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Una colección diferente por Nelson Di Maggio

Una colección diferente por Nelson Di Maggio
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Los museos públicos se nutren, en todos los países, de donaciones particulares. Una generosidad abierta a los ciudadanos, en su gran parte regular y periódica, que impone la ampliación de cada institución también de manera regular y periódica. No sucede lo mismo en Uruguay. Los museos montevideanos se crearon en casas o palacetes viejos o galpones reciclados. Ninguna construcción nueva. Al no existir un museo de arte moderno que implica, de forma inevitable, incluir artistas del exterior, donar una colección integrada por Joseph Beuys, Wolf Vostell, Emilio Vedova, Kazuya Sakai, Víctor Vasarely, Piero Dorazio, Emilio Scanavino, Jirí Kolár, creadores de enorme significación en el arte del siglo xx, ausentes en museos regionales, es una tarea vana. Con capacidades colmadas en el depósito, nunca se exhibirán en forma permanente obras de maestros extranjeros. Lo contrario sucede en el magnífico Museo Nacional de Bellas Artes porteño que alterna el arte nacional con el arte internacional desde la Edad Media hasta hoy. Un destino posible para los artistas mencionados.

La Colección Rodolfo López Rey es muy particular. Donada al Museo Gurvich —se inauguró la semana pasada— por el arquitecto López Rey (1932), de vasta e importante trayectoria en Punta del Este, Montevideo y Buenos Aires, se caracteriza por una rara unidad de selección de pintores y escultores nacionales, derivada de una sensibilidad refinada y exigente moldeada en los cincuenta, la década dorada de la cultura nacional.

Vinculado por su profesión a varios artistas de la época en lenta expansión de las corrientes estéticas y la aspiración a la integración de las artes, formó su colección en el correr de los años, sin apresuramiento, en visitas a exposiciones y talleres, en charlas y encuentros con los creadores. Joaquín Torres García y los discípulos ocupan lugar importante, aunque parcial —como sucede con los demás—, por razones de espacio en las salas temporarias, elegidos por el curador Rafael Lorente Mourelle. Del maestro del universalismo constructivo se disfrutan óleos y dibujos de diferentes épocas; de Augusto Torres, José Gurvich, Gonzalo Fonseca, Julio Alpuy y Manuel Pailós, de enorme producción, se destacan de este último dos desconocidas pequeñas joyitas (Pez e Iglesia). De Vicente Martín, con quien mantuvo fuerte amistad, personalidad fulgurante en el medio, firma preferida por los intelectuales que en su abundante producción no siempre benefició su prestigio, López Rey esquivó ese éxito complaciente (el propio pintor lo reconocía) y su mirada afilada escogió trabajos fechados entre 1957 y 1967, en su mejor nivel, ahora revelado en toda su dimensión. En el quinto piso, artistas poco difundidos u olvidados: Abel Rezzano (1936), uno de los fundadores del grupo Octaedro, utilizó el hierro y la madera pintada en estructuras minimalistas; Humberto Tomeo se distinguió en el uso del collage; Lino Dinetto (1927), pintor italiano, permaneció diez años en la enseñanza desde el Instituto de Arte San Francisco de Asís, influyente en el informalismo local; el alemán Hans Plastcheck (1923-2000), integrante de la diáspora judía perseguida por el nazismo, sólido derivado de Paul Klee —ejerció también la crítica de arte—, y en 1953 retornó a su país, siguiendo una trayectoria neoexpresionista.

La Colección Rodolfo López Rey sintetiza, aún en su breve selección, una extraña condición: recupera el espíritu y el clima cultural de la modernidad uruguaya, surgida al socaire de la circunstancial economía en auge, la herencia de la exigencia crítica de la generación del 45, de una sociedad optimista y pujante distraída de las sofocadas desigualdades y de los nubarrones de una crisis no lejana, gozosa del dinamismo y la convivencia amigable entre profesionales de la crítica de muchas publicaciones existentes, a pesar de enfrentamientos polémicos, en teatros, cines, galerías, conciertos, cafés, confiterías, numerosos y activos. Los pintores potenciaron en imágenes, en cada pincelada, en la veloz imaginación, esa felicidad del vivir y estar en un mundo poco problemático, ajeno al consumismo y los avances tecnológicos, pero en constante comunicación con el exterior. Por cierto tiempo, Montevideo pudo aceptar ser la Atenas del Plata.

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