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¿Tus sueños te darán lo que la vida no te da?

¿Tus sueños te darán lo que la vida no te da?
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“Al amanecer en la granja del primo Milton habrá que ordeñar las vacas y darle de comer a las gallinas y a los cerdos. Ese será el trabajo de uno, darle de comer a las bestias. El primo Milton se encargará de la cosecha. Habrá papas, boniatos, zanahorias, espinacas, nabos y repollitos de Bruselas. Las verduras en la granja del primo Milton serán de primera calidad, y las carnes mucho mejores que las carnes que se faenan para el Frigorífico Anglo del Uruguay”.

El párrafo anterior es parte del monólogo inicial, casi infantil, de León Cordero, uno de los dos protagonistas de El polvo en el vendaval, espectáculo dirigido por Marcel Sawchik sobre texto de Carlos Diviesti. Es clave, porque muestra cual es el horizonte que motiva a León y a su primo Milton Zavarce, tener una granja en donde trabajar cosechando y criando animales. Esto nos habla de la sencillez de los personajes, que se complementa con la siguiente afirmación de León: “Toda la producción se destinará a abastecer el restaurante del Palacio Salvo, sitio donde jamás irán el primo Milton y uno, porque dice el primo Milton que en el restaurante del Palacio Salvo uno no podrá comer con las dos manos y mucho menos limpiarse los dedos en el respaldo de terciopelo rojo de las sillas”. La sencillez mezclada con cierta rudeza “bárbara” es constituyente de estas dos criaturas que encarnan Horacio Camandulle y Pablo Isasmendi. Pero más allá del horizonte de sueños que emana de la mente de León, los dos primos viven sumergidos en un presente hostil, trabajando ellos como bestias de carga en la construcción de la Rambla Sur de Montevideo, a comienzos de la década del 30 del siglo XX.

La tensión entre el presente de miseria sostenido en un futuro que se imagina distinto es una de las claves, porque esa granja imaginaria parece ser de las pocas cosas que dan sentido a seguir viviendo en las condiciones en que lo hacen, como afirma Milton: “Sin fuego en la chimenea. Sin cama donde echar los huesos (…) Sacarse la memoria de la cabeza, eso quisiera uno. Sacarse los deseos del cerebro. Matarse también quisiera, pero no tiene sentido, hay un mañana, siempre hay un mañana, dentro de un rato será mañana, pero estaremos igual de desesperados, compadre, igual que un gurisito al que arrancan de la teta”.

El contraste entre Milton y León refleja ciertas contradicciones que constituyen la obra. Los sueños más transparentes contrastan con la consciencia de la imposibilidad de ir más allá de la realidad material que los aplasta y que apenas les permite sobrevivir. Y este contraste, que también se percibe en el lenguaje que trasluce cierto retraso de León, a quien Milton ha prometido cuidar, se manifiesta de forma explícita también en las enormes diferencias físicas de los actores. La corpulencia de Camandulle le pone el cuerpo al carácter ingenuo e infantil de León, que contrasta con el físico más pequeño de Pablo Isasmendi, quien se encarga de crear al personaje más lúcido, más consciente también de la imposibilidad de escapar a un destino que parece condenarlos.

No usamos la palabra destino inconscientemente, parece haber algo casi metafísico en la propuesta de la obra de Diviesti. Si bien los personajes son protagonistas de una época de  grandes obras de Montevideo (el Palacio legislativo se inauguró en 1925, el estadio Centenario en 1930 y la Rambla Sur se terminó en 1935), estas “megaobras” son asociadas a nombres de arquitectos, ingenieros o políticos involucrados en el proyecto, nunca se menciona a los miles de obreros que trabajaron y levantaron esas estructuras. Como León y Milton, en general los obreros son tratados como partículas de polvo de la historia dominada por grandes nombres. La única posibilidad de esas partículas de polvo de trascender ese orden es en forma colectiva, pero aislados como aparecen en El polvo en el vendaval su suerte parece estar echada.

Otro contraste muy marcado en la obra es el de campo-ciudad. Milton y León parecen criaturas rurales, de ese ambiente vienen y con ese ambiente sueñan, el hecho de que tengan que sobrevivir como obreros no calificados, comiendo lo que encuentran, durmiendo donde pueden señala el camino de muchos pobladores rurales que han ido migrando hacia las ciudades construyendo los pueblos de ratas, cantegriles o asentamientos, según las épocas.

Pero volviendo atrás, las contradicciones sociales que atraviesan estas criaturas aparecen como aplastándolas, con un carácter poético metafísico que seguramente tenga que ver con una decisión estética. Al final los sueños que sostienen a los protagonistas, sueños que mantiene vivos León en primer lugar, serán definitivamente segados, quitando “deseos del cerebro, la memoria de la cabeza”.

El espectáculo se sostiene en las actuaciones de Camandulle e Isasmendi, y el contraste de sus cuerpos, marcados por el cansancio físico, es clave. Diviesti ha señalado que siempre quiso  que ambos actores encarnaran una versión de “De ratones y hombres”, novela de John Steinbeck que fue punto de partida para El polvo en el vendaval. Por otro lado, Sawchik, que ya había trabajado con ellos, decidió que los actores corrieran hasta agotarse antes de empezar con la “historia”, lo que coloca los cuerpos de los actores en una situación mucho más próxima a la “verdad” de los personajes que abordan.

Las actuaciones se complementan como el contraste físico lo sugiere, pero Camandulle en particular hace un gran trabajo construyendo a un León Cordero ingenuo, simple, que encarna una “fuerza bruta” ciega, sin dirección, que como su nombre lo indica puede ser macabra o dócil sin que haya un móvil ético que esté detrás de sus acciones.

El polvo en el vendaval. Autor: Carlos Diviesti. Dirección: Marcel Sawchik. Elenco: Horacio Camandulle y Pablo Isasmendi.

Funciones: Funciones: jueves y viernes 21:00 horas. Teatro Victoria (Río Negro 1477).

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Leonardo Flamia Periodista, ejerce la crítica teatral en el semanario Voces y la docencia en educación media. Cursa Economía y Filosofía en la UDELAR y Matemáticas en el IPA. Ha realizado cursos y talleres de crítica cinematográfica y teatral con Manuel Martínez Carril, Miguel Lagorio, Guillermo Zapiola, Javier Porta Fouz y Jorge Dubatti. También ha participado en seminarios y conferencias sobre teatro, música y artes visuales coordinados por gente como Hans-Thies Lehmann, Coriún Aharonián, Gabriel Peluffo, Luis Ferreira y Lucía Pittaluga. Entre 1998 y 2005 forma parte del colectivo que gestiona la radio comunitaria Alternativa FM y es colaborador del suplemento Puro Rock del diario La República y de la revista Bonus Track. Entre 2006 y 2010 se desempeña como editor de la revista Guía del Ocio. Desde el 2010 hasta la actualidad es colaborador del semanario Voces. En 2016 y 2017 ha dado participado dando charlas sobre crítica teatral y dramaturgia uruguaya contemporánea en la Especialización en Historia del Arte y Patrimonio realizado en el Instituto Universitario CLAEH.