“El siglo de Henry Kissinger no fue fácil, pero sus grandes desafíos se adaptaban a su gran y curiosa mente”, dijo a modo de epitafio el Ministro de Asuntos Exteriores de Ucrania, Dmytro Kuleba. Inmortalizaba así su pensamiento a través de la plataforma X a poco de recibir la noticia de que Kissinger había muerto. Kuleba nos recordaba así que Kissinger había sido tan intenso como longevo, y que habría intervenido hasta último momento en los grandes asuntos del mundo, incluido éste último entre Rusia, Ucrania, como un capítulo de la cuestión estratégica de los Estados Unidos.
Tempranamente, Kissinger afirmaba en su tesis doctoral del año 1957 que la política de principios del siglo XX, una visión que lo acompañaría a lo largo de su ciclo vital, era la de “un mundo restaurado”. Quizás el pilar que sostenía toda su construcción ideológica era precisamente éste, el de la apelación a la legitimidad, básicamente de la fuerza y la realpolitik, aunque no la de las urnas. Kissinger sostenía que un orden mundial tácitamente aceptado por las grandes potencias era “legítimo”.
Si por reflejo y en silencio le respondías “¿y la democracia?”, ya se había adelantado y la respuesta estaba preparada: “la ‘legitimidad’ tal como se utiliza aquí no debe confundirse con la justicia”. Para fundamentar esta mirada, un claro alegato de realpolitik: “no significa más que un acuerdo internacional sobre la naturaleza de los acuerdos viables y sobre los objetivos y métodos permisibles de la política exterior”.
Ya en el 2022, en una entrevista que dio a Der Spiegel, ante la pregunta de cómo se explicaba la invasión rusa a Ucrania, respondió sucintamente: “la guerra en Ucrania es, en un nivel, una guerra por el equilibrio de poder. Pero en otro nivel, tiene aspectos de una guerra civil, y combina un problema internacional de tipo clásico europeo con uno totalmente global”.
Aunque fue muy cuestionado, Kissinger estaba persuadido que “la gran mayoría de las figuras destacadas de Rusia, independientemente de sus creencias políticas, se niegan a reconocer el colapso del imperio soviético o la legitimidad de los estados sucesores, especialmente Ucrania, la cuna de la ortodoxia rusa”. Esta conclusión revelaba un conocimiento muy profundo de la nomenclatura soviética devenida en rusa, incluso hasta sorprendente. Pero en enero de 2018, en ocasión de ser invitado a exponer ante un comité del Senado de los Estados Unidos, se informó que el Kremlin era cliente de la firma de consultoría política Kissinger Associates. A Putin lo conoció en los noventa, cuando Vladimir trabajaba en la alcaldía de San Petersburgo, y coincidían en una comisión bilateral para promover la inversión occidental en Rusia.
A las críticas que recibió en esa época, básicamente de que sus ideas se habían quedado dormidas en el tiempo, respondió con cierta cortedad, en una entrevista que publicada en 2016 el The Atlantic: “no es posible incorporar a Rusia al sistema internacional mediante la conversión. Requiere llegar a acuerdos, pero también comprensión. Es una sociedad única y complicada. Hay que tratar con Rusia cerrando sus opciones militares, pero de una manera que le brinde dignidad en términos de su propia historia”.
Consultado por el The Washigton Post, apenas unos días después de que Rusia tomara Crimea, no dudó en afirmar que “para Rusia, Ucrania nunca podrá ser sólo un país extranjero”. Sugirió a los “líderes ucranianos sabios” a “optar por una política de reconciliación entre las distintas partes de su país… Ucrania no debería unirse a la OTAN”.
Y en 2015, entrevistado por The National Interest, insistió con esa visión: “la relación entre Ucrania y Rusia siempre tendrá un carácter especial en la mente rusa. Nunca puede limitarse a una relación de dos estados soberanos tradicionales, no desde el punto de vista ruso, tal vez ni siquiera desde el punto de vista ucraniano”.
Un año después, estando en Moscú, habría de insistir con esa perspectiva: “Ucrania debería servir “como un puente entre Rusia y Occidente, en lugar de como un puesto de avanzada de cualquiera de las partes”.
En mayo de 2022, Kissinger insistía con la necesidad de un alto el fuego en Ucrania y la reinstalación de una línea directa similar a la que funcionaba previo a la invasión. No faltaron quienes interpretaron una suerte de sugerencia para los ucranianos a olvidar el derecho de Kiev sobre Crimea. Sin embargo, diría a modo de precisión, en otra entrevista de Der Spiegel publicada en julio de 2022, que el estatus de Crimea debía discutirse en negociaciones aparte.
Más acá en el tiempo, enero 2023, al exponer ante el Foro Económico Mundial de Davos, como videoconferencista especial, proclamó su “admiración por el presidente de Ucrania y por la conducta heroica del pueblo ucraniano”. Tampoco ocultaba que la agresividad rusa era un problema que no debía desatenderse.
Para Kissinger, “el objetivo de un proceso de paz sería doble: confirmar la libertad de Ucrania y definir una nueva estructura internacional, especialmente para Europa Central y Oriental. Eventualmente, Rusia debería encontrar un lugar en ese orden”. Con este resumen, excluye la posibilidad de rescatar, como última instancia, al “principio de la libre determinación”. Así descartaba de plano esa idea qué él mismo había dejado “caer” ante la falta de viabilidad de las alternativas que conciliaban historia e intereses, pasado y futuro, sin enredarse en el día a día.
A esta hora, no es claro quién va ganando una guerra así, de impresionantes costos en vidas y en recursos. Los iniciales anuncios triunfantes ya quedaron en el olvido, pero no necesariamente ello es sinónimo de derrota pero si de empantanamiento.
Esos triunfos esquivos fueron tan desacertados como la anunciada recesión que no ha sucedido: el PIB de Rusia creció 3,6 en 2023 y 5% en 2024, resultado de los altos precios de la energía y de un “keynesianismo militar” aplicado por Moscú. La contracara, El déficit presupuestario trepó al nivel más alto en tres décadas y la inflación castiga los salarios, provocando una fuga de capital humano produciendo vacíos en sectores estratégicos.
Para Ucrania fue muy diferente: el PIB se desplomó un 22,6 % entre 2022 y 2024. Este año, frente a ese derrape, ha recuperado apenas 2 %. En el 2024 el déficit público fue del 20% del PIB en 2024, por lo que sin ayuda internacional Ucrania estaría en bancarrota. La destrucción de infraestructuras castigó la capacidad de producción. El BM y el FMI han estimado que la reconstrucción de Ucrania costará más 500.000 millones de dólares.
En tres años la tragedia humana es terrible: entre soldados muertos bajas y heridos aproximadamente 1,4 millones (https://www.csis.org/analysis/russias-battlefield-woes-ukraine, publicada por el New York Times del 4 de junio 2025, Las bajas de soldados en la guerra en Ucrania se acercan a 1,4 millones, según un estudio).
Kissinger
Kissinger ha destacado por su capacidad de análisis, estratégica y de simplificación de los problemas. Ha sido el responsable de políticas crueles y antidemocráticas en el plano internacional. Desde su trinchera, fue un académico destacado, un funcionario de resultados y como consultor tuvo su propia estrella. Desde el punto de vista ideológico, fue un hombre leal a sus propias ideas, que eran muchas, y a sus principios democráticos, que eran pocos, muy pocos.






