendido la atención hospitalaria de los que sufren otras patologías no urgentes, quienes también deben permanecer en sus domicilios.

La población no está preparada para controlar la evolución de una patología o decidir procedimientos de atención doméstica a un enfermo. La educación formal no se ocupa del cuerpo, no enseña prácticas de vida saludable ni a atender a quienes necesitan cuidados. No sabemos cómo curar una herida, atender a un bebe  con cólicos, cuándo una fiebre es demasiado alta ni bajarla sin medicamentos de farmacia.

Que cada persona sepa acerca de salud y enfermedad es una asignatura pendiente. Las circunstancias de la pandemia hacen esta afirmación obvia. Hemos confiado en que la concentración de la humanidad en ciudades permitía atender la enfermedad en forma concentrada (hospitales, sanatorios, clínicas) y especializada (por médicos profesionales y personal graduado). Estamos cambiando ahora sobre la marcha, desconcentrando sin preparación y poniendo los cuidados en manos usualmente no preparadas.

La ocasión requiere distintos tipos de medidas urgentes y masivas: La primera es repensar los servicios de atención a la enfermedad, incluyendo la preparación de la sociedad para asumir roles activos. En esta etapa de emergencia, los medios y las redes sociales son vehículos aptos para trasmitir a quienes cuidan, los conceptos básicos de salud y de atención adecuada de la enfermedad, coronavirus u otras, cuando es atendida a domicilio.

Es necesario y urgente, además, que la nueva educación formal a crear para la sociedad post pandemia, incluya aprendizajes pragmáticos acerca de cómo gestionar la salud corporal y de cómo brindar a terceros una atención adecuada cuando hay que atender en el hogar una enfermedad simple, un accidente o simplemente procesos vitales previsibles, como el embarazo, el parto, la crianza o la senectud.

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