Home Indisciplina Partidaria Ser o no ser por Hoenir Sarthou

Ser o no ser por Hoenir Sarthou

Ser o no ser por Hoenir Sarthou
0

 

Si hay una sensación compartida en el Uruguay es la de que, como sociedad, no vamos bien.

El malestar es compartido, aunque los motivos puedan ser radicalmente opuestos. Así, desde filas del gobierno, se afirma que se ocultan sus logros y que estamos amenazados por la restauración de “la derecha más rancia”, como ha ocurrido en Argentina y en Brasil. En tanto, la oposición liberal suele decir que estamos al borde de una dictadura “marxista- madurista” de estilo caraqueño. Las organizaciones feministas, y en general los discursos de las minorías identitarias, afirman que somos una sociedad heteropatriarcal, homófoba, racista, femicida y discriminadora. En cambio, quienes discrepamos con las políticas de discriminación inversa, que exigen las organizaciones identitarias, sentimos que estamos bajo el autoritarismo de lo políticamente correcto. En lo económico, mientras unos afirman que es imposible crecer sin estimular más la inversión, reduciendo los impuestos, achicando al Estado y moderando los salarios, otros denuncian que la concentración de la riqueza es escandalosa y los daños ambientales incalculables.  La divergencia llega incluso a lo espiritual, plano en el que unos creen estar librando una dura lucha por liberarse de represiones ancestrales y otros sienten que, dada la pérdida de valores, nos enfrentamos a la disolución social y nos acercamos al fin de los tiempos.

La burocracia oficial y cierta casta empresarial, sobre todo la enancada al poder político, están obligadas a transmitir optimismo. Pero ese no es el clima real, ni siquiera entre muchos de los votantes frenteamplistas

Tengo amigos que se autoproclaman “focas”. Han asumido el descalificativo que se destina a los  incondicionales de los gobiernos frenteamplistas y lo usan con orgullo. “Sí, soy foca, ¿y qué?”, dicen. Pero incluso ellos, en el fondo, bien en el fondo, saben que, como sociedad, no vamos bien. El tono desafiante con que dicen “Soy foca” lo revela.

Lo sentimos todos. Sin importar que seamos de izquierda o de derecha, de Peñarol o de Nacional, militantes “de género” o fieles pentecostales, votantes de Tabaré o del “Cuquito”, creyentes o ateos. Porque no es cuestión  en particular de este gobierno, ni del anterior, ni de los que estuvieron antes.

Probablemente las razones por las que nos sentimos mal excedan a cualquier gobierno de turno.

No me refiero a una crisis económica circunstancial. Tampoco, en rigor -aunque alguna conexión haya- a un fenómeno mucho mayor e incontrolable: el declive y la pérdida del papel hegemónico de la civilización occidental (Europa y sus diversas colonias), ejercido sobre el mundo durante tantos siglos.

De lo que hablo es de la creciente sensación de que en el país nos pasan cosas que  no deseamos y que no controlamos: el aumento de la criminalidad y de la violencia en todas sus formas; el quiebre cultural, la impotencia del sistema de enseñanza, ya no sólo para transmitir conocimientos y códigos de convivencia sino incluso para retener a sus alumnos; las ansias de consumo de gente que apenas gana para vivir y sueña con celulares, ropa de marca, autos y vacaciones caras; los procesos económicos globales, que se manifiestan en inversiones no planeadas, básicamente celulosa y soja; los privilegios impositivos y políticos que esas inversiones reclaman y reciben; la imparable contaminación del agua y del ambiente; el deterioro institucional, la corrupción, la legislación que nos llega ya pronta, de sorpresa y sin explicaciones (forestación, zonas francas, bancarización, ley de riego, código del proceso penal); la difusión de ideologías precocidas (emprendedurismo, concepciones identitarias, nuevas agendas de derechos, valor absoluto de las subjetividades); las exigencias impuestas – y a menudo financiadas- por organismos supranacionales (OCDE, Banco Mundial, etc.); el peso cada vez más mayor del “¿qué dirán?” internacional, ejercido por calificadoras de riesgo, protocolos “de buenas prácticas”, tribunales internacionales, y dudosas mediciones globales de “calidad de vida”, “calidad institucional”, “calidad de la educación” y  “calidad de la democracia”, que actúan como oráculos y son tomados a menudo como tales.

Todo puede resumirse en la sensación de que el uruguayo medio no sabe hacia dónde va la sociedad en la que vive, tiene escasas o nulas esperanzas de determinar su rumbo,  y más bien se resigna a acomodar el cuerpo a realidades que sobrevendrán con completa independencia de su voluntad y opinión, si es que acaso las tiene o desearía tenerlas.

Cuando se señala que la realidad nacional está determinada por factores externos, aparecen voces que denuncian “teorías conspirativas”. Afirmar que hay factores de poder que no controlamos es sistemáticamente confundido con relatos sobre oscuras organizaciones de gente encapuchada y obligada por juramentos de sangre y de silencio. El hecho es paradójico por dos razones.

La primera es que la esencia del poder es recortar y determinar las posibilidades de otros. Y para ello no se necesitan organizaciones secretas. Puede y suele hacerse a la vista y paciencia de todo el mundo, convenciendo a los demás de que ese ejercicio del poder es legítimo, correcto y deseable.

Si el verdadero poder es ante todo hegemonía ideológica, y sólo en forma temporal  o secundaria puede depender del uso de medios materiales (dinero, tecnología, recursos naturales, fuerza militar), es muy natural que los dominados se sientan desconcertados, perdidos en un mundo de sucesos y de valores que no controlan y en buena medida no entienden. Es que otros están pensando y decidiendo por ellos. El desconcierto y la angustia son, en realidad, un síntoma de salud. Lo contrario, la aceptación gozosa de la situación, es una muestra de alienación.

La segunda paradoja de la crítica a las teorías conspirativas es que los uruguayos somos hijos de una conspiración. Nuestra independencia fue diseñada por la diplomacia inglesa antes que por un sentimiento patriótico que entonces no existía. También en ese caso los manejos del poder fueron bastante evidentes. Sólo invisibles para quien no quería verlos.

Es probable que otras sociedades se adapten con más facilidad que la uruguaya a la imposición de un modelo económico, cultural y de poder que nos es ajeno. Porque la sociedad uruguaya, por razones aún no totalmente claras, tuvo períodos en que se pensó y se organizó a sí  misma con mayor autonomía que la que tiene actualmente. Por un lado, quizá las “guerras mundiales” (la redistribución del poder mundial producida durante esas guerras) nos dieron un período de recreo en el que pudimos actuar con menos injerencia externa que hoy. Quizá otros factores, cierta inmigración europea, la reforma vareliana, la soprendente obra política e institucional del batllismo, e incluso la resistencia ante poderes extranjeros, encarnada por voces nacionalistas como la de Luis Alberto de Herrera, expliquen algunas particularidades del Uruguay, como su relativamente general aceptación de la democracia representativa y su persistente confianza y defensa de las empresas públicas estatales. Al menos en lo formal, la idea de un Estado republicano autónomo, aunque no despierte entusiasmos, tiene todavía entre nosotros una vigencia sorprendente, pese a la incesante erosión a que la somete la realidad.

Tal como están las cosas, la pregunta es: ¿existe algún marco de autonomía que justifique seguir apostando a la autodeterminación democrática del Estado uruguayo, o se debe asumir sin más que nuestra sociedad se delineará según los intereses económicos y las tendencias culturales globales?

De la respuesta a esa pregunta dependen muchas cosas. Para empezar, el tipo de formación que debería impartir nuestro sistema de enseñanza, porque no es lo mismo educar ciudadanos que formatear habitantes suburbanos de un sistema global. Para continuar, la clase de dirigencias políticas que deberíamos elegir, porque no es lo mismo elegir dirigentes para liderar procesos de costosa autonomía que elegirlos para “capatacear” proyectos de inversión ajenos. Y, para terminar, la estrategia vital de cada uno de nosotros, porque es muy distinto concebirse a uno mismo como miembro de una pequeña comunidad, con cultura y proyectos propios, que asumirse como cliente de un mercado y un sistema de pensamiento global.

En lo personal, creo que ni la más cerrada prisión puede del todo con la libertad,  individual o colectiva, mientras uno tenga claro quién es y quién querría ser. Siempre hay márgenes de autodeterminación en tanto se conserve la identidad y se desarrolle el valor de pensar con cabeza propia. El resto es lucha, inteligencia y estrategia.