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Se acabó el discurso, bienvenida la ética

Se acabó el discurso, bienvenida la ética
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Venezuela tendrá este año una inflación de 1134%, y esto querrá decir que un pan que valía 10 bolívares el 1° de enero, el 31 de diciembre acabará costando 113,40. Este proceso de encarecimiento constante no es nuevo. El gobierno de Maduro lo atribuye a una guerra económica planteada por la derecha venezolana. Si fuera así, Maduro debería renunciar sin perder tiempo. No hay papel higiénico, no hay anticonceptivos, no hay insumos médicos en los hospitales que maneja el Estado, ni los va a haber. Esa guerra la está perdiendo por paliza. ¿Por qué Maduro le atribuye todo este zafarrancho a la derecha y al imperialismo si ha manejado el comercio exterior a su antojo, y debió tener suficientes recursos como para comprar lo que necesitase para mantener a la ciudadanía satisfecha.

Venezuela, se ha dicho hasta el cansancio, es el país con las mayores reservas de petróleo del mundo. Cuando el movimiento político creado por Hugo Chávez gana las elecciones el 6 de diciembre de 1998, el precio del barril de petróleo estaba en 9,64 dólares. Desde ese momento comienza una escalada que llega a los 146 dólares el 3 de julio de 2008, cuando revienta la crisis bancaria de Lehman Brothers. La caída se frena en los 38,61 dólares, en setiembre de 2008, reiniciando, al poco tiempo, su subida hasta los 126,65 dólares. Estos precios se mantendrán por encima de los 100 dólares, castigando a la mayor parte de los países que dependen de las importaciones de crudo. La bonanza extrema termina el 19 de junio de 2014, cuando empieza a caer desde los 115 dólares, hasta los 60 dólares, manteniéndose de ahí en adelante, en un promedio de 50 dólares el barril; precio que, por otra parte, no ha hecho quebrar a los demás países productores. Sigue siendo un precio alto, que plantea continuos desafíos tecnológicos a los países dependientes. Para estos países ha traído, como aspecto positivo, el desarrollo de nuevas tecnologías que acaban beneficiando al planeta y a los países que invierten en las energías limpias, como Uruguay. También el gobierno venezolano podía haber invertido en esas tecnologías, con el plus de la inmensa renta petrolera, que algún día comenzaría a retroceder.

Para el discurso de la izquierda ortodoxa parecía sencillo: los ricos se volvían cada vez más ricos, apropiándose de la plusvalía de sus obreros. En este camino, las familias poderosas, dueñas de todo, utilizaban a las fuerzas de ejército y policía, a su servicio, para sofocar cualquier protesta que pudiera desestabilizar el estatus quo. Los explotados se organizaban en sindicatos para arrebatarle a los patrones parcelas de poder, y, por otro lado, la dirección revolucionaria tenía como objetivo preparar la insurrección contra el poder de la oligarquía, que estaba sustentada por el imperialismo, en cualquiera de los escenarios posibles.  El trabajo de Lenin: “El imperialismo, fase superior del capitalismo”, ilustra la endemoniada alianza entre el capital y las oligarquías locales, eje del posterior pensamiento de Vivian Trías, y de la juventud del Partido Socialista tras el triunfo de Fidel Castro sobre Batista. Un largo camino hacia el triunfo del proletariado sobre las oligarquías, para alcanzar, al final, la sociedad sin clases sociales: “El día que el triunfo alcancemos, ni esclavos ni hambrientos habrá, la tierra será el paraíso de toda la humanidad”.

Este Padre Nuestro laico fue cantado, como una oración, por millones y millones de hombres y mujeres a lo largo y ancho del mundo, en Venezuela también, pero todo lo dicho en el párrafo anterior ha sido un rotundo fracaso en manos de minorías que han querido cortar camino, utilizando un discurso cargado de verdades a medias, muchas veces desde un origen burgués, o militar, reduciendo todo a la eficacia del discurso. En América Latina lo hemos vivido infinidad de veces, junto a la invocación patriótica, en el entendido de que la obra de los libertadores está inconclusa. Toda la retórica de comienzos del siglo XIX, impregnada de romanticismo, reaparece una y otra vez, inundando la realidad de países que debieron continuar la obra colectiva de generar bienestar, y de perfeccionar sus mecanismos democráticos, en lugar de remitirnos a caudillos exaltados, buenos actores, que tienen éxito en la medida que apenas consiguen achacar sus malos resultados a un relato de buenos y malos.

Se calcula que el capital producido por PDVSA desde 1998 a la fecha es de 800 mil millones de dólares. Eso no ha servido para hacer de Venezuela un país próspero. El chavismo ha logrado el milagro de fundirla. ¿Cómo se puede fundir a un país si ya era rico antes que Chávez accediera al poder en 1998, con un precio internacional de 9,64 dólares el barril, si luego mantuvo un precio promedio cercano a los 100 dólares? Chávez hizo lo único que sabía hacer: inflarse con las consignas patrióticas que aprendió en los cuarteles, y salir a exportar su revolución, utilizando el petróleo de los venezolanos como caballo de Troya. La izquierda ortodoxa no supo distinguir discurso de realidad, y en la medida que conseguía adhesiones entre quienes siguen soñando con un desenlace violento, a favor de minorías irresponsables, su  presencia en los foros internacionales creció, y contribuyó, en buena medida, a reforzar la imagen de nuestro continente como el continente de la emoción, de lo sublime, mientras seguimos siendo los campeones de la desigualdad social.

¿Dónde fue a parar la enorme renta petrolera con que contó Venezuela desde 1998 al presente?

Con la desaparición del secreto bancario, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo han informado al diputado y presidente de COPEI, Roberto Enríquez del partido de la Democracia Cristiana en Venezuela, que el país no necesita endeudarse vendiendo parte de las acciones que PDVSA tiene en CITGO para pagar la deuda a Rusia, porque existen 350 mil millones de dólares, procedentes de Venezuela, depositados en bancos de Panamá, Luxemburgo, Liberia, Líbano, Bermudas, Malta, Filipinas, Andorra, Islas Caimán, Letonia, Corea del Sur, Belice, y Uruguay. En uno de esos países hay más de 1000 venezolanos menores de 26 años con fortunas de 150 millones de dólares. El diputado Enríquez hizo pública esta información en diarios de Venezuela.

El conflicto entre el Tribunal Supremo de Justicia y la Asamblea Nacional, integrada mayoritariamente por la oposición, mediante voto popular, tiene este trasfondo. El gobierno necesitaba la aprobación de la Asamblea Nacional para transferir el 51% de las acciones venezolanas de CITGO y con eso pagar la deuda rusa, pero la Asamblea le negó la autorización. CITGO es una empresa netamente venezolana, asentada en Houston, Estados Unidos, y cuenta con 6000 estaciones de servicio, 3 refinerías y 48 terminales de almacenamiento y distribución. Un excelente negocio que el feroz imperialismo no ha expropiado, pero si se le meten los rusos en su territorio a través de Venezuela es otro cantar.

A pesar de que muchos sigan buscando el pelo en el huevo, esta ensalada es el Socialismo del Siglo XXI. ¿Socialismo militar? No, gracias.