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Un thriller enigmático de pulido envae

Un thriller enigmático de pulido envae
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Amante doble (L’Amant Double), Francia 2017. Dirección: François Ozon. Libreto: el mismo y Philippe Piazzo basados en novela de Joyce Carol Oates. Fotografía: Manuel Dacosse. Música: Philippe Rombi. Con: Marine Vacth, Jérémie Renier, Jacqueline Bisset, Myriam Boyer, Dominique Reymond. Estreno: 19 de julio. Calificación: Buena.

 

No es costumbre de este cronista realizar adelantos sobre películas que se exhibirán en breve, pero vale la pena resaltar este nuevo título de François Ozon. Por eso haré una excepción, ya que cuando se estrene el 19 de julio estaré dedicando mis páginas al centenario de Bergman y los 90 años de Kubrick. Efectuada la aclaración, conviene decir que al inicio de Amante doble Chloé (Marine Vacth) decide consultar a un psicólogo, porque desde hace tiempo la aquejan fuertes dolores de estómago, cuya causa podría ser psíquica. El terapeuta Paul Meyer (Jérémie Renier) comienza a atenderla, pero rápidamente decide derivarla a una colega, para acto seguido proponer casamiento a la chica. Todo parece empezar a andar sobre rieles para Chloé, hasta que un día desde un ómnibus ve a Paul acompañado por una dama, en actitud sospechosa. Y allí empieza el acertijo: ¿Era Paul, o tendrá un hermano gemelo? Y si es así, ¿el gemelo será también psicoanalista? Todo se termina de complicar cuando la joven decide atenderse con el cuñado, aunque no imagina que el método terapéutico (y sexual) de este profesional es radicalmente opuesto al de Paul.

Amante doble devuelve a Ozon a los temas claves de una parte sustancial de su carrera, con personajes que transitan por laberintos mentales hasta volverse obsesivos. Aquí es la figura del doble, cara a Dostoievski, representada por Paul y su clon Louis, a la vez complementarios y contrarios. Por eso la forma que maneja Ozon cobra desusada importancia, con su regodeo en espejos y vidrios que proporcionan imágenes dobles y reflejos, señalando visualmente que la realidad y su proyección mental se pueden confundir y entrecruzar. Lleva a cabo ese experimento en forma tan elegante y natural que el espectador nunca llega a preguntarse si lo que está viendo es creíble o no, sino que se rinde al disfrute y a la curiosidad de saber hasta qué punto la historia y sus personajes cerrarán al final en sus propios términos.

Con esas armas Ozon enfoca al deseo y la seducción como extravíos desequilibrados del ego, utilizables exclusivamente para satisfacer los deseos naturales y las necesidades afectivas. De a poco también cobra importancia el tema de la maternidad, que reaparece de tanto en tanto caracoleando entre la masculinidad y la femineidad, hasta que el nudo gordiano que la protagonista tiene en el cerebro explota y amenaza con destruirla a nivel identitario. Para llevar esa sugestiva telaraña a buen puerto Ozon se ayuda de mucha cinefilia. Aquí hay obvias referencias a los gemelos médicos de Pacto de amor de David Cronenberg, y al temprano Brian De Palma de Hermanas diabólicas. Y como en toda película morbosa que se precie, un ineludible referente es Roman Polanski, desde la exploración de una psiquis enfermiza derivada de Repulsión, hasta una vecina chismosa e inquietante que recuerda a Shelley Winters en El inquilino y Ruth Gordon en El bebé de Rosemary. De este último film hay incluso una pesadilla derivada de otra que padecía Mía Farrow, aunque hoy nos lleve rumbo a Alien y no a la psicodelia. En medio de ese arsenal debe destacarse la ductilidad de la pareja protagónica, en un film que es Ozon en estado puro: retorcido, siniestro, descarnado y provocador como siempre.

 

 

Amilcar Nochetti Tiene 58 años. Ha sido colaborador del suplemento Cultural de El País y que desde 1977 ha estado vinculado de muy diversas formas a Cinemateca Uruguaya. Tiene publicado el libro "Un viaje en celuloide: los andenes de mi memoria" (Ediciones de la Plaza) y en breve va a publicar su segundo libro, "Seis rostros para matar: una historia de James Bond".