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Sueño de una tarde de verano

Sueño de una tarde de verano
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Se asoma por la ventana de su casa.

Reconquista intersección la mar.

A poca distancia de allí, rumbo al próximo puerto feliz de este verano, navega un crucero.

Con el estío llegó la temporada de estas pacíficas bestias migratorias (en algún sitio ha leído que pasan el resto del año allende el océano y cuando el fiero invierno del Norte las espanta, ponen proa al Sur), ballenas en cuyo estómago llegan miles de turistas, cada uno un Jonás ansioso por desembarcar en la pequeña Nínive del estuario del Plata, la misteriosa y bella Montevideo.

La perspectiva engaña. La postal en movimiento despierta su fantasía. El portentoso hotel flotante, viajero arrecife de marfil, surca la superficie del “vasto cristal azogado” que hoy también “refleja la lámina de un cielo de zinc”. La punta de la escollera se estira hacia la panza del aquel cálido témpano de varias cubiertas, cual si, espada de rocas, amenazara con desgarrársela de una estocada.

Los autos que transitan por la rambla pasan tan cerca de la nao que parecen a punto de chocarla. ¿Y si un buen día a uno de estos blancos cetáceos le diese por colisionar con ellos? (¡El capitán se distrajo brindando con champán, engatusando a una pasajera, tirando una canita al aire, como aquel libertino italiano!); recibiese una herida mortal bajo la línea de flotación, escorase, tocase fondo y allí quedase: una nívea montaña de metal a pocos pasos de la costa, un pálido Graf Spee sin humo de explosiones autodestructivas ni cañones derrotados apuntando a ninguna parte ni águila imperial yéndose a pique.

En eso, la embarcación termina de cruzar, veloz, la bocacalle y, en un postrer acto de encantamiento, alba y afilada espina, se clava gradualmente en el edificio de apartamentos de la esquina hasta desaparecer.

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