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Visiones de lo oculto

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La palabra “subterránea” se ha utilizado en varias contextos para hacer referencia a prácticas contraculturales. Contra la cultura “oficial” siempre se ha desarrollado una cultura “subterránea”, “underground”, a veces clandestina. Un ejemplo de cultura subterránea, semiclandestina, es la cultura gay. En el Río de la Plata los años ochenta fueron de destape, pero los encuentros siguieron teniendo algo de furtivo y fugaz. Del otro lado del Plata pulularon como hongos efímeros centros culturales como el Parakultural en donde la cultura gay se expresaba sin tapujos a partir de artistas como Batato Barea, Alejandro Urdapilleta, Néstor Perlongher o Humberto Tortonese. Ese clímax “under” cayó en el olvido a partir de, paradojalmente, la masividad. Al decir de Silvia Armoza, una de sus protagonistas: “Cuando la televisión le abrió paso al underground, el underground se hizo pasita de uva, se vació”.

La masividad regula la potencialidad subversiva de lo “obsceno”, de lo que debe estar fuera de escena pero se decide mostrar. Si hay un espacio para el trasiego de la cultura subterránea a la cultura oficial es a partir de la domesticación de la zona más escabrosa, desde el punto de vista de la cultura mayoritaria, de lo que puede ofrecer la cultura “subte” o “under”. Por eso mismo intentar, como hace Bruno Contenti en Subterránea, “mostrar lo oculto”, destapar ciertos velos para evidenciar la hipocresía estructural de nuestra sociedad es un desafío particularmente difícil desde el punto de vista formal. ¿Cómo hacer para, en un contexto tradicional de “representación”, poner el foco en lo que no pertenece a ese contexto? ¿Cómo hacer para representar lo oculto desde el código de lo visible?

 

Subterránea

El autor y director de Subterránea parte de la cultura visible, y deja ver como lo subterráneo va apareciendo como si fueran pequeñas erupciones, pequeños estallidos, hasta que se instala, aunque no sin resistencia de lo visible. Cómo logra que esa tensión involucre directamente al espectador es uno de los puntos más potentes de su propuesta. El público de Subterránea llega a una fiesta que se desarrolla en el hall de entrada de Tractatus, y la obra empieza sin mayores ceremonias, en ese mismo hall. Mientras tanto algunas experiencias “furtivas” transcurren alrededor, lo involucran en un lugar ya no meramente de “espectador teatral”. Luego de esa introducción pasamos a la zona más “convencional” de la propuesta, cuando en otro espacio los personajes se presentarán al público mediante monólogos en clave de stand up. Esa ruptura con el código anterior parece necesaria para que el espectador conozca de primera mano a los personajes y pueda evaluar lo que verá luego con más información. Luego volveremos a la fiesta en donde la protagonista será Ana (Josefina Trías), quien es la agasajada ya que recién se ha graduado en la Universidad Católica. Ana parece obsesionada porque se concrete un “proyecto de vida” en que el amor juega un rol central. Su amiga de la adolescencia Romina (Cecilia Yáñez) tiene un talante más oscuro, más pesimista, pero tiene en la maternidad uno de los ejes para el futuro. Tanto Hugo (Sebastián Calderón) como Germán (Enzo Vogrincic) parecen más marcados por un impulso sexual instintivo, que sin embargo se vive de forma diferente. Hugo, pareja de Ana, es atravesado por contradicciones y culpas, mientras que Germán, pareja de Romina, parece más cómodo con su hedonismo casi cínico por momentos.

La clave del espectáculo son los personajes. Insatisfechos, fragmentados, vacíos, un cúmulo de adjetivos podríamos hallar para denotar a estas criaturas típicas de la “posmodernidad”. Y lo interesante de la propuesta es que dentro de los múltiples discursos que se enfrentan en la obra ninguno es privilegiado por el autor. Si Ana claramente parece querer imponerse un proyecto vital con el que no se encuentra cómoda, sometiéndose así a un orden social que la lleva a la neurosis, el personaje más hedonista, Germán, también parece estar siendo guiado por un discurso sobre la construcción de género y la sexualidad que de tan repetido como fórmula parece vacío, como el propio personaje. Nadie está satisfecho en Subterránea, más allá de las autoproclamaciones, y en ese sentido la obra es una invitación al debate, y no a confirmar tesis previas.

 

La “mala conciencia”

En Subterránea lo “oculto” emerge como fuga entre las grietas de lo “visible”, no poniéndole el foco, y este era uno de los desafíos por los que nos preguntábamos antes. Y si esto se logra tan eficazmente como sucede en este espectáculo es por el lugar en que es colocado el espectador. El espectador aquí es uno más entre los invitados a la fiesta. Uno más entre los que se sorprende ante las confesiones de Hugo y los argumentos de Ana. Uno más de los que se toma una cerveza oyendo la música interpretada por Bruno Travieso. Ese lugar en que el espectador es ubicado lo obliga a formar parte del debate, no solo a presenciarlo. Poniendo al espectador en ese lugar la propuesta se acerca a lo que Pasolini llamaba teatro del gesto o del grito, aquel en que: “la palabra ha sido completamente desacralizada, o mejor aún, destruida, a favor de la presencia física pura”.

Decía Nietzsche en la Genealogía de la moral: “Todos los instintos que no se desahogan hacia fuera se vuelven hacia dentro (…) Todo el mundo interior originariamente delgado, como encerrado entre dos pieles, fue separándose y creciendo, fue adquiriendo profundidad, anchura, altura, en la medida en que el desahogo del hombre hacia fuera fue quedando inhibido”. Así explicaba el origen de lo que él llamaba “mala conciencia”. Quizá esa sea una de las claves para interpretar Subterránea, entender ese mundo oculto que se ensancha hasta erupcionar como ese mundo interior que se hincha de tanto contener instintos que no se desahogan. Pero cuando esos instintos salen fuera no se liberan, han sido procesados por discursos que los etiquetan y los encorsetan, tienen su lugar en la “cultura”.

El equilibrio entre ese complejo entramado de represiones, ocultamientos e hipocresías que le interesa poner en escena a Contenti y las formas teatrales con que lo hace convierten a Subterránea en uno de los hechos teatrales más interesantes y estimulantes de la cartelera montevideana.

 

Subterránea. Texto y dirección: Bruno Contenti. Elenco: Sebastián Calderón, Josefina Trías, Enzo Vogrincic, Cecilia Yáñez y Bruno Travieso (música en vivo). 

Funciones: viernes 21:30. Centro Cultural Tractatus (Ituzaingó esq. Rambla 25 de Agosto)

Leonardo Flamia Periodista, ejerce la crítica teatral en el semanario Voces y la docencia en educación media. Cursa Economía y Filosofía en la UDELAR y Matemáticas en el IPA. Ha realizado cursos y talleres de crítica cinematográfica y teatral con Manuel Martínez Carril, Miguel Lagorio, Guillermo Zapiola, Javier Porta Fouz y Jorge Dubatti. También ha participado en seminarios y conferencias sobre teatro, música y artes visuales coordinados por gente como Hans-Thies Lehmann, Coriún Aharonián, Gabriel Peluffo, Luis Ferreira y Lucía Pittaluga. Entre 1998 y 2005 forma parte del colectivo que gestiona la radio comunitaria Alternativa FM y es colaborador del suplemento Puro Rock del diario La República y de la revista Bonus Track. Entre 2006 y 2010 se desempeña como editor de la revista Guía del Ocio. Desde el 2010 hasta la actualidad es colaborador del semanario Voces. En 2016 y 2017 ha dado participado dando charlas sobre crítica teatral y dramaturgia uruguaya contemporánea en la Especialización en Historia del Arte y Patrimonio realizado en el Instituto Universitario CLAEH.