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Siberias de antes y de ahora

Siberias de antes y de ahora
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La primera imagen que a uno se le cruza cuando escucha hablar de la tundra es la de un paisaje blanco y desértico, donde la lucha por sobrevivir es permanente. La taiga resulta ser un lugar próximo a la tundra, algo más amable pero igualmente inhóspito para los parámetros de la vida humana “civilizada”. Un ejemplo de zona geográfica que está compuesta por regiones de tundra y de taiga es la Siberia, un lugar también asociado a los trabajos forzados y el aislamiento de rebeldes políticos u otro tipo de presos en la Rusia zarista y en la URSS de Stalin.

La “penillanura levemente ondulada” que caracteriza nuestra geografía tiene poco que ver con la tundra, pero sí hubo -y sigue habiendo- lugares destinados a aislar personas y mantenerlas alejadas de la sociedad. Uno de esos sitios particularmente crueles estaba en la Isla de Flores, en donde funcionaba un hospital que mantenía en cuarentena a infectados por alguna enfermedad muy contagiosa, pero también a inmigrantes famélicos que llegaban en barcos abarrotados. En definitiva una cárcel, un hospital, un lazareto, un lugar para depositar y aislar “inadaptados” o “apestados”, ese es el escenario de La tundra y la taiga, el último espectáculo de Sofía Etcheverry.

En realidad la obra sitúa en nuestro presente a un grupo de “investigadores” en un espacio semicerrado ubicado en la Isla de Flores. La intención es indagar sobre una historia familiar desarrollada durante una epidemia de fiebre amarilla. En la Isla de Flores estuvieron recluidos muchos enfermos y ese es el material primario de investigación. El trabajo de recuperar y resignificar algunos restos de sentido de aquellas historias parece ocupar no solo intelectualmente a los personajes, sino que el propio cuerpo forma parte de la investigación. En ese sentido las alusiones a la memoria no solo psíquica sino biológica o genética que puede quedar en los cuerpos y en el espacio parece intersectarse con algunas prácticas con un estatuto científico poco claro (biodecodificación o similares). La tensión ante un integrante del equipo que se fuga hacia otro espacio parece, por momentos, vincularse a ese temor a la infección desbocada que debería estar presente en estos espacios.

En el contraste entre prácticas similares en épocas distintas parece haber un cuestionamiento de los discursos con estatuto de “científicos”. La práctica de Etcheverry tiene mucho de “arqueológico” en el sentido foucaultiano. De investigar en los significados de algunos encierros en otra época y contrastarlos con los de esta por ejemplo. Lo que era ciencia en una época y lo que entendemos por ciencia ahora pueden ser contrastados y ahí cada espectador sacará sus conclusiones.

En lo personal nos llamó mucho la atención la lógica casi de reality show que tiene el espacio en que están los personajes. Investigando un lugar en que se encerraban personas y eran monitoreadas, ellos mismos están encerrados y son monitoreados permanentemente. Claro, ese monitoreo puede ser similar al que vivimos todos hoy día, entre cámaras de seguridad, marcación de horarios de entrada y salida y GPS. Otro aspecto relevante son los roles de género, cómo son expuestos a partir de la propia ubicación de los cuerpos, con el único varón echado todo el tiempo, cual zángano, mientras las mujeres son las que desarrollan la mayor parte de las acciones.

Hay un gran trabajo físico del elenco, con escenas coreografiadas y un vínculo con la música, ejecutada en vivo por un DJ, que es parte sustantiva del espectáculo. El juego escénico se conjuga para poner en dificultades al espectador, que no deja de prestar atención a lo que sucede en el escenario, pero que no recibe señales precisas sobre como decodificar lo que percibe. Brindar puntas de una reflexión en forma escénica pero sin guiar el sentido de lo que expone de forma lineal es una característica de Sofía Etcheverry que vuelve a estar presente, quizá llevada al extremo, en La tundra y la taiga. Estimulante espectáculo.

 

La tundra y la taiga. Dramaturgia y dirección: Sofía Etcheverry. Elenco: Leonor Chavarría, Micaela Gatti, Lucía Persichetti, Franco Pisano, Alejandra García y Gerónimo Pizzanelli.

 

Funciones: martes, miércoles y jueves a las 21:30 (5 de abril última función). Sala Zavala Muniz del Teatro Solís.

Leonardo Flamia Periodista, ejerce la crítica teatral en el semanario Voces y la docencia en educación media. Cursa Economía y Filosofía en la UDELAR y Matemáticas en el IPA. Ha realizado cursos y talleres de crítica cinematográfica y teatral con Manuel Martínez Carril, Miguel Lagorio, Guillermo Zapiola, Javier Porta Fouz y Jorge Dubatti. También ha participado en seminarios y conferencias sobre teatro, música y artes visuales coordinados por gente como Hans-Thies Lehmann, Coriún Aharonián, Gabriel Peluffo, Luis Ferreira y Lucía Pittaluga. Entre 1998 y 2005 forma parte del colectivo que gestiona la radio comunitaria Alternativa FM y es colaborador del suplemento Puro Rock del diario La República y de la revista Bonus Track. Entre 2006 y 2010 se desempeña como editor de la revista Guía del Ocio. Desde el 2010 hasta la actualidad es colaborador del semanario Voces. En 2016 y 2017 ha dado participado dando charlas sobre crítica teatral y dramaturgia uruguaya contemporánea en la Especialización en Historia del Arte y Patrimonio realizado en el Instituto Universitario CLAEH.