En el país imaginado todos, o casi todos, los funcionarios públicos, especialmente los ministros y los demás jerarcas, pagan todos sus tributos, cumplen la ley, no son tramposos ni delincuentes, no mienten ni exageran y son buenos vecinos. Después de describir esa imagen, el Alto Funcionario confesó que en el país real, esas imágenes están carcomidas, y las fantasías de inmaculados y virtuosos políticos trastabillan, y muchas veces se derrumban.
Mucha gente no reconoce ese país real y prefiere entretenerse en aquel otro imaginado, hasta que los traspiés son evidentes. El gobierno está padeciendo que, en una sucesión de eventos, se supo que una ministra de vivienda no declaró construcciones, y por ello no pagaba tributos que se imponen sobre los inmuebles, acumulando una gran deuda; días después, el director de la agencia de planificación económica que depende directamente del Primer Magistrado, también esquivó tributos por varios años sobre una casa de veraneo.
En el pasado, no pagar los impuestos o cualquier otra ilegalidad, se escondía, y en caso de quedar en evidencia, la persona renunciaba por vergüenza. Era intolerable. O bien, aunque no lo sintiera así, sabía que la mayor parte de la ciudadanía lo consideraba inaceptable. No era necesario que hubiera una avalancha de memes en las redes o que lo llamaran por teléfono, sino que se imponía la necesidad de renunciar.
“Hoy es distinto”, aportó un Asesor Muy Especializado. Agregó: “Ustedes, los políticos, deben decidir dónde colocar la distinción que separa entre un incumplimiento tan grave que obligue a echar a alguien, e incluso sancionarlo, de la aceptación, explicándola como un error o un olvido”. Si es una cuestión de dinero, ¿dónde ubicar la frontera? ¿Cuándo se vuelve inaceptable una deuda? ¿si es de un millón de pesos? ¿diez millones de pesos?
En la reunión de políticos, que ahora son Altos Funcionarios, se escucharon a los que afirmaban que todo dependería del tipo de impuesto que no se pagó. Incumplir año tras año con Primaria sería algo muy negativo, ya que significaba desatender obligaciones con los niños, lo que generaba mucho rechazo. Pero dejar de pagar la contribución inmobiliaria solo sería un dolor de cabeza para una intendencia, y por ello podría ser perdonado. Unos viejos políticos cuestionaron que era impropio que una ministra de vivienda no pagara los impuestos vinculados a los inmuebles; agregaron que eso sería como que el presidente de UTE no abonara la electricidad o que el presidente del BROU fuera un gran deudor bancario. El Asesor Muy Especializado siguió ese razonamiento, concluyendo que un jerarca no puede tener incumplimientos específicos al área que maneja, pero si hacía trampas en otro campo, sería discutible. Bajo esa postura, el ministro de vivienda podría deberle al sistema financiero, y el ministro de salud podría dejar de pagar los tributos sobre inmuebles, sin que tuvieran consecuencias políticas.
La gente olvida, insistió un Alto Funcionario. Hoy se mira al planificador nacional que no pagó el pagó el impuesto de su casa en la playa, pero esa misma persona antes fue rector universitario, y aunque eso supondría un mayor apego moral en apoyar el sistema educativo, allí también incumplió con esos pagos, pero esa universidad guarda silencio.
Si los intendentes pueden hacer lo que quieran, ayudando a los amigos, cubriendo el clientelismo como si fuera solidaridad, imaginen lo que puede hacer el Señor Ministro desde su sillón. Entonces, si pagó o no pagó tal o cual impuesto es, en realidad, un síntoma de un problema más profundo que no se soluciona con saldar la deuda. Es como si las reglas que los ciudadanos deben seguir, no se aplican a los políticos. Como si al ocupar un cargo, la mezcla de ignorancia y avivadas deberían ser perdonadas. Esa es la real deuda que tienen con todos nosotros.







