Home Literatura “Uruguay tiene una clase dirigente superior, de mejor calidad humana y política”

“Uruguay tiene una clase dirigente superior, de mejor calidad humana y política”

“Uruguay tiene una clase dirigente superior, de mejor calidad humana y política”
0
0

El periodista y analista político Claudio Fantini pasó por Uruguay para presentar su último libro, “Abadón. La desglobalización y los monstruos que se  incuban en las grietas” (Editorial Planeta). Allí aborda la actual situación política y social del mundo y hace hincapié en algunas “postales” (norteamericanas, islámicas, rusas, europeas y latinoamericanas, entre otras). En diálogo con Voces el autor reflexionó sobre su  libro, la clase política uruguaya, la realidad global y su propia tarea como observador de los grandes conflictos globales.

Claudio Fantini es politólogo y periodista. Es columnista de la revista Noticias (Argentina) y del diario El País, de Uruguay. Publica artículos también en el periódico La Vanguardia, del Partido Socialista de Argentina, y en el diario cordobés La Voz del Interior. También hace análisis político en Radio Sarandí y en las emisoras argentinas Radio Universidad del Litoral (Santa Fe) y Radio Mitre (Córdoba). Ha dirigido diarios, revistas y radios. Fue profesor de universidades privadas de Córdoba y Buenos Aires. Actualmente es profesor en Ciencias Políticas en la Universidad Siglo 21. Tiene varios libros publicados, entre ellos: “Crónica de fin de siglo”, “Dioses de la guerra”, “Infalible y absoluto”, “La sombra del fanatismo”, “El componente monárquico” y “La gravedad del silencio”.

¿Qué lo llevó a seguir una carrera como la de politólogo?

Siempre me apasionó la política. Y me apasionaba la literatura. Tuve militancia política en mi colegio, el Colegio Nacional de Córdoba, que padeció mucho la dictadura militar. Yo había sido parte, siendo muy jovencito, del Centro de Estudiantes. La dictadura fue algo que uno padeció muy particularmente. Siento que me originé claramente en la izquierda, y luego de la dictadura, ya entrada la democracia, con (Raúl) Alfonsín uno entendió que el tema no era dictadura o socialismo. El tema era autoritarismo o libertad. Entonces cambié mi enfoque de ver las cosas. Pasé a considerar que la principal dicotomía  no es izquierda o derecha sino cultura liberal o cultura autoritaria. Dentro de la cultura liberal hay izquierdas y derechas y dentro de la cultura autoritaria hay también izquierdas y derechas. En todo caso me identifico con las izquierdas de la cultura liberal. Por eso también en este libro yo hablo de John Rawls, el filósofo norteamericano que escribió “Teoría de la justica”, un libro en el que propone una sociedad liberal y capitalista pero con los instrumentos para construir equidad. Tras la desaparición de la Unión Soviética se promovió el pensamiento “anti rawlsiano” en el terreno liberal. Irrumpieron los que hoy son llamados los neoliberales o los ortodoxos. Yo creo que este es un momento en el que es importante volver a la filosofía de Rawls, enseñar quién fue y enseñar eso de que la alternativa no es izquierda o derecha. Sino que primero tenemos que elegir si queremos una sociedad de hombres libres o una sociedad sometida a un dogma o a un ayatolá, un obispo, un general o un líder demagógico.

¿Que rol le adjudica en ese escenario, en esa posible elección, a la gente, al llamado “pueblo”?

Este libro describe esta instancia particular de la Historia, en la que, desde mi punto de vista, se da un fenómeno como la globalización, que es un proceso inexorable. Porque ni siquiera tiene que ver con la voluntad del hombre. Tiene que ver con lo que el hombre puede generar tecnológica y científicamente. La capacidad de generación e innovación tecnológica sí o sí nos conducen a la aldea global. Que un proceso sea inexorable, y yo creo que la globalización lo es, no quiere decir que no pueda tener “detentes”. E incluso contramarchas. Este es precisamente un momento de contramarchas. Estamos viendo que las culturas autoritarias le están ganando espacio a las culturas liberales, y engendran el populismo, que es la palabra del momento. El populismo no es una ideología, no es o de izquierda o de derecha. Es de izquierda y es de derecha. Porque el populismo es un método de construcción de poder hegemónico. ¿Cómo es ése método? Bueno, entre otras cosas consiste en construir poder fracturando a la sociedad, poniendo a unos contra otros. Y aboliendo la diversidad, por considerar que el otro no es un adversario sino un enemigo al que hay que abatir. El otro representa un peligro que hay que conjurar, es algo despreciable. A eso lo encarna desde la ultraderecha como Jean-Marie Le Pen en Francia, Geert Wilders en Holanda, Donald Trump y su ideólogo, el “ventrílocuo” Steve Bannon. Y en estos lares, donde el populismo se generó más desde la izquierda, por ser economías más débiles, por las características de la sociedad, el kirchnerismo y el chavismo son dos expresiones claras y contundentes de la aplicación de ese método de construir poder dividiendo a la sociedad, poniendo a unos en contra de los otros. Esa es la metáfora que representa la grieta.

¿Cómo hizo, justamente, en una sociedad tan fragmentada como la argentina para hacer su tarea de análisis político sin ser condicionado por un entorno tan radicalizado?

Creo que no pude no tener el condicionamiento. Tengo una posición tomada, pertenezco a la cultura liberal. Me identifico con el progresismo de matriz liberal, no con el progresismo de matriz autoritaria. Entonces yo quiero debatir con el conservadurismo pero que esté en mi espacio cultural. El espacio en el que creemos en el individuo, en la libertad. Para explicarlo con dos pensadores cuyas obras son paradigmáticas y esclarecedoras en esto que son Carl Schmitt, que era prusiano, y su libro “El concepto de lo político”, es de algún modo fundacional de lo que hoy llamamos populismo. Fuer inspirador del nazismo en Alemania. En ese libro , que es un clásico de la ciencia política y es una gran obra, la mirada que se propone es el antagonismo “amigo / enemigo”. Es decir, “nosotros somos nosotros en tanto y en cuanto hay un ellos. Y ellos son el enemigo”. La contracara de eso es otro filósofo austríaco, llamado Martin Buber, una de cuyas obras, “Yo y tú”, propone mirar al otro como un complemento. No solo que no lo ve como un enemigo, sino que lo ve como un complemento y yo lo necesito. En la mirada de Schmitt tenemos que conjurar el peligro que representan el ellos, por lo tanto tenemos que combatirlos, excluirlos, eliminarlos. En la de Buber no solo no tengo que excluirlos sino todo lo contrario,  lo necesito. Debemos llevar a las democracias a un terreno en el cual los diferentes son adversarios. En la Argentina o Venezuela los diferentes son enemigos.

Respecto a Uruguay, en el libro usted lo cita como un caso distinto, diferente a otros países. ¿Cuál es su mirada como politólogo de Uruguay?

Es más fácil adjetivar cuando algo lo mirás de afuera. A veces, siendo parte del objeto, tenés más elementos pero tenés menor margen para la observación objetiva. Yo veo que Uruguay parece Suecia en cuanto a la convivencia. Es un país respetado por la cultura cívica de su sociedad, porque hay un mayor respeto entre la gente en la forma del trato. Visto desde Argentina y desde otros rincones de América, Uruguay tiene una clase dirigente superior, de mejor calidad humana y política. En la Argentina la clase dirigente es mucho más propensa a la arbitrariedad, a la demagogia y a la corrupción. La arbitrariedad es la antesala a la corrupción. Y la sociedad argentina te permite la arbitrariedad. A la presidenta Cristina Kirchnner mientras la economía andaba bien se le permitió construir una egocracia, un sistema donde kratos, el poder, estaba depositado en el ego de una monarca veleidosa.

¿Cómo hace para seguir el día a día de los temas de mayor interés internacional a la distancia?

Soy periodista y politólogo. Nunca quise dejar de ser periodista, dejar de ejercer el periodismo, y sucedió que mi trabajo en el periodismo viró hacia el análisis político. En una época, cuando era más joven, me gustaba viajar, y he estado en muchas zonas de conflicto. Incluso estuve en la base que tiene Uruguay en el Congo. Estuve en Oriente Medio, en Panamá cuando se dio la invasión norteamericana que sacó a Noriega, en Nicaragua cuando era la guerra entre sandinistas y contras, en el Cáucaso con el conflicto entre Armenia y Azerbaiyán…

¿Y qué le dio estar en el lugar de conflicto?

Bueno, a mí me hubiera encantado ser corresponsal de guerra. Es mi materia frustrada. Para mí el modelo del periodista era el corresponsal de guerra. Oriana Falacci, sobre todo. Yo me enamoré del periodismo leyendo las crónicas de guerra de Oriana Falacci. Me agarró en la adolescencia, una etapa donde todo está a flor de piel. Nadie contaba las guerras como Oriana Falacci. Me parecía, y me sigue pareciendo, maravilloso ese contacto con lo humano. Pero ahí está el periodista, fundamentalmente. Como analista, la distancia permite objetivaciones que la demasiada cercanía o estar en el lugar no te da. En mi caso la realidad me fue arrumbando en el espacio del analista político y dejándome frustrado como corresponsal de guerra, que siempre quise ser. Lo que quiero decir es que de algún modo mantenerme en la actividad periodística como columnista, ese estar en la actividad periodística permanente, donde tengo que escribir todo el tiempo uno o dos artículos, me lleva todo el tiempo a estar leyendo, metiéndome en los diarios del mundo, leyendo los análisis que hacen los distintos analistas de todos los conflictos. Entonces uno está siempre bastante empapado de los grandes temas.

En sus análisis da la sensación de que hay un esfuerzo de su parte en no solo analizar un momento, sino intentar una proyección de posibles escenarios en el corto o mediano plazo…

Sí, yo creo que el análisis político nos obliga a esa tridimensionalidad. Explicar el presente, siempre con su contextualización histórica, porque no se puede entender un presente sin analizar el pasado. Los hechos no suceden por generación espontánea sino que vienen de algún lado. Y hay que saber de dónde vienen. Y hay que analizar también hacia dónde van. Esa es la tridimensionalidad absolutamente necesaria, desde mi punto de vista, en el análisis político y es lo que intento hacer.

También se le nota una intención de traducir situaciones complejas para que el ciudadano de  pie pueda lograr entenderlas. ¿Es parte de lo que se plantea como objetivo?

Es un gran esfuerzo. Porque a mí me interesa mucho que el analista político no se aleje del periodista. Me interesa escribir  y explicar las cosas para que la entienda la gente. Gente que por su ocupación está pensando en otras cosas, que yo no entiendo, ¿no es cierto? Haciendo análisis periodístico mi objetivo es que la persona que por su trabajo no tiene tiempo porque se dedica a otra cosa, pueda entender. Si es un médico tiene que curar o si es empleado en una boutique  tiene que vender ropa o si es cartero y debe repartir cartas. Tiene la cabeza en sus cosas. Y mi misión es mantenerlo al tanto y explicarle qué sucede, porque la realidad actual te bombardea desde los medios, convirtiendo a los hechos en productos de consumo. De pronto te encontrás consumiendo masacres, consumiendo tipos que arrancan cabezas de gente que está arrodillada, consumiendo todo tipo de truculencias, y yo quiero que la noticia no sea un producto de consumo. Sino que sea un instrumento para entender la realidad. Así entiendo yo la labor del periodista, no quiero ser un vendedor de acontecimientos sino alguien que da claves de interpretación y explicaciones históricas para que la gente pueda entender. O por lo menos tener una aproximación a algunos fenómenos.

En su calidad de docente, ¿cómo intenta transmitir a las nuevas generaciones el interés por la política? ¿Cómo supera el escollo de la apatía que a veces parte de ellas demuestra en torno a temas políticos?

Hay dos problemas con la juventud y su forma de apatía. O ignora la política o la abraza desde algún fanatismo. Ninguna de las dos cosas sirve, porque son dos formas de no pensar. No creo en la creencia, sino que creo en el razonamiento. Soy agnóstico en todos los sentidos de la vida. No creo en la religión y tampoco creo en las ideologías, creo en los valores. Los valores que yo defiendo son la libertad, las libertades individuales y públicas, y la equidad social. Pero una cosa es abrazar valores y otra es abrazar dogmas, sean religiosos o sean ideológicos. ¿Cómo se hace para traer a los jóvenes de nuevo a la política? Bueno, creo que esa forma de evadirse, ya sea abrazando un fanatismo o mirando para otro lado, ignorando la realidad, que vuelvo a decir que son lo mismo porque en el fondo lo que no queremos es razonar, y ser nosotros mismos frente a los acontecimientos, eso está reflejando, desde mi punto de vista, una de las consecuencias de este momento. Que es el imperio inmisericorde de disyuntiva éxito / fracaso. Que es una disyuntiva destructiva, sobre todo para los jóvenes. Porque crecen creyendo que o son winners (ganadores) o son losers (fracasados). Y ganar o fracasar depende de la fama, o del dinero. No importa por qué sos famoso, en una de esas sos famoso porque vas a los programas de televisión a contar tus miserias. Lo que importa es la fama. La fama es éxito. Te están mirando. Otra forma de éxito es el tamaño de tu auto. Cuando veo a una mujer con una camioneta gigantesca para ir a hacer las compras al supermercado, no veo una grandeza ahí. Al contrario, veo una debilidad oculta detrás de una camioneta gigantesca. La cuestión es que la disyuntiva éxito / fracaso se ha impuesto y es absolutamente destructiva. Y una de las formas de esa destrucción es el crecimiento del consumo de drogas y la violencia en todas sus formas. Algo así como descreer de la especie humana, me vuelvo cruel contra la especie humana. O busco figurar y estar en el bando ganador aunque ese bando ganador se llame ISIS y yo aparezca en un video y me vea todo el mundo arrancando una cabeza. Porque ni siquiera es guillotina, ni siquiera decapitan, arrancan cabezas con un cuchillo. Esas son parte de las coyunturas que hacen que éste libro se llame “Abadón”, que refiere al monstruo abismal que menciona el libro del Apocalipsis…

Sin embargo, en el propio libro aclara que no se trata de un trabajo apocalíptico, e incluso destaca que estos tiempos actuales no son peores que otros que le precedieron…

No soy apocalíptico. En el libro sí desarrollo una teoría histórica que me hace convencerme a mí mismo de que hay que tener una conciencia muy grande sobre la oscuridad de este momento. No quiero que mis  hijos o mis nietos crezcan en un mundo donde lo normal sea ver a un tipo arrancándole la cabeza a otro. O tirándolo desde una azotea porque es homosexual. No quiero que crea que eso es lo normal. O que lo normal sea que en Estados Unidos el presidente sea un millonario racista, xenófobo, misógino. No. Si es un ser miserable, quiero que ellos sepan que lo es. Y que entiendan que el populismo, sea de derecha o sea de izquierda, es despreciable porque te hace ver un enemigo en quien no debe ser un enemigo. Tiene que ser un adversario. Entonces yo no me resigno a eso. Esa y otras razones me hacen ver el futuro con una mirada optimista, aunque no sé si es tan real o forzado. Quiero creer que es así (risas).

En estos tiempos de tensiones límites a veces alguien desliza la idea de una posible Tercera Guerra Mundial. Desde su visión, ¿es algo que pueda concretarse en los hechos? ¿Qué características tendría si sucediera?

Lo que pasa es que uno habla de conceptos que hay que definir. Si digo “auto”, es muy fácil establecer de qué estoy hablando. Cuatro ruedas, motor, se desplaza, etc. Es un auto. Pero si digo “Tercera Guerra Mundial”, ¿cuál es mi referencia? Bueno, hubo dos guerras anteriores a las que se les llamó mundiales. ¿Por qué? Porque intervinieron una cantidad insólita de países, ¿no es cierto? Entonces una Tercera Guerra Mundial sería una conflagración que, como aquellas dos, abarque una gran parte del planeta e involucre a un gran número de países. Yo creo que no va a ocurrir. Tengo certezas. Pero en todo caso creo que lo que estamos viviendo es una forma de “guerra civil global”. Lo que está pasando en Siria NO SOLO está pasando en el mundo. Está pasando a la vez en todo en el mundo, porque éste ya es un mundo globalizado. Y lo que pasa en Siria tiene algún impacto en la municipalidad de acá. El mundo ya no queda lejos y todo está interconectado. Todo conflicto que ocurra de aquí en más es parte de una guerra civil global. Esa es mi mirada. No creo que venga una Tercera Guerra Mundial sino creo que vamos a seguir en un estado de convulsión permanente con conflictos que ya no son lejanos sino que son episodios de una guerra civil global.