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Se cumplen 30 años del estreno de dos obras maestras

Se cumplen 30 años del estreno de dos  obras maestras
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Ambas compitieron entre sí para el Oscar a la mejor película extranjera, y aunque inevitablemente una ganó y la otra perdió, las dos se ubicaron entre los mejores títulos del cine europeo de los años 80. Vale la pena no dejarlas caer en el olvido, ya que ambas han sido editadas en DVD y además son fáciles de encontrar en Internet.

 

LA FIESTA DE BABETTE. Ganadora de la estatuilla más codiciada y discutida del cine, La fiesta de Babette nos trasmite la comunión con el otro, la fiesta de estar juntos y disfrutar de una buena cena. Un clásico perdurable que emociona al espectador tocando temas universales como la religión, el placer de comer, la piedad y la caridad. En un pequeño villorrio de la imponente y desolada costa de Jutlandia, en pleno siglo 19, viven dos hermanas, Filippa (Bodil Kjer) y Martina (Birgitte Federspiel) junto a su padre, el rígido pastor luterano de la iglesia local. Después de la muerte de ese anciano ambas hermanas seguirán viviendo en el lugar, intentando mantener viva una pequeña llama religiosa en los corazones de los pocos feligreses de su congregación. A pesar de ello, el espectador adivina secretos en esas mujeres. Ambas dejaron escapar el amor, Filippa por el cantante lírico Jean-Philippe Lafont, y Martina por el militar Jarl Kulle. Empero, jamás han logrado olvidar ni superar la infinita pena de haberlos perdido.

Tras el largo invierno de una vida de rigideces, melancolía y falta de horizontes, un día llega al hogar de esas hermanas la francesa Babette Hersan (Stéphane Audran), que viene escapando del París de la Comuna, donde acaba de perder marido, hijo y trabajo. Esa mujer les pedirá asilo y terminará trabajando para ellas como cocinera y ama de llaves. Quince años después será quien, al celebrarse el centenario del nacimiento del pastor, y tras haber ganado dinero en una lotería parisina, terminará cocinando una cena impresionante, difícil de olvidar para los habitantes de la austera comunidad religiosa. Pero con su gastronómico manjar Babette brindará no sólo un acto de amor supremo a las hermanas, sino que logrará un portentoso milagro: suavizar las asperezas reinantes entre los vecinos, limar los viejos rencores hasta hacerlos desaparecer, y alegrar a ese perdido lugar y sus pobladores, con un gesto de extrema bondad humana.

La fiesta de Babette está basada en un relato de la escritora Karen Blixen (que era Meryl Streep en África mía) y pasados 30 años sigue siendo una pequeña obra maestra. Pequeña porque parte de lo cotidiano, lo sencillo y lo humilde, para internarse de forma natural en los grandes conceptos éticos, morales y espirituales que definen lo mejor del alma humana. Esta película es grande cuando insinúa, cuando usa la metáfora, cuando evidencia sin énfasis el significado de la comparación entre dos mundos antagónicos, el austero de la comunidad y el profano que dejó atrás Babette. La cámara de Gabriel Axel escruta ese micro universo y revela el poder de la religión para unir a la gente, pero también para someterla a equivocadas rigideces y tornarla menos libre. Las dos historias de amor tienen el peso justo gracias a la potencia visual que les otorga Axel, y al final la humildad es la gran triunfadora, porque para el film el verdadero artista, al que no le importa ser rey o sirviente, goza al compartir con sus allegados el resultado de su obra.

Visualmente la película alcanza una rara perfección. El vestuario y las locaciones son ajustadísimos, mientras que los encuadres, la duración de planos y el montaje remiten claramente al Dreyer de Días de ira y La palabra, y al mejor ascetismo de Bresson, dando así el ritmo correcto a la película. Al impaciente público actual, que a todo le pide la rapidez vertiginosa de Hollywood, habría que hacerle entender que es absolutamente necesario el largo fragmento inicial, donde parece que no pasa nada, para que la historia tome cuerpo y más tarde pueda internarse en sus zonas más profundas. Sin esa lentitud inicial y sin los dos importantes flashbacks románticos, la fiesta no tendría la honda dimensión metafísica que exhibe, y el film no sería lo que es: una joya que habla de cómo lo más sencillo puede ayudarnos a ser felices, de cómo deberíamos no tomarnos tan en serio lo sagrado, y cómo tendríamos que revisar ya mismo nuestros prejuicios.

 

ADIÓS A LOS NIÑOS. Nos ubica de entrada en el invierno de 1944, mediante una voz en off que revela la frialdad de una comarca deshonrada por los nazis: “Eran las nueve de la mañana y la clase recién había empezado cuando oímos el ruido de botas en el mosaico del corredor. La puerta se abrió y un individuo vestido de civil entró acompañado de varios soldados. Era un miembro particularmente temible de la Gestapo de Melun, bien conocido por los integrantes de la Resistencia. Mencionó un apellido judío que nosotros no reconocimos: entonces un niño se levantó de su banco. Era mayor que nosotros, muy inteligente, siempre el primero. No sentíamos mucha simpatía por él, vivía bastante apartado”. Ese niño, junto a otros dos del mismo colegio y a uno de los sacerdotes que dio albergue a los judíos, deberá partir con los soldados hacia un destino incierto, que quizá sea Auschwitz, Mauthausen o Buchenwald.

El relato describe la llegada al colegio del niño Raphael Fejto, los iniciales recelos de sus compañeros y la gradual proximidad del protagonista Gaspard Manesse, atraído por la curiosidad y un impulso de amistad. El espectador descubre antes que los personajes que el recién llegado es un judío oculto bajo nombre falso, refugiado en la complicidad de clérigos y profesores, y en una clandestinidad que se deshace recién en las escenas finales. Allí el cineasta francés Louis Malle reitera una lucidez esgrimida anteriormente en títulos tan valiosos como El fuego fatuo, Soplo al corazón y Lacombe, Lucien, inclinándose a retratar la suerte de individuos atrapados por una realidad agresiva, con la cual dibuja con pulso de orfebre un siniestro cerco de hostilidades humanas. Algunos momentos del film son particularmente brillantes, como ése en que alumnos y maestros en el colegio ven la llegada a Nueva York de Carlitos inmigrante de Chaplin, como si fuera una réplica del refugio temporal del niño judío. Y de manera parecida a la que usó Joseph Losey en la notable El otro señor Klein hay también sagaces ojeadas al cinismo generalizado, el de los otros niños pero también el de los adultos, mientras la película desarrolla un cuadro muy bien estudiado acerca de los dobleces de la Francia ocupada.

Porque en Adiós a los niños Malle pone una vez más a Francia delante del espejo. ¿La resistencia existió? Sí, claro. ¿Y fue tan numerosa como el cine y la literatura nos ha hecho creer? Por supuesto que no: ante la ocupación nazi la inmensa mayoría de la sociedad francesa fue pasiva, cuando no directamente colaboracionista. El film analiza eso, y también el papel de la Iglesia Católica durante la conflagración, contraponiendo con sabiduría el rol bochornosamente neutral de la institución eclesiástica y el verdadero espíritu cristiano revelado por algunos sacerdotes, que pusieron en peligro sus vidas para evitar que muchas personas fueran llevadas a los campos de exterminio. Mucho cine se ha encargado de retratar el terror que inspiraba a la gente el nazismo, pero nunca ha quedado tan bien expuesto como en una escena de Adiós a los niños, donde el niño católico pregunta: “¿Tienes miedo?”, y el judío responde: “Todo el tiempo”. Entre levedades, sutilezas y elipsis la historia respira un sofocado y sofocante dramatismo, la mayor virtud de esta verdadera culminación en la carrera de Louis Malle.

Amilcar Nochetti

Tiene 58 años. Ha sido colaborador del suplemento Cultural de El País y que desde 1977 ha estado vinculado de muy diversas formas a Cinemateca Uruguaya. Tiene publicado el libro “Un viaje en celuloide: los andenes de mi memoria” (Ediciones de la Plaza) y en breve va a publicar su segundo libro, “Seis rostros para matar: una historia de James Bond”.