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Talentosa e inusual película danesa de suspenso

Talentosa e inusual película danesa de suspenso
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La culpa (Den Skyldige) Dinamarca 2018. Dirección: Gustav Möller. Libreto: el mismo con Emil Nygaard Albertsen. Fotografía: Jasper Spanning. Música: Carl Coleman y Caspar Hesselager. Con: Jakob Cedergren. Estreno: 13.06.2019. Calificación: Muy buena.

La manera más tradicional de iniciar esta crítica sería decir que estamos ante un thriller acerca de la insignificante rutina de un policía muy amargado, que en castigo por algo que no sabemos ha sido confinado al puesto de tele operador de un 911 danés. Esa tarea se altera en forma radical cuando recibe una llamada de auxilio de una mujer que acaba de ser secuestrada. Nada de todo eso distinguiría entonces a La culpa de tanto telefilm dominguero, o de la fallida 911: llamada mortal con Halle Berry. Empero, el director debutante Gustav Möller logra que el espectador viva en la sala una experiencia que rompe con el canon habitual de la película como una forma de entretenimiento cerrado en sí mismo, donde la platea se mantiene pasiva observando lo que la pantalla le ofrece. En La culpa en cambio todo se desvanece, en pos de algo que casi nunca antes ha sido explorado: una historia que se construye en forma compartida con el espectador. Möller no sólo cuenta una anécdota en su film, sino que nos presenta un modo de contarla y vivirla tan arriesgado como talentoso.

El camino que recorre La culpa es el de un minimalismo total pero lleno de contenidos, a diferencia de tanto ejemplo “culto” que confunde aquel término con “vacío”. Todo ocurre en un único espacio físico: el cubículo donde un ex policía de acción ha sido confinado para recibir continuas llamadas de rescate y procurar ayuda a las víctimas. Todo lo que veremos a lo largo de la película será a ese personaje, castigado por algo de lo cual el film nos irá enterando por cuentagotas, ya que al día siguiente deberá asistir a un juicio, se siente incómodo y nervioso aunque por fuera luce inmutable, mientras su malestar aumenta ante la llamada de un periodista cargoso que quiere entrevistarlo. Con todo eso queda claro que lo que le ocurrió (y aún no sabemos) debe ser grave. Pero entre su desasosiego y la rutinaria labor que lleva a cabo a desgano se cuela, como ya se dijo, la llamada de una mujer secuestrada, y es entonces allí que el personaje se plantea a sí mismo -y la película al espectador- dos preguntas: 1) ¿hasta dónde se le permite llegar para poder ayudarla? y 2) ¿las normativas legales de su labor se ubican por encima de la vida de una persona? Porque a esas alturas el castigado policía se enfrenta a un caso donde puede poner en práctica sus antiguos atributos de hombre de acción…

El mayor gancho del film es que a partir de entonces el espectador deberá adivinar qué sucedió detrás de esa llamada, y qué se podrá hacer para salvar la vida de la mujer raptada. Y si a nivel estrictamente cinematográfico La culpa puede parecer sencilla, en realidad encierra una sensacional pericia técnica, reveladora de un montaje en constante dinamismo, un libreto de ritmo vibrante, una consustanciación modélica entre la escasa luminosidad de la fotografía y el estado de ánimo del protagonista, y un estupendo diseño de sonido, con silencios ominosos que mantienen el suspenso a lo largo de todo el film. Con esas armas La culpa logra que, sin salir de una habitación, podamos “ver” dentro de nuestra cabeza una casa húmeda que esconde una sorpresa bestial, el maletero de una furgoneta blanca que huye por una carretera, un puente muy alto, y muchas otras imágenes inquietantes. Es decir: el espectador deja de ser un voyeur confortablemente instalado en la butaca, y se ve implicado directamente en la historia.

Con esos elementos el film se termina transformando en una múltiple trampa. Para el protagonista, porque esa desesperada llamada transforma la imagen que se ha hecho de sí mismo (la del guardián del orden y protector de las víctimas) y lo hace recapacitar sobre lo que en verdad es: un hombre castigado que se debate con sus propias miserias. Para el director, la trampa consiste en verse en la obligación de exponer los efectos del anecdotario antes que el público los adivine. Y para el propio espectador, la encerrona quizás sea la de hacernos juzgar a una persona, sin antes advertir que puede haber más de un culpable en cualquier historia, incluida ésta. Precisamente a esas alturas, cuando las inocencias y las culpas pueden no ser lo que parecen a primera vista, es que la trama nos enfrenta con nuestros propios esquemas morales, y lo hace por doble vía. Una es muy visible, porque al fin y al cabo todo el mundo tiene un muerto en el ropero. La otra en cambio es mucho más elusiva e inteligente, y tiene que ver en cómo la violencia doméstica, con sus consecuencias y peligros, puede tener una doble faz, al presentarse de una forma y luego, dándola vuelta, hacernos plantear nuevas preguntas sobre los verdaderos alcances de las relaciones interpersonales.

Frente a todo esto, lo que más vale la pena resaltar de La culpa es que, con cada vuelta de tuerca, con cada nueva posibilidad de interpretar los hechos, el director y colibretista Möller pone nuevos temas sobre la mesa, sin que ninguno desafine. Son asuntos que arrancan desde el título (la culpa, o el culpable) y derivan hacia el remordimiento, la búsqueda de salvación, los verdaderos alcances del castigo y la expiación de nuestros pecados. Lo más imborrable y valioso de todo es que resulta impresionante ver cómo Möller logra eso mientras lo único que podemos ver a lo largo de 85 minutos es a un ser humano descolgando y colgando un teléfono. Hay que verlo para creerlo.

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