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Vieja y nueva normalidad en los discursos presidenciales por Eduardo Gudynas

Vieja y nueva normalidad en los discursos presidenciales por Eduardo Gudynas
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Días atrás, el presidente Luis Lacalle Pou nos explicó que estamos en camino a una “nueva normalidad”. Subrayó la importancia de esos términos para encarar el futuro. La idea no es original de este gobierno, y ya había sido empleada en otros países para las posibles salidas a las cuarentenas impuestas o voluntarias. La usaron, por ejemplo, Pedro Sánchez en España y Sebastián Piñera en Chile, tan sólo para citar casos en continentes distintos. Ni siquiera era exclusiva de los políticos, y ya antes estaba en manos de los analistas de mercados y empresas.

Ante semejantes anuncios, ¿qué quiere decir normalidad? ¿qué implicaría anunciar una normalidad que es “nueva”? Comenzando por el término “normalidad”, hay por lo menos dos significados relevantes. Por un lado alude a lo que es corriente, usual o común, y por el otro lado, a seguir los mandatos de las normas. Es ese segundo aspecto el que es clave para la política ante la pandemia.

Orden, progreso y obediencia

Como la normalidad sería cumplir los preceptos, mandatos, modelos o normas establecidas, cuando se habla de ella desde el pináculo de poder del Estado, siempre se alude a la obediencia. Ese vínculo ya estaba claro en el origen moderno del concepto a manos del filósofo francés Auguste Comte. Ese antecedente del siglo XIX tuvo mucha influencia en América Latina. No olvidemos que en la bandera de Brasil se lee “orden y progreso”,  lo que es parte de una frase muy conocida de Comte, aunque esas ideas también alcanzaron a regímenes como los de Bartolomé Mitre en Argentina o Porfirio Díaz en México.

La influencia de aquellos positivistas llegó a nuestros días. La normalidad es concebida como una cualidad positiva que evitaría caer en lo que se describe como anormal, caótico o incluso patológico. La política y la organización del Estado deberían asegurar lo que en el siglo XIX se describía como progreso y que hoy es entendido como crecimiento económico. Para todo esto se debe asegurar la obediencia y el acatamiento a las leyes.

Entonces, cuando el presidente habla de la normalidad habrá que discernir hasta dónde llega la imposición de la obediencia. Por un lado, se debe rescatar que el gobierno no impuso una cuarentena coercitiva en manos de policías y militares. Evitó caer en extremos como los denunciados en las prácticas policiales en Perú o Ecuador, o la militarización en algunos sitios de Chile. En el gobierno de Lacalle Pou, en este aspecto prevaleció una postura liberal que respeta al individuo.

Pero por otro lado, si la normalidad nueva es la que anuncia la ley de urgente consideración o algunas medidas del gobierno, se encienden luces amarillas y rojas. Nos llaman a aceptar un Estado más policial y represivo, apelando al hartazgo y miedo de la población para aceptar el debilitamiento de derechos humanos. Nos muestra un gobierno que permite que las corporaciones privadas conviertan un impuesto en una donación, y decidan cómo emplearlo. Se admite que hay abusos en los precios de artículos de primera necesidad pero no se actúa sobre el mercado ni sobre las empresas para evitarlo. Se proclama que el Estado controla el sector salud pero se tolera que las mutualistas dejen de atender múltiples dolencias o cobren por servicios que supuestamente no deberían cobrar. Se dice que se defenderá la libertad de prensa pero se permiten controles previos a los periodistas.

Como se repite en muchos rincones del mundo, no se puede regresar a la normalidad ya que en ella estaba instalada la crisis. La supuesta normalidad uruguaya no tenía mucho de normal porque enfrentábamos todo tipo de injusticias y contradicciones en la cobertura de derechos y la calidad de vida. Lo mismo ocurría a nivel internacional por factores como la globalización, las asimetrías políticas y económicas, o el poder militar, produciéndose múltiples injusticias sociales y ecológicas. ¿Deseamos permanecer en esa normalidad?

Bajo esta epidemia se puede usar el miedo al contagio o a los desórdenes para mantener muchas de esas pasadas condiciones, agregándoles ahora más mecanismos de obediencia y acatamiento.

Desobediencia y anormalidad

La construcción de la normalidad no es ingenua ni neutra, y por ello es un problema político de primera magnitud. Si aceptamos que la pretendida normalidad no tiene nada de normal, antes que generar una nueva versión, la postura a seguir es otra, casi contraria a la que piden los gobernantes. Se debe invocar la anormalidad y entender la desobediencia. La novedad debería estar en explorar alternativas no solamente incómodas, sino también aquellas que resultan inconcebibles bajo las actuales normalidades que nos obligan a obedecer.

Ese sentido de la anormalidad falta en los discursos políticos. No solamente en los del presidente, sino en casi todo el espectro partidario, ya que mientras unos parecerían querer aprovechar la “nueva” normalidad para imponer un mayor disciplinamiento, muchos en la oposición suspiran con regresar a la “vieja” normalidad de los gobiernos pasados como si desde allí no se hubieran originado varias de las dificultades que hoy padecemos. Sea por derecha como por izquierda también están los que miran con admiración controles sociales totales, como los que aplica China con su monitoreo continuado de los ciudadanos. Unos y otros confunden la necesidad de controlar la diseminación del virus con la aspiración de una vigilancia total que asegure la obediencia total. Allí están los peligros de la nueva normalidad.

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