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Viajes

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Va en el ómnibus hacia el oeste de la ciudad. El vehículo se detiene en la parada de la plaza Joaquín Suárez. Aunque ha pasado muchas veces por allí, nunca le había prestado atención al cartel que está sobre la fachada de la casona de enfrente.

Nada más verlo, se transporta a otra dimensión.

A principios de los años setenta, en Mercedes había muy pocas televisiones. En los apartamentos en los que él vivía, por ejemplo, solo don Mario Retamosa tenía una. Hombre generoso, en verano, la sacaba al patio común para que todos los vecinos pudieran asistir al espectáculo que brindaba aquella caja de madera llena de válvulas, cuya pantalla emitía su magia en blanco y negro.

Al niño que era entonces, el aparato le parecía abracadabrante: “del futuro”, como se decía en aquel tiempo. Si tuviese que traducir aquella expresión a una más actual, podría equipararla a lo que hoy se llama “tecnología de última generación”. No resultaba raro, por tanto, que, cuando escuchaba en la radio de su abuela la resonante voz del locutor de Radio Carve que profería el anuncio: “20 10 50, Marlain TV da la hora”, se imaginase aquel comercio de la lejana capital como un laboratorio de la NASA o algo por el estilo.

En retrospectiva, hogaño, cuando hace ya mucho que el lema de Marlain TV (“El televisor es otro miembro de la familia”) ha cobrado validez universal, le causa gracia su antigua inocencia. Empero, piensa, sonriendo para sus adentros, algo de verdad contenían sus visiones infantiles: teniendo como punto de partida aquel sitio que otrora imaginaba repleto de artefactos vanguardistas, acaba de “despegar” y hacer un viaje en la máquina del tiempo.

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