La obra “El ocio, fundamento de la cultura” del filósofo alemán Josef Pieper (1904-1997) es una serie de escritos que fueron publicados por primera vez en español en 1967. Es una profunda reflexión que desafía las concepciones modernas del trabajo, la utilidad y el conocimiento, el sentido de la Universidad y de la formación académica, proponiendo una revalorización del ocio y la vida contemplativa como fundamentos esenciales para la cultura y la verdadera realización humana. Pieper, a través de una argumentación rigurosa y un diálogo constante con la tradición filosófica occidental, defiende una visión radicalmente distinta de la dominante en la concepción de la formación intelectual. Para el pensador alemán la filosofía es la más libre de las “artes liberales”, aquellas que tienen su sentido en sí mismas y no necesitan legitimarse por su función social o utilidad.
La filosofía es “inutilizable” en el sentido de una aplicación inmediata; no se deja disponer para fines externos a sí misma; “ella misma es un fin”. La libertad académica está íntimamente ligada a esta libertad filosófica; porque donde se pierde el carácter filosófico de los estudios, se pierde también la libertad académica. El punto de partida del filosofar es el asombro,la perplejidad ante lo no-obvio de lo cotidiano. El asombro no es duda, sino un “deseo de saber”, una “activa exigencia de saber” que incluye alegría y la conciencia del misterio insondable de la realidad. Es una actitud “antiburguesa” que rompe con la “sensibilidad embotada” que encuentra todo evidente. Insiste en la capital distinción entre «conocer» y «comprender» (conocer exhaustivamente): “el hombre conoce, pero rara vez comprende”.
Josef Pieper: una vida filosófica
Pieper estudió Filosofía, Derecho y Sociología en la Universidades de Berlín y Münster. Era catedrático de Antropología filosófica en la Universidad de Münster desde 1950, miembro de la Academia alemana de Lengua y Poesía (Darmstadt) y del Centro de Estudios para la Investigación. Sus estudios se enfocaron especialmente en la Antropologìa y luego en la ética. Su modo de hacer filosofía responde a una disposición vital comprometida, y está lejos de la jerga de los especialistas y del lenguaje sólo apto para iniciados. Denunció acertadamente las imitaciones fraudulentas de la filosofía en los sofistas contemporáneos, en los “best seller” y en las prácticas religiosas mágicas y sentimentales, que hoy podrían incluir el mundo de la auto-ayuda. Su defensa de la filosofía como vida teorética y contemplativa le hizo denunciar en varias obras la dificultad del hombre contemporáneo para celebrar una verdadera fiesta, porque se sabe montar espectáculos comercialmente programados y alegrías prefabricadas, pero la verdadera fiesta exige la capacidad contemplativa para alegrarse con los fundamentos de la existencia. Aunque es conocido por su perspectiva fenomenológica, ha sido criticado por salirse de las metodologías clásicas de hacer filosofía, mezclando estudios históricos, sociológicos, de filosofía de la cultura y especulación metafísica. Aunque siempre es consciente de que ante todo es filósofo, no tuvo reparo en recurrir a los mitos antiguos, a la teología, novelas, poesía y ciencia, para esclarecer la realidad.
El ocio y el mundo del trabajo
El autor comienza su argumento estableciendo que el ocio,en su sentido original griego y latino (schola, neg-otium), no es una mera pausa o ausencia de trabajo, sino el “punto cardinal alrededor del cual gira todo”. Para Pieper, el ocio es “uno de los fundamentos de la cultura occidental” y se contrapone a la visión contemporánea que prioriza el trabajo por el trabajo mismo, llegando a invertir el orden natural. En un “mundo del trabajo” totalitario, donde todo se subsume bajo la “utilidad común” y la actividad funcional, el ocio se convierte en un “lujo intelectual”, algo “intolerable e injustificable”. El ocio no se justifica por su utilidad social o por su capacidad para reponer al “funcionario”. Su razón de ser es que el funcionario “continúe siendo hombre”, capaz de abarcar el mundo como una totalidad y de realizarse como un ser “implantado en el todo del ente”.
El contexto en el que Pieper escribe es el de una sociedad que ha elevado el trabajo a la categoría de absoluto, llegando a conceptualizar al ser humano como un “trabajador” en un sentido antropológico universal. Esta mentalidad se manifiesta en la idea de que “no se trabaja solamente por el hecho de vivir, sino que se vive para trabajar”, una opinión que Pieper considera una inversión del orden natural de la realidad. En este “mundo totalitario del trabajo”, la validez de cualquier actividad humana se mide por su contribución a la “utilidad común” o a la realización de “valores útiles y de cosas necesarias”. Incluso el ámbito de la actividad espiritual, incluyendo la educación filosófica, ha sido sometido a las exigencias exclusivas del mundo de la utilidad.
Esta mentalidad erige la eficacia como valor supremo para evaluarlo todo, incluso las personas valen en la medida de su rendimiento, configurando la mente de tal manera que se descuida el meditar sobre el sentido más profundo del acontecer humano y se reduce a las personas a material humano. Se margina así a otros modos de pensar que no tienen lugar dentro de un rígido marco de pensamiento calculante o técnico, ocultando así el sentido más hondo de la realidad y de la propia existencia para cada ser humano.
Cuanto más la filosofía se adecua en forma definitiva al canon de las ciencias exactas y estrecha su horizonte, se hace más evidente que la única conclusión es el absurdo. El lenguaje de las fórmulas, del cálculo, de los datos, sin un “por qué” ni un “para qué” no valen mucho. La absolutización de la visión positivista cierra la posibilidad de preguntar por el hombre y por la realidad en general. La más profunda aspiración del ser humano no puede ser reducida al lenguaje del cálculo.
La primacía de la teoría
Una de las ideas centrales del libro es que filosofar es esencialmente teoría. Esta afirmación, que a primera vista puede parecer banal, adquiere un carácter “crítico, agresivo y casi revolucionario” en un contexto de obsesión con la utilidad práctica. La esencia de la teoría es “ser movido por la verdad y no por otra cosa”, buscando el conocimiento de la verdad en sí misma, sin estar subordinado a ningún propósito práctico o utilitario. La filosofía es “inutilizable” o “no disponible para fines”, lo que significa que su valor no se legitima por su aplicabilidad o función social, sino que es un fin en sí misma. Este carácter teórico la hace “inconmensurable” con otras formas de categorizar el conocimiento como lo hace el “mundo del trabajo”.
Para Pieper, la Universidad y la formación académica deben tener una finalidad mucho más profunda que la mera instrucción profesional. Si bien forma profesionales, su carácter de “universitas” le exige elevar la mirada y formar en una perspectiva de totalidad. La primera determinación de lo “académico” es que significa “filosófico”, y por ende, “teórico”. Su fin es la “totalidad”: formar a una persona que “sabe lo que pasa en el mundo tomado en su totalidad”. Esto implica que incluso las ciencias particulares, para ser verdaderamente académicas, deben abordarse de manera filosófica, crítica. La “libertad académica” es, por tanto, sinónimo de “libertad filosófica”, es decir, independencia de toda finalidad práctica. Si el saber académico se instrumentaliza al servicio de ideologías o fines utilitarios, “se aniquila la filosofía misma”.
Siguiendo una larga tradición de la filosofía occidental, relaciona la finalidad del ocio y de la filosofía con la felicidad humana. La “suma felicidad del hombre se encuentra en la contemplación”. Esta felicidad no es un privilegio del “filósofo”, sino el anhelo más profundo de la condición humana en su totalidad, que busca plenitud. La felicidad es “esencialmente un regalo”, no un producto del mero esfuerzo, y se da como un “conocer” o “ver” (contemplación). El conocer es para Pieper la “más noble forma del tener”, una apropiación de la realidad donde el mundo objetivo se hace parte del ser del que conoce.
El filosofar es un camino, un “amoroso buscar” la sabiduría, no una posesión definitiva. Los términos “filosofía” y “filósofo” fueron acuñados por Pitágoras y Platón para distinguirse de los “sabios” (sophos), reconociendo que la sabiduría plena solo le corresponde a la divinidad. La filosofía, por tanto, se caracteriza por un “eterno todavía no”; su objeto se da al filósofo “solo en esperanza”. Esta “estructura de esperanza” es inherente no solo a la filosofía sino a la existencia humana misma, que es un estar siempre “en camino”.
“Filosofar significa alejarse, no de las cosas cotidianas sino de los significados habituales, del valor que reciben esas cosas en el día a día. Y esto no en razón de una especie de decisión de distinguirse, de “pensar” de manera diferente de los muchos, sino porque de repente las cosas nos muestran un rostro nuevo. Se trata exactamente de este hecho: que en las mismas cosas con las que tratamos cotidianamente se hace perceptible el rostro más profundo de lo real, no en una esfera separada de lo cotidiano, en una esfera de lo esencial o como se lo quiera llamar, que, a la mirada dirigida a las cosas de la experiencia diaria, se muestra lo no cotidiano, el carácter ya no obvio de esas mismas cosas. Es en este preciso hecho, del que depende aquel acontecimiento interior, que desde siempre se ha colocado al comienzo del filosofar: el asombro”. (P. 121).
“El ocio y la vida intelectual” es una invitación a redescubrir la profundidad de la existencia humana más allá de la mera funcionalidad y el activismo. Pieper nos urge a reconocer la primacía del conocimiento teórico y la contemplación, no como un lujo, sino como la vía esencial para comprender el mundo y a nosotros mismos, para la felicidad y la plena realización del ser humano.







