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Wilson clandestino por Luis Nieto

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La primera noche de Wilson en la clandestinidad la pasó en una embarcación, en el puerto del Buceo. Él y su esposa Susana no podían imaginar, aquella noche, que el exilio sería tan complicado, doloroso y lleno de riesgos. Riesgos políticos incluidos. En los años que tuvieron que ir de aquí para allá, desarraigados, Wilson tenía un reproche muy personal para hacerle a la dictadura: que le impidiesen compartir con sus nietos la experiencia de ser abuelo. Seguramente tenía otras tantas cosas que reprochar a los militares, sin embargo esa era su forma más personal de expresar todo lo que implicaba su desarraigo.

La semana pasada Juan Raúl Ferreira reveló algo que la audiencia que lo escuchaba festejó con alboroto: Wilson había recibido de Fidel Castro tres pasaportes uruguayos en los que figuraban sus nombres verdaderos, los de señora y su hijo. Juan Raúl aclara que tenían grandes diferencias, pero aquello era un acto de solidaridad, las diferencias políticas e ideológicas quedaban de lado. Sin embargo, Wilson siguió viajando con su pasaporte extendido por las Naciones Unidas, que él había bautizado “el pasaporte Adidas” porque tenía dos franjas negras en el vértice superior izquierdo. Era el pasaporte que Acnur entregaba a los refugiados, en el caso de los exiliados en España, donde correspondía “Nacionalidad”, el pasaporte Adidas aclaraba que se traba de un “Apátrida”. Cierto que daba dentera viajar con aquel documento. En las oficinas de Migraciones siempre había que dar alguna explicación, pero era lo que había.

La revelación de su hijo es extraña, ni Diego Achard, amigo de Juan Raúl que actuó como secretario de Wilson Ferreira en los once años que duró su exilio había comentado el regalo de Fidel Castro. Pero más extraño es que le dé un valor solidario a un documento falso que podría traerle más complicaciones que ventajas. Wilson viajó siempre invitado por alguna institución, o haciendo las gestiones previas para poder viajar de forma legal, utilizando el pasaporte adidas que Acnur le había proporcionado a Wilson al refugiarse en Londres. Fue una persona que dejó en manos de su hijo Juan Raúl la relación con las organizaciones de izquierda del Uruguay, y hasta de algunos gobiernos, como el de Nicaragua, del que su amigo y compañero de residencia estudiantil, el sacerdote Miguel D’Escoto, fue ministro de Relaciones Exteriores del gobierno sandinista durante diez años.

Fruto de las gestiones de Juan Raúl Ferreira surgió una tibia alianza entre partidos del Frente Amplio y él mismo, una organización que no tuvo otro objetivo que poner la cuestión Uruguay en la agenda internacional, pero nunca tuvo peso popular en el exilio uruguayo. Bajo una apariencia pluralista, la Convergencia dio algunas conferencias pero nunca tuvo una expresión política dentro del país. Donde fuese Juan Raúl Ferreira, que entonces era el Presidente de la Convergencia, aparecían agentes muy conocidos del Departamento de la Seguridad de Cuba, como Arana, o Eduardo Serrano.

Juan Raúl hablaba con candor y simpatía de esos poderosos agentes. Es fácil imaginar la jugada de la Seguridad del Estado de Cuba ante un dirigente político del calibre de Ferreira Aldunate. Pocos sabían de la molestia que le producía el pasaporte de las Naciones Unidas, pero de ahí a utilizar un pasaporte falso de origen cubano, es dudar de la  capacidad racional de Ferreira. Es cierto que pudo haber calculado mal algunas reacciones de la dictadura, y sobrevalorado la capacidad de reacción de su propio partido ante su llegada al país, y ese descuido le pudo haber llevado a prestar poca atención a su entorno. Ferreira Aldunate quería ser el Presidente de Uruguay y estaba convencido que lo sería.

Mientras la estrategia de formar un frente político amplio crecía en el exterior, y le permitía a los partidos políticos opositores a la dictadura exhibir una imagen amplia -a imagen y semejanza del Frente Amplio-, en las elecciones internas de 1982, el general Seregni, desde la cárcel, llama a votar en blanco. Quizás no era la respuesta esperada por el presidente de la Convergencia, Juan Raúl Ferreira, que hubiese preferido que el voto de sus compañeros de frente opositor se reflejase en el fortalecimiento del sector wilsonista dentro de Uruguay. Con visión de futuro, percibiendo que la dictadura estaba cediendo terreno de forma irreversible, el general Seregni fundamenta la necesidad de que la izquierda, hasta con una votación minoritaria respecto al “voto útil”, que pudiese fortalecer a partidos tradicionales para dialogar desde una posición más fuerte frente a la dictadura, insiste en votar distinto a los PPTT, dejar una huella en ese momento todavía incierto de la transición.

A la larga, la propuesta de Seregni resulta decisiva para mantener al Frente Amplio a salvo de aquella coyuntura. Desde el punto de vista organizativo, el FA no representaba una amenaza para la dictadura, y, tampoco, podía acceder tan fácilmente a sectores de la opinión pública y política internacional que pudieran jugar un papel decisivo en el debilitamiento del gobierno militar, como, por ejemplo, ante el gobierno de los Estados Unidos, donde la figura de Wilson Ferreira consiguió lo que la izquierda uruguaya jamás podría haber conseguido.

En setiembre de 1977, el presidente James Carter recibió a Aparicio Méndez, entonces presidente de Uruguay. En documentos desclasificados, se revela el contenido de las recomendaciones de sus principales asesores en materia de política internacional: el Consejero de Seguridad Nacional de Estados Unidos Zbigniew Brzezinski, le sugirió a Carter que alentase a Méndez a tomar medidas que mejoraran la situación en materia de derechos humanos y a que le advirtiese que la comunidad internacional juzgaría a su gobierno por sus hechos y no por sus palabras.

En noviembre de 1977  el subsecretario de Estado Warren Christopher, le sugería a Carter que Estados Unidos se opusiera a que el BID le concediera un préstamo a Uruguay para la construcción de una carretera debido al poco avance que el gobierno uruguayo mostraba en cuanto a los derechos humanos.

En otro documento se le aconsejaba a Carter aplicar a Uruguay la “Enmienda Harkin” de 1975, que vinculaba la ayuda económica de Estados Unidos a la consideración que Uruguay tuviese sobre los derechos humanos. Uruguay estaba pendiente de recibir varios de estos préstamos para la construcción de la represa de Paso Severino, entre otras obras. También Brzezinski le hace ver a su presidente la necesidad de que las dictaduras de Argentina, Chile y Uruguay no interpretaran que Estados Unidos tenía una actitud blanda hacia las violaciones de los derechos humanos, de los que se los acusaba.

Sin dudas que el apoyo internacional de la dictadura uruguaya tuvo una repercusión grande en su sobrevivencia, el recorte de venta de armas, sumado al rechazo a la concesión de créditos importantes fueron horadando la moral del régimen. Wilson Ferreira Aldunate jugó un papel importante en la actitud de Estados Unidos hacia Uruguay. Desde luego que la actitud del gobierno de Estados Unidos podría haber sido más moderada de sospechar que Wilson jugaba con dos barajas.

Viajar con pasaportes falsos proporcionado por Fidel Castro, aunque se tratase de un acto solidario, no hubiese sido comprendido de esa manera por el Departamento de Estado. Además, no dejó de ser un acto humillante que Castro le hiciera llegar documentos de su propio país a Ferreira Aldunate.

Mal el entorno de Ferreira Aldunate al haber aceptado documentación falsa procedente de Cuba y mal su hijo, ahora, sacando ese dato del cajón de los secretos políticos para recoger aplausos fáciles.