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Un año de La cretina

Un año de La cretina
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El sábado 16 de noviembre La cretina (Soriano 1236) cumplió su primer aniversario. Con esa excusa Voces conversó con el actor y escritor Federico Guerra, uno de los responsables de un espacio en que música, artes visuales y teatro se juntan a tomar una.

Cretina (o cretino), según el diccionario de la Real Academia Española, es una palabra que viene del francés crétin y, o bien refiere a padecer “cretinismo” (enfermedad en que se manifiesta cierta incapacidad intelectual), o bien se utiliza como sinónimo de estúpido o necio. Cuando Snorkel, la obra escrita por Federico Guerra que realizó cinco temporadas en El Galpón, empezó su camino, parte del elenco que no integraba institucionalmente el teatro se empezó a autodenominar “grupo cretino” o “los cretinos”, en una actitud bastante punk que podría caracterizar a la propia obra. De allí surgieron los nombres tanto del espectáculo Cretinos solemnes, estrenado también en El Galpón, como del espacio cultural La cretina, que acaba de cumplir un año.

Y La cretina, al decir del propio Guerra, es un espacio hijo de la necesidad artística pero también de  la desgracia, o de una suma de desgracias. Hijo de la necesidad de tener un espacio que combinara sala teatral y musical con un bar en que se pudiera “tomar una” mientras sucedían algunas escenas teatrales-roqueras. Pero también hijo de la suma de desgracias como el choque de Federico, que además de dejar alguna secuela física significó una indemnización económica, y el despido de Fernando Amaral (otro de los cretinos de Snorkel) de su trabajo de doce años, que también implicó la posibilidad de sumar un capital. Hasta el cocinero, un viejo amigo de Guerra del barrio Sayago, sumó su desgracia, al ser despedido del pub donde trabajaba justo cuando estaba por ser padre. Así que se unieron fuerzas, que también incluyeron préstamos de dinero de la pareja de Guerra y ayuda de amigos y conocidos para facilitar trámites o para limpiar y dejar en condiciones el local. El espacio físico, encontrado casualmente, sumó también a dar la impronta al nuevo espacio cultural. “Haber encontrado este lugar con un patio abierto y dos árboles en el fondo, con las arcadas, era más de lo que habíamos imaginado”, comenta Guerra, “Porque además acá no es el Parque Rodó que uno está más acostumbrado al verde, esta es una calle muy gris, Soriano, el centro y tener este lugar… Por eso también le pusimos esto, un poco tonto pero que nos gusta, de Casa de Arte y Aparte, por apartarse estando en la ciudad, está muy bueno, la casa vale mucho por sí misma, nos ayuda mucho”.

Respecto a la programación artística el actor y escritor cuenta que la música fue ganando un protagonismo que no estaba pensado a priori. “Cuando abrimos pensábamos en cosas chicas, acústicas, pero después empezaron a pedir las bandas para tocar, y tenemos mucha demanda de grupos de rock, que no era el rubro que pensábamos iba a ser el nuestro. La casa se caracterizó por tener muchas propuestas, exposiciones y espectáculos teatrales en general, pero con respecto a la sala puntual, ha tenido más demanda la música”.

De todas formas tuvieron algunas obras importantes, en particular Luz Negra (de Fernanda Muslera con dirección de Christian Zagia) tuvo mucho éxito.

Si, hubo un montón de cosas de teatro. Tuvimos un ciclo de monólogos ni bien abrimos al que le fue muy bien. Sin dudas Luz negra, que fue una obra que estrenó acá, se ensayó acá, además de que actúa Amaral, tuvo una cosa casi de apropiación de la casa. Le fue muy bien. Entonces sí, esa fue una cosa muy grata. Y estuvo (Alberto) Restuccia, ahora viene una obra argentina (Reel, de Emiliano Formia). Pero es verdad que no tenemos las condiciones óptimas para que se desarrolle un espectáculo teatral que requiera silencio. Hasta que no tengamos un buen aislamiento el sueño que nosotros tenemos, que es que puedan convivir perfectamente ambos mundos, todavía es difícil. Pero estamos apostando a eso.

También se ha convertido en un lugar para hacer fiestas, celebraciones.

También, nosotros la política que tenemos es que las fiestas sean, por ejemplo, de grupos que tienen que juntar fondos para algo y nosotros les damos el cien por ciento de lo que se recauda por entradas. Acá no nos gusta cobrar entrada, lo hacemos sólo en estos caso de estar apoyando algo. Ha venido gente a ofrecer hacer fiestas con un afán recaudatorio únicamente y dijimos que no, aunque económicamente nos servía. No me quiero meter en ese mambo porque cambia totalmente la génesis. Tenemos la suerte de tener este lugar y la tenemos también gracias a toda la movida de la gente que está en esto y nos elige como lugar de encuentro. Para mi el arte y el boliche tienen mucho que ver.

Cómo viene tu relación con la dramaturgia

Me encanta escribir, pero no me considero dramaturgo, empecé a escribir teatro por necesidad. Me sentía cómodo actuando, siento que lo puedo hacer, como siento que no puedo cantar, algo que me hubiera encantado, como no puedo tocar un instrumento. Con la actuación sentí que me puedo expresar, pero a la vez no me satisfacían las obras, y eso me llevó a empezar a escribir sobre cosas actuales, sobre cosas que le pasaban a amigos, Y ahí nació Snorkel, me cuesta mucho tener constancia y por eso Odio oírlos comer vino cinco años después. Después vino Cretinos solemnes, que no era una obra, era una vagancia de cosas sueltas, y después escribí otra, Vinagre, que me pidieron para publicar en una revista de México, una obra que nunca quise estrenar porque me parecía que no era muy buena para que sea la primera a estrenar acá. Y ahora estoy escribiendo otra que quiero que tenga ese espíritu de cómo yo veo la sociedad, siempre con esa cosa que me gusta de incomodar. Incomodar a algunos y a otros no tanto. A mí me gusta esa frase que dice: “El arte debe perturbar al cómodo y confortar al perturbado”. Lo que no puede es pasar desapercibido. Ojo, no quiero que suene que soy pretencioso con lo que quiero trasmitir, no, sino que simplemente me gusta llegar a una escritura en que sienta que estoy diciendo algo, que capaz a los demás no les parece que aporte nada, pero que a mí si me deje tranquilo en ese sentido. Esta obra en que estoy es muy antiteatral, creo que la obra pase por las tres arcadas, quiero usar espejos, proyecciones, y la estoy pensando en viñetas, con músicos. Muy performático digamos. Me cuesta mucho entrelazar y que termine teniendo un desarrollo coherente. La vida no es así, así que me voy a tirar a esa cosa más desestructurada sin miedo, ir más a sensaciones, la vida es así, no es una historia lineal.

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Leonardo Flamia Periodista, ejerce la crítica teatral en el semanario Voces y la docencia en educación media. Cursa Economía y Filosofía en la UDELAR y Matemáticas en el IPA. Ha realizado cursos y talleres de crítica cinematográfica y teatral con Manuel Martínez Carril, Miguel Lagorio, Guillermo Zapiola, Javier Porta Fouz y Jorge Dubatti. También ha participado en seminarios y conferencias sobre teatro, música y artes visuales coordinados por gente como Hans-Thies Lehmann, Coriún Aharonián, Gabriel Peluffo, Luis Ferreira y Lucía Pittaluga. Entre 1998 y 2005 forma parte del colectivo que gestiona la radio comunitaria Alternativa FM y es colaborador del suplemento Puro Rock del diario La República y de la revista Bonus Track. Entre 2006 y 2010 se desempeña como editor de la revista Guía del Ocio. Desde el 2010 hasta la actualidad es colaborador del semanario Voces. En 2016 y 2017 ha dado participado dando charlas sobre crítica teatral y dramaturgia uruguaya contemporánea en la Especialización en Historia del Arte y Patrimonio realizado en el Instituto Universitario CLAEH.