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Teletrabajo, modelo disociador por Ruben Montedonico

Teletrabajo, modelo disociador por Ruben Montedonico
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El trabajo a distancia es una realidad en expansión acerca de la que no hay duda. La sorpresiva pandemia aceleró la adopción del teletrabajo y se dice que 20% de los empleados en países del capitalismo central lo hacen desde sus casas. El nuevo y paradigmático modelo entraña mínimas ventajas y grandes inconvenientes.

Acerca de las ventajas, destaca el acortamiento de las idas y vueltas del hogar al trabajo y un significativo ahorro de combustibles en servicios de transporte. La implementación de las ocasionales y temporales reducciones -forzadas por las circunstancias- de la circulación y de las reuniones (consideradas aglomeraciones sanitarias peligrosas) resultó en un gran beneficio para sectores de empresarios que redujeron nóminas, fomentaron y adoptaron el teletrabajo, obteniendo mayores ganancias sin arriesgar capital, que a algunos alcanzó hasta para presentarse como protectores sociales.

Sostener niveles de producción, gastar poco, favorecer a sectores empresariales y mantener buenas cifras macroeconómicas -allí donde llegaba la consideración de las calificadoras- pasó a ser el desvelo de muchos gobernantes.

Lo negativo está indicado por la insurgencia de la cuestión laboral en la vida privada y familiar y el distanciamiento del asalariado de los compañeros reunidos para la actividad común. Como ya está sucediendo al ser el domicilio el ámbito de trabajo y la computadora la herramienta, el trabajador debe estar dispuesto siempre para cumplir las órdenes. El comienzo y el fin de la jornada laboral se desdibujan y los mandantes encargan acciones en cualquier momento sin distinción del día de la semana: la precariedad del vínculo laboral hace imposible toda negativa del trabajador.

Ante la inexistencia de un ámbito laboral, el teletrabajo es un avance en la atomización de gran parte de la clase trabajadora, haciendo prácticamente imposible todo tipo de organización, socialización o reclamo de otra naturaleza. Entre los trabajadores el Covid generó una crisis económica y social sin precedentes, que afecta a todas las esferas de las relaciones sociales, entre ellas las laborales. Los recortes abruptos en la vida cotidiana se los tiene en cuenta en los ejercicios de reflexión sociológica siendo ya un objeto de estudio en cuanto modifican prácticas ordinarias que van desde el comportamiento en el trabajo, a los hábitos alimenticios y reduce, alterándolos, tiempos del descanso.

En algún momento, aunque sea mediante imposición por decreto, la actual situación sanitaria habrá de terminar o sólo subsistirá en contados extractos y casos. Será cuando, aprovechando el “ensayo general” practicado, tratarán de extender las “bondades” del teletrabajo, algo de lo cual adelanté cuando escribí sobre “El capitalismo y los beneficios de la pandemia” y en “Robótica vs. trabajadores”. Resulta oportuno, entonces, recordar al filósofo italiano Franco Berardi –Bifo-, refiriéndose a los trabajadores de tiempo parcial, sin horario, a los que llama «precarios»: el vocablo alude al tipo que no puede definirse mediante reglas respecto a salario y duración de la jornada. “El capital no recluta gente, más bien compra paquetes de tiempo, separados por sus intercambiables y ocasionales sueldos. El tiempo de trabajo se divide, se reduce a mínimos fragmentos que pueden ser acoplados y esta compactación hace posible que el capital cree constantemente condiciones de salario mínimo”.  De los efectos colaterales de la pandemia, el principal ha resultado la puesta en marcha -con intención masiva de futuro- del teletrabajo y una palabra va de boca en boca de los asalariados, los gremios y las centrales: precariedad. En conjunto con los empleadores -públicos o privados- se afirma que la modalidad llegó para quedarse (algo así como el coronavirus).

Es mi opinión que, en general, la institucionalización (por ley, práctica o costumbre) del teletrabajo es una herramienta al servicio de la precarización y la flexibilización laboral. En España la derecha dice: “Con el avance de la tecnología, los ‘colaboradores’ (eufemismo con el que las grandes patronales intentan desdibujar la relación laboral) tienen un rol más activo” redondeando la estupidez con “toman la responsabilidad de autoliderarse en remoto”.

Enfrentar fenómenos que venían de tiempos atrás es la tarea más urgente en lo sindical. Las nuevas estrategias que toman fuerza en la contemporaneidad tienen al teletrabajo como el uno de sus ejes centrales. Teniendo en cuenta los beneficios de esta organización, se necesitan políticas públicas para evitar la precarización de las condiciones laborales, desde un enfoque multidisciplinario en pos de la garantía de los derechos de los trabajadores y sus familias. Asimismo, deberán participar en aquellos temas donde están en juego los derechos de la gente.

Una vez más las centrales sindicales, deben adoptar posiciones combativas y organizarse para que el teletrabajo tenga límites ante las embestidas patronales. No es aceptable por el movimiento obrero que se institucionalice esta herramienta y con ella la precarización laboral: en defensa de sus conquistas históricas, entre las cuales se encuentran los convenios colectivos, no deben admitir que los salarios sean acordados unilateralmente por dueños del capital o el gobierno. Las federaciones deberán cuidar que estas formas se den acordes con el avance científico y la adopción de adecuadas tecnologías de la información y el conocimiento.

Pero en este y en todo momento, de lo que se trata es que deben impedir formas de precarización, pérdida o cualquier amenaza contra los derechos laborales, salud, seguridad social y -por supuesto- la certeza de una jubilación digna. Los agrupamientos reivindicativos deberán exigir la construcción de formas organizativas de la producción que garanticen el acceso a derechos laborales esenciales y a un conjunto de mecanismos de verificación del cumplimiento de los mismos. El engranaje deberá tener un carácter vinculante y penalizarse su incumplimiento.

 

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