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Van Gogh animado: Plástica viva en festín visual

Van Gogh animado: Plástica viva en festín visual
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Loving Vincent (Loving Vincent), Gran Bretaña/Polonia 2017. Dirección: Dorota Kobiela y Hugh Welchman. Libreto: los mismos y Jacek Dehnel inspirados en biografía de Steven Naifeh y Gregory White Smith. Fotografía: Tristan Oliver y Lukasz Zal. Música: Clint Mansell. Film de animación con Douglas Booth, Saoirse Ronan, Eleanor Tomlinson, Robert Gulaczyk, John Sessions, Chris O’Dowd, Jerome Flynn y Cezary Lukaszewicz. Estreno: 12 de octubre. Calificación: Muy buena.

 

Cualquiera que alguna vez haya estado delante de un retrato pintado por Van Gogh habrá tenido por un momento una sensación de vida y de movimiento en los ojos del personaje retratado, como si estuviera a punto de hablarnos. Eso es exactamente lo que sucede a lo largo de los 94 minutos que dura Loving Vincent, una obra íntegramente pintada a mano por un equipo de 125 pintores al óleo profesionales, encargados de los 65.000 fotogramas que componen el largometraje. Los realizadores del film, la polaca Dorota Kobiela y el británico Hugh Welchman, esposos en la vida real, concibieron una sesión especial de modelaje para algunas de esas telas, previo rodaje de escenas con intérpretes reales sobre una pantalla verde. Según Kobiela, “apenas pudimos realizar decorados: tuvimos que usar pantalla verde porque los cuadros de Van Gogh desafían las leyes de la física y la perspectiva”. Los 65.000 fotogramas pintados sobre lienzos de 70 x 51 cm fueron fotografiados uno por uno, individualmente, a una velocidad de 6 y 10 por segundo, para poder dar así la sensación de movimiento. Cada escena que se sucede ante los ojos del espectador se inspira en un cuadro de Van Gogh, aunque al principio Kobiela se había planteado la realización de un corto que pintaría ella misma. Pero cuando decidió dar el salto al largometraje, debido al respaldo de los productores, debió abandonar esa idea “porque me di cuenta que no podía pintarlo todo yo sola. Me llevaría unos 21 años hacerlo, según mis cálculos”. El resultado es un auténtico festín visual al que Kobiela y Welchman dedicaron más de cinco años de sus vidas.

Loving Vincent, sin embargo, es bastante más que una curiosidad técnica. Nos sitúa en el verano de 1891, un año después de la muerte del pintor. El joven Armand Roulin, cuyo padre cartero fue uno de los amigos más cercanos de Vincent, tiene la misión de entregar una carta que el fallecido pintor escribió a su hermano Theo antes de morir. Debido al trágico suicidio del artista, esa carta quizás podría contener mucho más que unas simples palabras escritas al pasar. El joven Armand tiene sus reservas al inicio: es díscolo, violento, desnorteado, poco culto e ignorante del valor artístico de las pinturas de Van Gogh. Pero a medida que va conociendo a la gente que convivió con el artista se apasiona por el torturado universo del pintor, y comienza a reflexionar que en realidad su muerte podría estar ocultando un misterio.

Dicho enigma ha quedado planteado en la biografía que Steven Naifeh y Gregory White Smith publicaron en 2001, para disgusto del Museo Van Gogh de Ámsterdam, en la que establecen la posibilidad que el pintor hubiera sido asesinado. La película recoge esta polémica teoría, y así el joven Armand -a la manera de Sherlock Holmes o Hercule Poirot, aunque sin el talento deductivo de ellos- recorre los poblados de Francia, desde la mítica Casa Amarilla de Arlès en la que vivió el artista hasta Auvers, donde Van Gogh pasó sus últimos días, intentando revivirlos para poder entender los posibles motivos para el suicidio. Porque no todo cierra en la “historia oficial”, posibilitando el planteo de una serie de preguntas incómodas. Si van Gogh se mató, ¿dónde estaba la pistola, que nunca se encontró? ¿Por qué no hubo una nota de suicidio? ¿Por qué la última carta que escribió a su hermano Theo estaba lleva de optimismo? ¿Por qué había hecho un nuevo pedido de pinturas, apenas 24 horas antes del insuceso? ¿Por qué se disparó en un lugar tan insólito como es la zona entre pecho y estómago, que le provocó una dolorosa agonía de 29 horas? Y si en el nerviosismo del momento fatal se le disparó el arma, ¿por qué no disparó de nuevo contra su sien o dentro de su boca? ¿Y por qué el famoso y reputado Dr. Gachet lo visitó mientras agonizaba, pero no le extrajo la bala?  Como en las novelas de Conan Doyle y Agatha Christie, la investigación llevada a cabo por Armand consiste en una serie de diálogos con personajes reales de la vida de Van Gogh (la posadera Adeline Ravoux, el Dr. Gachet y su hija, un segundo médico, el ama de llaves, el barquero) desarrollados sobre los lienzos del pintor, en medio de flashbacks en los que el artista estaba vivo, volcados en un estilo más realista y en blanco y negro.

Loving Vincent es algo que nadie ha visto antes, ya que es una auténtica recreación de las obras maestras de Van Gogh convertidas en cine. Es plástica viva: 125 cuadros completos del artista, algunos de ellos alterados por necesidades de libreto y todo hecho sobre el lienzo, sin postproducción. Así, Kobiela y Welchman invitan al público a mirar con mayor profundidad no sólo la lucha de Van Gogh como artista sino la naturaleza de su creatividad, planteando una antipática pregunta que también surge en música frente a Mozart y Salieri: ¿cómo alguien con las carencias de Vincent pudo acceder a la mayor cima del arte, mientras que el intelectual Dr. Gachet -que además de médico era pintor- nunca logró nada parecido? Loving Vincent es un viaje emocional, ayudado por la notable banda sonora de Clint Mansell, la icónica canción de Don McLean “Starry, Starry Night” y la fantástica labor de un elenco que “modeló” a los personajes de los cuadros. Todo para ver en movimiento el arte de Van Gogh y acercarnos más que nunca a su punto de vista.

 

Recuadro: VAN GOGH EN EL CINE.

 

La trágica figura de Vincent Van Gogh (1853-1890) ha generado docenas de programas de TV dedicados a escudriñar en su atormentada existencia y su inmortal obra. El cine en cambio ha sido más acotado con el holandés. Sólo hay doce films sobre Van Gogh, que van de lo biográfico a empresas demenciales y bizarras. Los ocho más valiosos son:

Sed de vivir (1956) de Vincente Minnelli con un intenso Kirk Douglas, el más icónico Van Gogh del cine. El film se benefició por estar construido visualmente como si fuera una enorme tela del pintor, gracias a la mimesis fotográfica de Frederick Young y Russell Harlan. Un reto para la mentalidad retrógrada de los magnates de Hollywood.

Vincent y Theo (1990), film que marcó el retorno triunfal de Robert Altman al cine comercial, biografía de tono realista con sensacional labor de Tim Roth.

Los sueños (1990) de Akira Kurosawa, film en episodios. Uno de ellos presentaba a Martin Scorsese como Van Gogh, sumergido en los trigales de sus últimas pinturas.

Van Gogh (1991) de Maurice Pialat, relato biográfico de austeridad bressoniana, con un estupendo Jacques Dutronc en el rol protagónico.

Los ojos de Van Gogh (2005), personal apuesta dirigida e interpretada por el británico Alexander Barnett, que enfoca la estadía del pintor en el asilo de Saint Paul.

Yo, Van Gogh (2009) de François Bertrand, experiencia sensorial que utilizó el IMAX para explorar los lienzos del artista. Jacques Gamblin prestaba su voz al pintor-narrador.

Van Gogh pintado en palabras (2010), producción de la BBC de Andrew Hutton con Benedict Cumberbatch en el rol titular, donde todos los diálogos fueron extraídos de las cartas y apuntes del pintor.

Hasta la vista, hechicero (2016), iconoclasta musical de Daisuke Nishida, con Vincent y Theo japoneses, yendo de lo naif a lo trágico, entre música y delirios visuales.

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Amilcar Nochetti

Tiene 58 años. Ha sido colaborador del suplemento Cultural de El País y que desde 1977 ha estado vinculado de muy diversas formas a Cinemateca Uruguaya. Tiene publicado el libro “Un viaje en celuloide: los andenes de mi memoria” (Ediciones de la Plaza) y en breve va a publicar su segundo libro, “Seis rostros para matar: una historia de James Bond”.