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Yo también soy Franklin por Carlos Muñoz

Yo también soy Franklin por Carlos Muñoz
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Leí y releí atentamente la entrevista en Voces a Franklin Rodríguez, con la mejor mirada crítica a la que pueda apelar.  Me pareció una buena entrevista con preguntas y respuestas  valientes, criteriosas, coherentes.  Lo apoyo en la mayoría de sus dichos. A pesar que le erra cuando me cita después de una charla privada. No pertenezco a ningún partido político, ni hablo en nombre de nadie. Un tema muy menor frente a lo que creo una declaración de principios tremendamente audaz.

Leí atentamente la entrevista a Oscar Groba publicada al siguiente número. La recomiendo. Es la otra cara de la moneda. Se aclara mucho de lo que le pasa a Franklin y a la cultura uruguaya. “El que atenta contra la unidad es un traidor”. Groba dice cosas muy serias que desnudan una manera de pensar y actuar de la izquierda más reaccionaria. No es nada personal.  Me quedo con Franklin.

Porque creo en la pluralidad más que en la unidad. Creo en la pluralidad más que en la hegemonía. Creo en la disidencia, en la crítica, en la heterodoxia, en la diversidad de todo tipo incluso sexual, en la dialéctica, en la transgresión, en la sorpresa, en la línea irregular más que en la recta, en el caos creativo más que en el orden establecido sobre normas rígidas.  Porque no creo en discursos homogéneos y hegemónicos y no es un juego de palabras. Ni homogéneos ni hegemónicos.  En organizaciones cerradas, reglamentaristas, en verticalazos que aplican el código, en estructuras manejadas con reglamentos y desde los que nos representan para beneficio de los que de verdad detentan el poder.

Porque soy progresista de izquierda, aunque ya no crea en esas categorías maniqueas. Igual soy y lo digo por las dudas. Porque pretendo opinar desde las misma “cultura” que condena a Franklin. Para que se entienda,  no me interesa ni creo en la cultura como base de una ideología hegemónica, maniquea insisto, manipuladora de la realidad. Creo en el juego permanente de ideas que se enfrentan y permiten el crecimiento personal y social. Estoy más con la dialéctica como ejercicio permanente de progreso y cambios, estoy con la mirada humana, sensible, criteriosa y de acercamiento al otro. De abrir puertas y no cerrarlas, de creer en el misterio de la vida, en lo irracional y no siempre en que todo pasa por categorías racionalistas esquemáticas que pretenden dar respuestas a todo y resolver con fórmulas vacías y prejuiciosas la compleja realidad de la existencia.

Creo en las buenas ideas, en las buenas artes, en la riqueza del lenguaje,  en la inteligencia más allá de todo y en el rigor aplicado a crecer, a ser mejores seres humanos. Creo en el compromiso solidario que en su momento me permitió asumir una izquierda joven, pujante, atrevida y revulsiva. No en la que se aplica desde el poder manejada por intereses de grupos, de estructuras vacías, de manejos soberbios y contradictorios. El poder corrompe. Siempre lo creí y  aunque sea trillado y obvio repetirlo, lo digo. Nos creíamos incorruptibles y nadie lo es hasta que se expone y se juega la ropa en la soledad del desierto.  En este país, antes de opinar uno debe hacer su declaración de principios políticos. No tendría que ser así, pero es.  Soy de izquierda, progresista. Lo repito por las dudas. Vote a Tabaré Vázquez en las últimas elecciones.  No voto más al Frente. Por culpa de los corruptos, de los soberbios, de los ineptos aferrados al poder, de los autoritarios, de los que atropellan al que piensa diferente. Una pena por los que han hecho bien su trabajo y forjaron cambios importantes.  La actual oposición no me representa.  No tengo idea  a quién voy a votar.  Me importa la “cultura”, la artística en primer lugar, y la otra, la que tiene que ver con nuestra mejor historia, con nuestras mejores tradiciones, con el país que hizo grandes cosas, que impulsó grandes proyectos, enormes pensadores y escritores, importantes artistas, emprendedores, laburantes sin descanso, pensadores y obreros de calidad.  Me importa un país con una manera de ser que me cuesta  identificar en mi comunidad.  En pocos años el mundo va a ser muy diferente al actual. En pocos años, Uruguay tendrá problemas gravísimos de población envejecida, de violencia, de frustraciones, de falta de oportunidades. No lleguemos a eso. Intentemos no llegar a eso.

La vereda de mi casa está intransitable. Vidrios rotos de autos robados, mierda de perro por todos lados. Mierda sí. Es tanta y tan desagradable que no puede decirse de otra manera. El barrio está complicado. Vivo cerca del ex Zoológico, hoy un predio enorme, sucio, abandonado, oloroso.  Esto también tiene que ver con la cultura y con Franklin Rodríguez y Oscar Groba y con el cuestionamiento del poder y con la extraña sensación de vivir en un país quebrado. Social y culturalmente quebrado.  Para hablar de teatro, basta con ir un fin de semana a cualquier sala chica independiente de Montevideo. Más de ochenta espectáculos en cartel, no más de 40 personas promedio por función, salvo excepciones. El problema no es Franklin y su crítica al Socio Espectacular  o a Mujica. El problema es más grave. No hay ideas, proyectos de peso y acciones conjuntas y seductoras que entusiasmen, que sacudan la modorra burocrática y aburguesada en la que estamos cultos y no cultos, socios y no socios, viejos y no tanto, figuras y anónimos, artistas y públicos.

Quiero un país más serio, atrevido, criterioso, pujante, transitable y disfrutable, placentero y cuidado, con instituciones de puertas abiertas, donde se aplique el rigor de la gestión y la evaluación permanente de resultados. Quiero campañas de “bien público” aunque la palabra suene extraña frente a otras modas lingüísticas. Tenemos un país despoblado, chico y despoblado. No todo está mal, hay cosas muy buenas perdidas en este tornado cibernético que sólo permite la inmediatez. Tenemos muchos problemas. Gente que duerme en la calle, cada vez más, familias enteras, jóvenes, tipos destruidos por la droga, jóvenes recién salidos de la cárcel tirados por las veredas cagadas y meadas por los perros. Ellos son perros abandonados a la mano solidaria de un vecino.

Estoy con Franklin porque no me banco las cazas de brujas. No me banco la izquierda que caza brujas. No me banco los autoritarismos de ningún lado, las amenazas, el ejercicio de la censura disfrazado de víctima. No me banco no pensar o hablar o debatir o rebatir o amenazar.  Porque creo en el debate público. Respetuoso sí, pero debate. Sobre ideas, sobre instituciones y organismos públicos y privados, sobre la gestión pública y privada, desde la verdad en la que creo. Con argumentos.

Porque soy periodista, actor egresado del glorioso Teatro Uno y socio de Sua, director de teatro por elección apasionada, porque fui crítico de teatro y de artes plásticas, porque me siento parte del movimiento teatral. Y tengo muchos amigos en el medio. Disfruto de ellos y de su permanente esfuerzo por hacer teatro en este país. Pero no dejo de creer en la calidad del trabajo.  Creo que la directiva de Sua se equivocó al sancionar a Franklin. Creo  que tengo todo el derecho del mundo a decirlo en voz alta. No critico al sindicato. Critico a la directiva actual. Tampoco es nada personal. Hay que desterrar el amiguismo o el enemiguismo  cuando está en juego algo tan importante como la libertad individual, la crisis de la cultura y el futuro de los uruguayos. No exagero. Creo de verdad que los ciudadanos que no estamos atados a una ideología cercenante y mezquina o que no tenemos vínculos partidarios o con el poder político del signo que sea, tenemos que asumir un compromiso de cambio. En libertad, con actitud positiva, con ideas nuevas y arriesgadas para asumir lo que está mal, proponer y ofrecer alternativas audaces. Estoy harto de la desidia, el conformismo, la actitud complaciente. Ni hablar con las actitudes autoritarias.

Porque hice televisión y  fui productor de A conciencia y  Esta boca es mía durante ocho años. Tuve que enfrentarme diariamente y con toda la dignidad posible a durísimos problemas cotidianos. Problemas de gente como cualquiera que vive a la vuelta de mi casa. Tuve que fumarme también que los resentidos de siempre se ensañaran con una de las mejores conductoras de este país.  De forma anónima, claro.  Compartí su dolor personal frente al agravio que supo eludir con altura. Como le pasó a Petru Valenski hace poco, como le pasa muchos comunicadores. Pero lo más importante, acompañé su inteligencia, sensibilidad y compasión ante cada uno de las duras historias que llegaban al programa. Ese programa, su conductora y panelistas y productores contribuyó enormemente a exponer y visualizar y debatir un país doloroso, a veces violento, a veces víctima de una sociedad quebrada.  También un país ansioso por cambiar, por nuevos proyectos, por resolver problemas nuevos y los que arrastramos desde hace años.  Acompañé a los panelistas con quien compartí y no compartí opiniones. Pero a los que nunca les dije o se les dijo desde ningún lado qué y cómo opinar. Fue y me consta que es una tribuna abierta, profundamente democrática,  un espacio donde el que discrepa es bienvenido. Pero se da la cara y se respeta al otro. No se esconde la mano que pega, no se lincha desde las sombras y el anonimato vulgar de las redes.

Por eso y otras razones, me importa el sistema político en plena libertad de pensamiento, en no considerar al otro como enemigo porque piensa distinto, en creer que una actitud progresista implica aceptar plenamente la diversidad de ideas, de propuestas, de lo que sea. Creo en la política, en el sistema político, en las políticas culturales, en la cultura como expresión de identidad, como trama compleja de crecimiento, de interrelaciones, de tradición y novedad.  El cambio cultural es imprescindible.  No más mierda de perro en la vereda, no más gente durmiendo en las esquinas, no más violencia de cualquier tipo, no más ignorancia, no más jóvenes frustrados en un país de viejos y despoblado, sin alternativas de peso, de proyección, de futuro y de techo ilimitado para el crecimiento.  No más actitudes totalitarias, no más armas, no más enfrentamientos. Adelantarse a los problemas, no a la práctica permanente de apagar incendios.

Soy Franklin porque si hay un reglamento que impide criticar públicamente a la directiva o funcionamiento de un sindicato hay que cambiarlo. Por eso no renuncio a Sua y por eso voy a participar de la próxima asamblea.  Soy Franklin. Pero no es nada personal.  Algo tal vez difícil de entender en época de redes sociales que habilitan el insulto anónimo, el linchamiento inmediato, el ensañamiento con la persona por pensar diferente. En una aldea en la que nos conocíamos todos.  El ocultamiento y el silencio, el voyeurismo y el exhibicionismo .

Porque Franklin Rodríguez es uno de los mejores actores de su generación, a pesar de la señora Mirtha que dijo que era un actor de cuarta, evidencia de la ignorancia y nivel de mediocridad que amenaza nuestra pequeña comunidad.  Porque admiro al Teatro El Galpón aunque nunca compartí su proyecto artístico ideológico. Porque también creo en la calidad de sus actores más allá de sus opiniones o actitudes y en la de los actores y directores uruguayos. Admiro el talento donde esté. Es un don, es un regalo, es una joya que debe apreciarse más allá de quién la exhiba. Espero con optimismo, buen humor y entusiasmo, un antes y un después del caso Franklin. Basta de linchamientos. Impulsemos el debate con actitudes generosas, productivas y constructivas. No quiero dejar un país quebrado a mis hijas. Sueño con un país modelo, ejemplar, en pleno ejercicio de la calidad, el respeto y el rigor para ubicarlo entre los mejores del mundo. Un país de grandes proyectos y realizaciones. Creo que no es  mucho pedir.

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