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Un tumor que no se puede nombrar

Un tumor que no se puede nombrar
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Macbeth: Siniestras, tenebrosas brujas, ¿qué traman?

Brujas: Algo que no tiene nombre

(William Shakespeare)

 

Ética, estética y lenguaje

Algunas ideas de Ludwig Wittgenstein se nos cruzaban permanentemente mientras veíamos Tiempo de Fiesta, espectáculo que la Comedia Nacional viene presentando en la Zavala Muniz del Teatro Solís. Como se sabe Wittgenstein fue un filósofo que investigó sobre las posibilidades de comunicación del lenguaje. El lenguaje significativo para Wittgenstein refleja lo que acontece, refleja los hechos, y el discurso ético, por el contrario, tiene que ver con los valores, no con los hechos. Wittgenstein afirma en su Tractatus Logico-Philosophicus: “Si hay algún valor que tenga valor, debe encontrarse fuera del ámbito de lo que acontece” (Tractatus 6.41). O sea fuera, de la posibilidad de abordarse desde el lenguaje, y entonces: “La ética es trascendental” (Tractatus 6.421).

Pero que el lenguaje significativo no pueda dar cuenta de los problemas éticos no significa que estos problemas no sean relevantes para Wittgenstein, quien en una carta  a su amigo Von Ficker afirma que la parte más importante del Tractatus es la que no está escrita. Que de la ética no se pueda hablar no implica, en modo alguno que nos sea fatalmente desconocida, como dice Javier Sádaba: “Porque la ética se muestra. Y la doctrina sobre el mostrar es central en el Tractatus”.

Nuevamente citaremos el punto 6.421 del Tractatus: “Es claro que la ética no se puede expresar. La ética es trascendental. (Ética y estética son lo mismo)” porque en este caso los problemas éticos quedan emparentados con los estéticos, que también deberán “mostrarse” y no “decirse” abusando del lenguaje y de las traducciones. Y si no se puede “hablar” de ética pero sí se la puede “mostrar” el teatro, que es un ámbito de la “estética”, es ideal para desarrollar esas reflexiones.

 

Trabajar y descansar en paz

Tiempo de Fiesta, escrita por Harold Pinter a comienzos de los 90, es una obra en que lo importante es lo que no se dice, de lo que no se habla, como el Tractatus de Wittgenstein. Y no es arbitrario emparentar al filósofo austríaco con Pinter, ya que el dramaturgo británico tuvo como uno de sus ejes de trabajo justamente las posibilidades del lenguaje y el problema de la verdad. Tiempo de Fiesta transcurre en una habitación amplia en donde se desarrolla una fiesta. Algo sucede afuera, hay barricadas y personas que no llegan, pero de eso no se habla. Este aspecto, el de personajes encerrados en un ambiente que se refieren de forma poco clara hacia el afuera, es recurrente en Pinter. Ya en La habitación, de 1957, aparecía el esquema de personajes encerrados y temerosos acerca del exterior. Sobre este punto Pinter afirmó alguna vez: “Obviamente los asusta aquello que hay fuera del cuarto: un mundo que los circunda y que resulta amenazador, así como resultaría amenazador para usted o para mi”. La diferencia de Tiempo de Fiesta con obras como La habitación es que quienes se encuentran encerrados en esa fiesta no están atemorizados por lo que sucede afuera, más bien al contrario, lo que está sucediendo, que retrasa la llegada de algunos invitados y parece ser causa de la desaparición de otras personas, más bien es percibido con beneplácito.

Aparentemente Pinter escribió esta obra para hacer referencia a la situación de Latinoamérica en los años setenta. Clases altas, que juegan al golf y al tenis, encerradas en sus mansiones mientras sus perros guardianes atropellan a los sectores populares en las calles. La decadencia de esos sectores se presenta ya desde sus anhelos de ascenso social. Salvo Gavin, el anfitrión de la fiesta al que todos adulan, el resto parece haber hecho un camino plagado de reverencias y sumisiones para estar donde está. Y justamente la fiesta representa un nuevo acto de genuflexión ante el anfitrión. En ese camino de claudicaciones es clave, ya cerca del final, la reflexión de Melissa: “Mis amigos siguieron el camino de toda carne y su muerte no me apena. De todos modos, no eran mis amigos. La mitad me parecían intolerables. ¡Todos los clubes! Murieron los clubes, los clubes de natación y tenis murieron porque se basaban en ideas sin ningún cimiento moral de ninguna clase. Pero nuestro club, nuestro club, es un club activado, inspirado por un sentimiento moral que resulta, debo decirlo, inconmovible, riguroso, fundamental, constante.”

No hay pudores en dejar el lugar al que se perteneció, en abjurar de amigos y pertenencias, todo se deja de lado en base a una “moral” de principios “inconmovibles, constantes”. El caos, puede uno suponer, viene de quienes desean cambiar esos principios inconmovibles, y por eso la necesidad de poner orden, como afirma al final Gavin: “en breves instantes se reanudarán los servicios normales. Después de todo, tal es nuestro propósito. El servicio normal. Si a ustedes les parece, insistiremos en ello (…) No pedimos otra cosa sino que el servicio que este país ofrece corra por carriles normales, seguros y legítimos, y que al ciudadano ordinario se le permita trabajar y descansar en paz.”

 

Tiempo de música disco

Pinter ubica la obra en un tiempo indefinido, pero Ana Pañella, la directora de esta versión, la coloca en coordenadas concretas, el vestuario, los peinados y la música nos sitúan en la década del setenta. Y el tema de la obra, en la lectura de la directora, no parece ser la dictadura, ni esas clases altas sudamericanas alienadas y genuflexas que entregaron su país a cambio de algunas migajas, sino la memoria, la impunidad, y una ética o justicia ausente. Los desaparecidos durante la dictadura, como el Jimmy de Tiempo de Fiesta, nos siguen interpelando. Las células putrefactas del tejido social siguen acrecentando el tumor que la impunidad cobija. Una impunidad generada en pactos y alimentada por decisiones de todo el sistema político. Muchos “luchadores” de ayer hoy parecen hablar como Melissa, mientras el discurso de Gavin aumenta cada día. Pero Pañella le habla a toda la sociedad. Quizá por eso en el final Jimmy nunca se va de la escena mientras recuerda que alguna vez tuvo nombre. Porque eso sigue sucediendo.

Es difícil hablar del dilema moral que nos plantean nuestros jimmys, pero, como decía Wittgenstein, sino se puede hablar de ese dilema moral, se lo puede mostrar. Y el teatro es un espacio en que se habilita, sino a nombrar el tumor que aún nos corroe, a mostrarlo. Y de eso se encarga una directora que decidió que su versión comience con un prólogo en que su propia experiencia se ve reflejada, y en que se ilustra el drama de la desaparición en el marco de la frivolidad y la celebración. El trabajo del elenco es sólido, con diálogos y expresiones que subrayan el que “en nuestro club, nadie levanta la voz, la gente no hace cosas vulgares y sórdidas y ofensivas”, aunque Dusty se resista y a Melissa o Terry se le escapen algunas “vulgaridades”. Isabel Legarra, compone a una Melissa que rompe la monotonía y que, si bien viene de “otros clubes” es quien mejor justifica el nuevo orden que se impone. Pablo Varrailhón y Luis Martínez están excelentes construyendo las expresiones soberbias de dos integrantes de una aristocracia artificial y decadente. Excelente espectáculo.

 

Tiempo de Fiesta. Autor: Harold Pinter. Dirección: Ana Pañella. Elenco: Diego Arbelo, Luis Martínez, Florencia Zabaleta, Isabel Legarra, Jimena Pérez, Andrea Davidovics, Gabriel Hermano, Pablo Varrailhón, Luis Pazos, Federico Zazpe.

Funciones: viernes y sábados 21:00, domingos 19:00. Sala Zavala Muniz del Teatro Solis.

Leonardo Flamia Periodista, ejerce la crítica teatral en el semanario Voces y la docencia en educación media. Cursa Economía y Filosofía en la UDELAR y Matemáticas en el IPA. Ha realizado cursos y talleres de crítica cinematográfica y teatral con Manuel Martínez Carril, Miguel Lagorio, Guillermo Zapiola, Javier Porta Fouz y Jorge Dubatti. También ha participado en seminarios y conferencias sobre teatro, música y artes visuales coordinados por gente como Hans-Thies Lehmann, Coriún Aharonián, Gabriel Peluffo, Luis Ferreira y Lucía Pittaluga. Entre 1998 y 2005 forma parte del colectivo que gestiona la radio comunitaria Alternativa FM y es colaborador del suplemento Puro Rock del diario La República y de la revista Bonus Track. Entre 2006 y 2010 se desempeña como editor de la revista Guía del Ocio. Desde el 2010 hasta la actualidad es colaborador del semanario Voces. En 2016 y 2017 ha dado participado dando charlas sobre crítica teatral y dramaturgia uruguaya contemporánea en la Especialización en Historia del Arte y Patrimonio realizado en el Instituto Universitario CLAEH.