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Un teatro para reconocerse

Un teatro para reconocerse
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La semana pasada Fernanda Muslera nos recordaba algunas palabras escritas en este espacio en el año 2016, cuando la Comedia Nacional programó una temporada exclusiva de autores uruguayos. En ese momento publicábamos: “No hay una solo espectáculo que tenga como eje alguna problemática contemporánea de los montevideanos (…) No hay “desalojos” de hoy, ni “canillitas” de hoy. No hay “planchas”, ni “inmigrantes”, ni violencia en el deporte, ni crisis en la educación. No está el hedonismo del “nuevo uruguayo”, ni la realidad de los “menores infractores”. No hay nada que tenga que ver directamente con la realidad montevideana contemporánea”. Pero agregábamos que eso no era responsabilidad de la Comedia, que podía encontrar: “autores locales fallecidos que hablarán de su época (…) autores, vivos y fallecidos, que trabajan o trabajaron sobre sucesos históricos (…) autores contemporáneos que se acerquen a la problemática de la historia reciente (…) autores nacionales que experimenten formalmente, que investiguen sobre las posibilidades de representación que brinda el teatro. Pero va a tener muchas dificultades para encontrar autores que se acerquen a la realidad contemporánea. Los casos de Rescatate (de Gustavo Bouzas) y Snorkel (de Federico Guerra) son elocuentes respecto a que sí hay interés del público en ese tipo de espectáculos, pero lo que no hay es interés de los autores en ir por esos caminos.  Y esto no significa que aquí pensemos que los dramaturgos que escriben de forma experimental tengan que dejar de hacer esto para “reflejar” la realidad. Cada artista escribe sobre lo que le parece, sobre lo que puede, sobre lo que le interesa. Quien escriba sobre algo que no es su interés por sentirse “obligado” va a escribir cosas horribles. El problema no es que existan dramaturgos que se desarrollan escribiendo de problemas históricos, reelaborando mitos, o explorando e investigando sobre las posibilidades del teatro, el problema es que no existan los otros, los que se acerquen a la realidad de nuestra sociedad actual. El problema es que vamos al teatro a ver la problemática de la inmigración en Londres, de las drogas en Nueva York y de los jóvenes marginales en Buenos Aires, pero casi nunca sobre esas temáticas en nuestro país ¿Será que aquí esas cosas no pasan?”

Volvimos a esta reflexión para hablar, el año pasado, del espectáculo de Bruno Acevedo titulado Ruido, y a riesgo de ser redundante volvemos a traerla para esbozar una reflexión sobre Y, de Federico Puig. Ruido fue reestrenada en el marco del festival Red de Artes Vivas 2019, donde también se presenta Y. Lo más interesante es que en ese mismo festival también coinciden creadores y creadoras como José Pagano, Florencia Lindner, Paola Larrama, Jonathan Parada, Diego Araújo o Sebastián Calderón. Creadores y creadoras que desde la actuación, la dramaturgia o la dirección parecen estar revirtiendo esa ausencia de la que hablábamos en 2016. La propia Muslera con Luz negra parece ser parte de una nueva generación que en estos tres años ha ofrecido espectáculos como Falta Grave y Sala de profesores (Lucía García), Cheta (Florencia Caballero), Subterránea y Verdes (Bruno Contenti), Terrorismo emocional (Josefina Trías) o Lado B (Florencia Lindner). Actuando, escribiendo o dirigiendo ha aparecido una generación de teatristas que son capaces de referirse a sí mismos, que toman su entorno como insumo para problematizar, para reflexionar, para discutir. No hablamos de reflejar “la realidad”, eso que nombramos utilizando el singular pero que sabemos se desagrega en forma múltiple según las experiencias de quienes la perciben. Hablamos de tomar como insumo nuestro entorno, problematizarlo y ofrecer “realidades posibles” en forma de espectáculos teatrales. Alguien seguramente esté leyendo y pensando que falta la discusión sobre la posibilidad misma de “representar”, sobre la subordinación al “autor” o al “texto”. Aquí sostenemos que si bien la ruptura con la “representación” es un camino que no tiene marcha atrás, estamos lejos de haberla agotado, y que en el terreno que solemos llamar “mesoteatral” (categoría que tomamos de Coriún Aharonián) todavía el lenguaje teatral más tradicional tiene muchas posibilidades expresivas progresivas. Siempre y cuando remita a su tiempo y su lugar y no contribuya a la enajenación como lo hacen las coloridas y petrificadas versiones de los “clásicos”.

¿Y?

La anécdota de la obra de Federico Puig es sencilla, tres jovenes comparten apartamento. Uno de ellos aloja a un visitante pasajero que está viajando por “Latinoamérica”. Las dos compañeras protestan al principio, pero luego aceptan al visitante, estableciendo un vínculo que se va corriendo de lo superficial inicial a distintos debates que ponen en primer plano las distintas formas con que una misma generación percibe “la realidad”. Entre encuetros y devaneos sexuales, intentos de reparar la casa y cuidados de plantas de marihuana se va percibiendo, con gran naturalidad y sin discursos, una de las formas en que vive una generación que hace rato no necesita tener una relación de pareja para abandonar el hogar de crianza y que ha elaborado nuevas estrategias de convivencia, más o menos exitosas. La precariedad de una convivencia en que las despedidas y las bienvenidas nunca faltan aparece junto a las dificultades laborales, a las relaciones pasajeras y a las visiones contrapuestas de jóvenes, que van de un compromiso social enmarcado en el estado desarrollista a otros con una concepción francamente liberal. Y Fede Puig no juzga ni toma partido, simplemente pone frente a frente esos discursos formando un espectáculo abigarrado, en donde los prejuicios constituyen a las dos partes (unos creen que Latinoamérica es Montevideo, Río de Janeiro y Santiago de Chile, otros que solo es Bolivia). Plantear este debate en un contexto cotidiano y reconocible, a partir de personajes que el espectador puede identificar es uno de los grandes logros de este espectáculo.

La cercanía entre espectadores y espacio escénico potenció el carácter “naturalista” de la puesta, merced a actuaciones que apostaron a lo que se suele llamar “verdad”. La forma de resolver las transiciones entre escenas, mediante una luz negra que oficiaba de “telón”, es una muestra más de la creatividad con que, con escasos recursos, una nueva generación está cambiando el panorama teatral montevideano.

  1. Dramaturgia y dirección: Federico Puig. Elenco: Valentina Aldecosea, Santiago Bozzolo, Lucía Belén Echeverría y Facundo Santo Remedio.
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Leonardo Flamia Periodista, ejerce la crítica teatral en el semanario Voces y la docencia en educación media. Cursa Economía y Filosofía en la UDELAR y Matemáticas en el IPA. Ha realizado cursos y talleres de crítica cinematográfica y teatral con Manuel Martínez Carril, Miguel Lagorio, Guillermo Zapiola, Javier Porta Fouz y Jorge Dubatti. También ha participado en seminarios y conferencias sobre teatro, música y artes visuales coordinados por gente como Hans-Thies Lehmann, Coriún Aharonián, Gabriel Peluffo, Luis Ferreira y Lucía Pittaluga. Entre 1998 y 2005 forma parte del colectivo que gestiona la radio comunitaria Alternativa FM y es colaborador del suplemento Puro Rock del diario La República y de la revista Bonus Track. Entre 2006 y 2010 se desempeña como editor de la revista Guía del Ocio. Desde el 2010 hasta la actualidad es colaborador del semanario Voces. En 2016 y 2017 ha dado participado dando charlas sobre crítica teatral y dramaturgia uruguaya contemporánea en la Especialización en Historia del Arte y Patrimonio realizado en el Instituto Universitario CLAEH.