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Un país de viejos solitarios por Hoenir Sarthou

Un país de viejos solitarios por Hoenir Sarthou
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Anoche, cenando con alguien joven a quien quiero mucho, me contaba sus planes y los de su pareja. No tienen definido todavía el lugar, porque sus respectivas carreras tienen “Mecas” distintas, pero dan por sentado que deberán irse del País, temporal o definitivamente.

Me puse a pensar en cuántos jóvenes que conozco tienen planes similares.  Becas, postgrados, ilusiones, oportunidades de trabajo, romances, espíritu de aventura, a veces la simple convicción de que el Uruguay tiene poco que ofrecerles, confluyen para que muchos jóvenes, de clase media y con formación universitaria, tracen su plan de vida mirando otros horizontes.

No es que el País vaya a quedar despoblado. Tres cuartas partes de nuestros muchachos no terminan secundaria. De modo que la tentación o la necesidad del exilio “académico” o “de trabajo calificado” se concentra en un relativamente pequeño sector . ¡Pero qué sector! Justamente los que han recibido educación terciaria, y, dentro de ellos, especialmente, los que tienen formación científica o artística y los que han cursado algunas de las muchas nuevas carreras ligadas a la tecnología.

Su argumento de más peso es que el Uruguay, por razones de escala, o de disponibilidad económica, o por conservadurismo mental, no les ofrece la posibilidad de concluir su formación y mucho menos de recibir ingresos dignos si se dedican a la investigación, a la creación o a tareas técnicas sofisticadas.

¿Cuánto pierde el País por esa sangría constante de jóvenes calificados? ¿Cuánto pierde en recursos destinados a su formación, siendo que toda nuestra educación es gratuita o está subsidiada por exoneraciones tributarias? Pero, sobre todo, ¿cuánto pierde en inteligencia, capacidad de innovación, empuje, densidad intelectual y esperanza vital?

Con eso en mente, pienso en los cerca de dos mil millones de dólares que el Uruguay está dispuesto a invertir para que UPM instale su segunda planta de celulosa. Pienso en el puerto y la zona franca que se le destinarán, en el ferrocarril que se le construirá, en las expropiaciones de tierras y viviendas que ya se están costeando para construirlo, en el Río Negro, que se pondrá gratuitamente a su disposición, en la energía eléctrica innecesaria que se le comprará si se instala, en las exoneraciones tributarias  que se le prometieron, en las tierras y el agua destinadas al monocultivo de eucaliptus, en la legislación laboral y las políticas educativas que se le someterán. Pienso también en los pocos cientos de empleos que proporcionará la planta, en el daño ambiental que causará, en lo poquísimo que percibiremos a cambio y en el patético “arrodillamiento” institucional que acompaña al negocio.

Es imposible evaluar en dólares, euros o pesos el conjunto del daño que ese proyecto significa para el País. Es imposible porque a la cuenta habría que sumarle todo lo que podríamos hacer y no haremos con los recursos de todo tipo que destinaremos a UPM 2. Y el asunto es todavía más inquietante si recordamos que el gobierno tiene en carpeta otros dos proyectos de mega plantas de celulosa (decir que el gobierno las tiene en carpeta es un eufemismo; en realidad son las empresas celulósicas las que tienen esos planes, ya comunicados al gobierno)

¿Cuántas carreras y postgrados universitarios, cuántos proyectos de investigación, cuántas pequeñas y medianas empresas innovadoras podrían financiarse con –por decir algo- dos mil millones de dólares? ¿Cuántas formas de producción que hoy vegetan o agonizan podrían revitalizarse con semejante inversión?

Pero el gobierno, y el sistema político en general, están convencidos de que lo único que se puede hacer es apostar todo “a pleno” a UPM, aun sabiendo que, en caso de que el número salga (la instalación de UPM2 no es segura) quien cobrará la apuesta será la misma UPM.

Nadie puede saber qué parte de ese “exilio académico” de nuestros jóvenes se concretará, ni cuántos de los que se vayan terminarán viviendo para siempre en el exterior. Pero corremos un gran riesgo como sociedad.

Pienso  en un posible país futuro, poblado de eucaliptus y fábricas de celulosa, en gran medida automatizadas, con el agua aun más contaminada, la política y la economía sometida a las empresas de celulosa, la población más envejecida  y sus jóvenes mejor formados viviendo y trabajando en el extranjero. Algo que deberíamos imaginar, muy especialmente quienes tenemos hijos.

Apenas me atrevo a pensar en lo que pasaría en un país así si, además, el mercado o la tecnología hicieran que la celulosa perdiera valor o dejara de usarse, como pasó con el hierro en el caso de Aratirí. ¿Cómo quedaría la tierra, el agua y la gente?

El proyecto de las empresas celulósicas lleva implícito un modelo de país. Un modelo que hay que visualizar mirando quince o veinte años hacia adelante. Si lo hacemos, el panorama no es alentador.

Por suerte, estamos a tiempo de reaccionar. Nada está definido todavía. Y, a la vez: “Nada podemos esperar sino de nosotros mismos”.