A semejanza del pueblo por Jorge Alastra

Históricamente, la música popular del mundo proviene de la danza. La Chamarrita es una específica del siglo 17, nacida en el Portugal insular. Una vez llegada a América, más precisamente al Brasil, fue bajando hasta el litoral argentino donde su fundió con lo indígena y lo criollo, afincándose en la provincia de Entre Ríos. Este ritmo todavía es bailado en la provincia citada donde existen grandes festivales. En nuestro país fue trabajada como canción (sin coreografía) por algunos compositores del área folclórica como Aníbal Sampayo, Alfredo Zitarrosa y José Carbajal “El Sabalero”. Este último la cultivó de manera especial siendo, un poco, el centro de sus composiciones más importantes. José Carbajal (1943-2010) fue un enorme autor y compositor de canciones populares, dueño de un carácter interpretativo único. En el universo donde se movía artísticamente, la materia prima era la impronta campera, la del vozarrón que despeina, la del canto viril. Carbajal manejaba otra dimensión donde lo importante era la comunicación intimista, el “decir” suave, expresando sus creaciones desde un ángulo de singular ternura. Pudo entonces manifestarse en un ámbito que era casi el opuesto a su estética porque tenía el don de la expresión; y además porque sus textos estaban muy bien construidos. Eran tiempos virulentos y eminentemente políticos (todos lo son, pero éste era excepcional) y “El Sabalero” empezó a conquistar al pueblo con obras que iban por el lado de la sensibilidad, no de la protesta directa (aunque aparecieron algunas canciones duras como “Medio Gato”, publicada en el paradigmático álbum “Canto Popular” de 1969, donde dice: “Y a esos de botones de oro/ déjenlos nomás que manden/ que si larga hervor la sopa/ no hay duro que no se ablande”). Justamente, en este álbum inaugural aparece una chamarrita que se volvería una canción recordable: “La Sencillita”. El título es casi una declaración de principios ya que lo que siempre persiguió Carbajal en toda su carrera fue la sencillez. Y el diminutivo no es casual, ya que como hablábamos anteriormente, la ternura fue uno de sus vehículos expresivos característicos y generalmente, cuando buscamos definir un rasgo que nos parece tierno, preferimos utilizar palabras en diminutivo que, indirectamente, nos remiten a la infancia. “La Sencillita” tiene olor a pueblo del interior; a rancho con jardín humilde al frente; a mate y tortas fritas. Pero ¿cómo es posible? La música y la palabra poética ¿pueden colocarnos en estos paisajes humanos y sensoriales? En Carbajal esto fue posible porque su biografía estaba volcada con honestidad brutal en sus creaciones. No existía una grieta entre el tipo que escribía y el que vivía lo que narraban los versos: “Rumbeando pa’ la Colonia/ a tres arroyos de distancia/ me le volqué pa’ la zurda/ y me la topé acostada// Miren si será cerquita/ que allí lo que sobra es agua/ no sé si me habrá entendido/ yo le hablo de Villa Pancha”. La música está sostenida por tres acordes; los mismos grados que construyen mucha música popular histórica y contemporánea. En esta aparente sencillez -que termina siendo lo más difícil de conseguir para cualquier músico que se dedique al oficio de construir canciones- navega la canción donde el autor hace -al inicio- las veces de guía turístico, colocándose en el rol de un ciudadano de la capital. Para ingresar a Juan Lacaze (que es el pueblo citado y el de origen de Carbajal) hay que volcarse “pa’ la zurda” cuando se viene por ruta 1, y “Villa Pancha” es una localidad del oeste lacazino. “Venía de un pago muy frío/ traía enferma mi guitarra/ tal vez extrañaba el nido/ de cobijitas moradas// donde juntos aprendimos/ a modelar la chamarra/ a semejanza del pueblo/ pa’ que por el pueblo hablara”. Quizá en estas dos estrofas se resuma toda su obra, o, mejor dicho, por estas estrofas es que la canción del lacazino fue abrazada por la gente, más allá de la intermediación de la prensa o los grandes medios de difusión. La idea de modelar la obra a imagen y semejanza de un pueblo es bellísima y coherente para el que cultiva la música popular. Y colocándose como emisor de la voz de ese pueblo, de resonador sensible de un sentimiento general. Ahí es donde se genera la interacción y la aceptación de un hecho artístico, y en el caso de “El Sabalero”, esto era indisoluble.

“Qué lindo es volver al pago/ ese de olor a foscata/ pa’ charlar con los vecinos/ amargueando de mañana”, el poeta recurre a lo sensorial y a lo amistoso, al apunte cotidiano, inadvertido para el hombre común que no piensa la vida en “versos”. Para Carbajal toda la materia, la más insignificante es digna de ser poetizada: “Pa’ sentir llorar el viento/ cuando se cuelga en las ramas/ y en las noches de tormenta/ las plegarias de las ranas”. En esta creación, aparentemente sencilla, hay un relato muy bien construido, de alguien que ha leído mucho y tiene la sabiduría para colocar en palabras al alcance de todos, lo esencial y directo, sin intermediación de lo intelectual, aunque para llegar a esta síntesis haya que serlo. Las siguientes estrofas son el clímax de la chamarrita: “Qué lindo es volver al pago/ y encontrar lo que faltaba/ cariño, amor y consejos/ calor de hogar y esperanza// En dos viejitos divinos/ bien cargaditos de canas (otra vez la utilización del diminutivo) / qué lindo es volver al pago/ cuando se ha dejado el alma”. En el final, el poeta cita a personajes reales del pago, su actividad cotidiana, su simple humanidad. “El Sabalero” se mimetiza y se transforma en estos personajes, que nos hablan desde sus entrañables versos.

Ilustración: Oscar Larroca 

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