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Una deidad menor

Una deidad menor
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Los creyentes, y aun los agnósticos, que peregrinen hasta la calle Piedras han de encontrar, esperándolos en una hornacina, su bello altar de madera labrada, instalado bajo la cúpula más hermosa: la del cielo abierto, donde los días y las noches pintan, en sucesivos y efímeros frescos, las glorias del universo.

El acto de reverenciarla no implica para quien hasta allí acuda ninguna liturgia similar a las de las grandes religiones. Basta con que el adorante (o el simple curioso) se detenga ante su presencia y eleve la mirada hacia su faz, en la que se dibuja una enigmática sonrisa.

Sostienen algunos teólogos que se han aventurado en la doctrina de su culto que tras esa expresión se enmascara el sentido último de su doctrina. Su voluntad es veleidosa, inescrutables sus designios. Por tanto, salvo el placer estético que pueda devenir de su contemplación, no cabe esperar de ella otra gracia. Las demás bendiciones, con un poco de suerte, vendrán por añadidura.

(Ubicación: Piedras 542).

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