Franny Glass es el alter ego de Gonzalo Deniz. Y viceversa. El cantautor montevideano que más allá de su juventud (nació en 1986) cuenta con una importante trayectoria, apreciada en nuestro medio y en el exterior. Cargando con una estética “Burton” desde lo conceptual, con una mirada melancólica y naif sobre el mundo, sus canciones llegan atravesadas de cierta melancolía luminosa, como envueltas en una pátina de inocencia lúdica, alejadas de la oscuridad. Deniz (Glass) publicó seis álbumes hasta la fecha –disímiles entre sí– sin abandonar su impronta compositiva. Lo último lleva el sugerente título de “Ahora Después”. ¿Existe un oxímoron más uruguayo que este? Es un poco, generalizando, una definición de lo que somos. Cuando nos encontramos con alguien que hace mucho no vemos, solemos despedirnos con un “a ver cuándo nos juntamos”. Y sabemos interiormente que la reunión jamás se materializará. El “ahora después” haré tal o cual cosa significa que con seguridad no lo haré. Pero vayamos al álbum. “Cuando la luz” abre con una grabación “ambiente”. El sonido de la calle, el de un afilador que pasa (¿dónde lo habrán encontrado?), una conversación, una caldera hirviendo que deja sonar su pitido característico. Esto desemboca en un patrón de guitarra insospechado, en una atmósfera mateística. Una rítmica irregular, un bajo que suena vintage, el ataque de un silbido (flauta “pájaro”) que hasta podría llegar a molestarnos. Pero no. Este caos controlado es fantástico y hay algo que lo sostiene que es difícil de definir. Surge un coro mántrico (“Cuando la luz/ Cuando la luz llegue/ (…/ habrá que pagar”). El tema es que la “luz” a la que se refiere Glass (Deniz) está lejos de ser la de la corriente eléctrica. Está hablando de otra luz; de una “divina” que algún día llegará y con una admonición flotando: “habrá que pagar”. Porque además “no se puede vivir prendiendo velas”. El inicio es sugerente, serio, aunque esconde una ironía: la máquina “Burton” es atravesada por el reflejo de Buster Keaton. Los sonidos son orgánicos, envolventes, fuera de lo que hoy se impone a la hora de producir música. Y esto genera extrañeza, estupor y… alegría. “Va rodando” es una falsa rumba cruzada con milonga, un Frankenstein que funciona. El monstruo –pese a remitir a Manu Chao– sale ileso por la sabia introducción de elementos inesperados. Una canción que juega con la tonalidad menor- mayor, acentuando la ambigüedad del protagonista (Y la del propio compositor que es consciente de que no está haciendo un género específico). “Por el día me acuerdo/ Por la noche me pierdo/ Por el día me cuido/ Por la noche me olvido/ Por el día pido perdón/ Por la noche pierdo razón/ Por el día regreso (…)”.
“No tengo nombre” sugiere un viaje temporal. Escuchamos acá al Luis Trochón de 1976, trasplantado. Porque sin lugar a dudas el arreglo remite a Los que Iban Cantando. Una bella melodía (que encajaría perfectamente con un patrón de milonga) vestida con un sugestivo texto: “El ruido no viaja solo/ El silencio lleva tiempo/ La ruta es larga/ Y yo no tengo nombre/ Para este sentir”.
“Cuando sea viejo voy a estar parado/ y tendré dónde caerme muerto” afirma en “Cuando sea viejo”, una cumbia (falsa) desopilante. Es la más sencilla y directa de las canciones donde un veterano desarrolla un jocoso monólogo. Y con alguna sutileza; como cierta nota falsa que aparece, sugiriendo una desafinación del protagonista que cuenta con “la humildad de los grandes”. El Jaime Roos de “Candombe del 31” (visitado por Eduardo Mateo) aparece en todo su esplendor en “A menos que”. Candombe transfigurado, luminoso, que en el puente se funde con algo murguero indefinido, climático, logrando el mejor arreglo, quizá, del todo el disco. El productor Fabrizio Rossi fue pieza fundamental para crear el sonido global que sugiere un anacronismo; como si el tiempo hubiera hecho una voltereta. Y aun así, todo suena en presente. Porque la ambigüedad se mantiene desde el comienzo del proyecto. Deniz es Glass, o Glass es Deniz.
El lazaroffiano “Sillas de playa” se hunde en la experimentación. Con una línea melódica separada del arpegio irregular de guitarra, glissandos de cello (María Viola) imitando los mugidos de la vaca referida, y un pica-pica que hace de metro. Si hubiera aparecido en “Dos” (Jorge Lazaroff, 1983) sería una canción normal del disco. Pero no se trata de comparaciones (odiosas). Franny Glass demuestra aquí personalidad y valentía; es él mismo. Lo que sucede es que este trabajo –atípico y sorprendente para los tiempos que corren– necesita un marco de referencia, un punto de apoyo histórico, porque suena (no todo) a lo que alguna vez se hizo dentro de la música popular en nuestro país. No está copiando; está recuperando la audacia sepultada. Una pausa. En “La del fuego” se coloca las pilchas de David Byrne y parece un homenaje explícito a Talking Heads. El destino de esta canción es el baile. La más pop del álbum. “No se murió el fuego/ Llovizna/ Y a veces viene viento/ que parece enterrar/ pero aviva”. “Oración” –a guitarra y voz– cierra el álbum. Luego de un recorrido cargado de diferentes timbres, búsquedas y texturas, se decidió hacerlo descansar en una estación despojada. “No queda plata/ entonces oro/ No quedan voces/ y te hago un coro/ No queda corazón/ No tiene gracia/ tampoco lloro”. La canción es introspectiva, emotiva y sorprendente por la dimensión dramática que consigue. Una de las mejores performances vocales de Gonzalo Deniz. En el final dice unos versos contundentes: “No quedan dioses/ y les imploro/ No queda nada/ y lo atesoro”. “Ahora Después” es uno de los mejores trabajos publicados en los últimos años por un cantautor uruguayo. Nada más y nada menos.
Ilustración: Oscar Larroca





