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WOODSTOCK: Un testamento generacional

WOODSTOCK: Un testamento generacional
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Del 15 al 18 de agosto de 1969 se ofreció un concierto de rock en una granja de 240 hectáreas en el norte del estado de Nueva York, lugar al que asistieron 400.000 personas, mucho más de lo previsto, de lo que se recaudó y de lo que podría ser alimentado o protegido por lesiones y sobredosis de drogas en un fin de semana. Llovió, había barro, las carreteras se bloquearon, pero la música continuó. Ese megaconcierto fue filmado por Michael Wadleigh y un equipo que incluía al joven Martin Scorsese y la que luego sería la eterna montajista de su obra, Thelma Schoonmaker. Expusieron 200 kilómetros de película, filmada con 16 cámaras. La película se llamó Woodstock y hoy se cumplen 50 años de su estreno. La versión original duraba 184 minutos, y los memoriosos recordarán que se eternizó durante años en los trasnoches del Nuevo Liberty. En la actualidad hay un director’s cut digitalizado que llega a los 225 minutos, e incluso existe una edición con material adicional que llega a las seis horas de duración.

Si no hubiera sido por la película, Woodstock sería recordado como un concierto de rock con algunas actuaciones míticas. Pero el documental creó la idea de Nación Woodstock, que existió durante un tiempo y fue absorbida luego por el mito. Pocos documentales han capturado un tiempo y un lugar de manera más completa, conmovedora y talentosa. Hay mucha música, y se logró una intimidad sorprendente con los artistas, pero no es sólo una película musical: es un documental sobre la sociedad y la juventud de la época, mostró cómo los músicos le cantaron a esa gente, a la comuna de la granja de cerdos que les dio de comer durante tres días y al hombre que proporcionó los baños portátiles. Es decir, al pueblo llano y solidario. Lo notable del film es que, al verlo, el espectador experimenta la irreprimible sensación de haber estado allí. Wadleigh y sus editores permitieron que cada intérprete creciera y se duplicara sobre sí mismo sin interferencias, porque éste no es un documental de grandes éxitos, aunque los hits estén ahí y digan presente.

El solo de guitarra de Jimi Hendrix es el elemento individual más famoso de la película, que lo utiliza como cierre: cuando Hendrix comienza vemos los terrenos del concierto después que la gente se fue, dejando escombros, mantas y zapatos embarrados. Luego la cronología se invierte para mostrar el relleno del campo, hasta que finalmente vemos toda la extensión de la poderosa multitud, mientras la guitarra de Hendrix sigue estremeciendo el aire. De todas formas, el concierto fue democrático en su elección de intérpretes. Country Joe McDonald lidera la multitud a través de una canción ferozmente antibélica. Los negros del conjunto Sha-Na-Na hacen una magnífica versión coreografiada de un viejo tema de los años 50. Joe Cocker se desangra reinventando una correcta canción de Los Beatles y convirtiéndola en un hito memorable. Incluso ahora, en los 45 minutos adicionales del director’s cut, podemos acceder a los sets de Janis Joplin, Johnny Winter y Jefferson Airplane, que no estaban en el original. Sobre todo, a Janis, tan joven y llena de energía feroz, y sin embargo presagiando a la muerte.

Lo mejor fue que los editores no se dejaron atrapar con las típicas tomas de conciertos (cámara fija frente al escenario, apuntando al cantante), sino que estuvieron atentos a las reacciones, las múltiples imágenes, los primeros planos simultáneos de dos miembros de una banda haciendo improvisaciones mutuas. La pantalla dividida era una innovación entonces, y Scorsese y Schoonmaker aprovecharon al máximo la pantalla panorámica. En Woodstock ese sistema se usó como contrapunto, como comentario irónico, como forma de ver a los artistas desde diferentes puntos de vista, e incluso para comprimir la narrativa, mostrando el cielo nublado en una pantalla, mientras la gente sostiene un lienzo soplado por el viento en otra. Y también fueron sencillos cuando el material lo requería. Uno de los momentos más conmovedores es el set de Joan Báez cantando la canción contestataria Joe Hill, y luego bajando la guitarra y cantando a capela Swing Low, Sweet Chariot, con esa voz que hasta ayer nomás siguió siendo la más pura y dulce de todas. Y Woodstock la deja cantar. La captura sin trucos, sin ángulos de cámara sofisticados, sólo ella en una enorme pantalla totalmente negra.

En otras ocasiones, la película sigue a la música dondequiera que vaya. Cuando Santana o Alvin Lee entran en ritmos intrincados, Wadleigh usa la triple pantalla y enmarca al líder en contraposición a su conjunto, todo en sonido sincronizado, algo difícil de registrar en conciertos al aire libre. O todo lo referido a Richie Havens: se lo enfoca detrás del escenario, cansado; luego comienza a cantar Freedom y no volvemos a ver su rostro, sino su pulgar sobre las cuerdas de la guitarra, castigándolas; después vemos su pie, dando con el ritmo, luego los dedos, y sólo recién se vuelve al rostro, y ahora sí vemos a un Richie Havens totalmente transformado, poseído por la energía.

Y a la música hay que sumarle la gente en interacción paralela en la pantalla dividida. Hay gente del pueblo y granjeros, hay perros sueltos y tres monjas que hacen la señal de la paz a la cámara, hay policías y militares en comunión con la gente, y está por supuesto toda esa juventud sumergida en la música y la droga, comiendo, durmiendo, haciendo el amor. Woodstock es una película hermosa, conmovedora y excelente porque no sólo es una lección de cine, sino que se convirtió en un testamento generacional. Quiso señalar el inicio de algo y lo que logró fue marcar un final. Aunque la música, inmortal, pervive…

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Amilcar Nochetti Tiene 58 años. Ha sido colaborador del suplemento Cultural de El País y que desde 1977 ha estado vinculado de muy diversas formas a Cinemateca Uruguaya. Tiene publicado el libro "Un viaje en celuloide: los andenes de mi memoria" (Ediciones de la Plaza) y en breve va a publicar su segundo libro, "Seis rostros para matar: una historia de James Bond".