El joven dramaturgo y director Bruno Acevedo Quevedo volvió a trabajar en nuestra ciudad luego de dos años de estudiar y trabajar en Santiago de Chile. En la capital trasandina lo encontramos a comienzos de este año, donde pudimos charlar sobre sus motivaciones teatrales y las razones que lo llevaron a “ver quién era yo en otro contexto”. A continuación compartimos la charla que mantuvimos en Santiago con algunas actualizaciones que seguiremos ampliando en próximas entregas.
Acevedo Quevedo nació en Montevideo en 1997 y creció en el barrio Piedras Blancas donde vivía con su madre. Integrante de una familia trabajadora, Acevedo cursó la escuela pública en su barrio y el primer ciclo de la educación media en un colegio de la zona sin tener mayores contactos con el medio teatral. Sí se había interesado desde pequeño por la comunicación y el lenguaje audiovisual. Participó de castings de televisión en su niñez y se vinculó a un programa de radio conducido por Susana Bosch. Fue cuando entró al Liceo Zorrilla para cursar bachillerato que el mundo se expandió, y cursando la orientación artística comenzó su vínculo con las artes escénicas. Antes de eso, según confiesa, se aburría en el teatro. “Capaz porque en Literatura nos llevaban a un tipo de teatro que no me estimulaba y me hacía verlo como algo muy cerrado, muy conservador y elitista”. En el cambio de percepción influyeron docentes como el actor y dramaturgo Santiago Sanguinetti. “Él fue la primera persona que me generó contacto directo con la dramaturgia. Uno de los primeros ejercicios que nos propuso tenía que ver con elegir un texto y dirigirlo. Yo entré a la página Dramaturgia Uruguaya, busqué textos, tomé uno de él y lo reconstruí. Y Santiago me dijo que lo que había hecho no era un ejercicio de dirección sino una versión dramatúrgica. Ahí empecé a vincularme con otros ejercicios de escritura dramática y me empecé a dar cuenta de que a través del teatro podía comunicarme”.
Otro docente del Zorrilla que influyó en Acevedo fue el actor Germán Weinberg. “Él nos dio muchas herramientas de dirección y de actuación, y ahí como que cerré el combo, de entender desde la dramaturgia y también desde ese otro lugar. Y por eso salté a Implosivo (la escuela y compañía que dirigen Weinberg y Ximena Echevarría) cuando terminé el liceo”.
Al terminar la secundaria el horizonte del joven Bruno Acevedo se había ampliado y decide inscribirse, además de en Implosivo, en la Tecnicatura Universitaria en Dramaturgia (TUD). Era la primera generación de la TUD y se inscribieron figuras con trayectoria, mientras que Bruno entraba directamente desde el bachillerato. “Junto a Agustina Cabrera éramos los más jóvenes. Compartí generación con Lucía Trentini, con Bruno Contenti, con Leonor Courtoisie, con Sebastián Calderón. Gente que ya tenía una carrera y para mí era todo nuevo. La TUD fue una gran experiencia porque tuve un pantallazo de materiales teóricos y prácticos en torno a la dramaturgia. Por otro lado Implosivo es una escuela laboratorio donde se trabajaban otro tipo de herramientas, mucho más prácticas que teóricas”.
Siguiendo con la dramaturgia Acevedo participó también por esos años de un taller en Escaramuza con Gabriel Calderón, Laura Pouso y Marianella Morena, lo que le terminó de dar un pantallazo sobre la dramaturgia uruguaya, una dramaturgia que hoy percibe como “muy influenciada por el teatro europeo. En en plan de estudios de la Universidad que cursé en Chile había materias como Historia de las Artes en Latinoamérica, cosas que no estudié ni en la TUD, ni en ningún curso o carrera formativa. Siento que hay una falencia en no tomar una referencia propia de nuestro territorio”.
Al año de empezar la TUD e Implosivo estrenás Ruido (2018), donde te conoce gran parte del medio teatral.
Hace poco hablaba con Emiliano Dionisi, el director de El Brote, sobre la manera inconsciente con que uno a veces se vincula con el poder. Yo presenté el proyecto de Ruido a una convocatoria del Centro Cultural de España, que tenía como premio hacer una temporada de seis funciones en el Teatro Solís. La intención era hacer algo que mi generación quisiera ver, algo que atrajera a un público que no fuera asiduo al teatro. Y cuando me seleccionaron en una de las primeras reuniones la subsecretaria del Solís me dijo “esta obra no se puede montar así porque el piso de la Zavala Muniz se puede dañar si ponemos cien personas en el escenario”. Yo entendía que el atractivo en gran parte de esa obra era esa escenificación de una experiencia teatral donde el público pueda elegir si ser parte de la fiesta u observarla desde afuera. Y discutí hasta que generamos un acuerdo en donde en vez de que fueran cien personas al escenario fueron un poco más de cuarenta. Yo hablaba con Emi (Dionisi) y le decía que no sé si hoy tendría el coraje suficiente para decir “no, esto es así y se va a hacer así”.
Siento que Ruido fue lo que me abrió un montón de puertas, que fue un gran desafío, porque fue mi primer dirección profesional, y si bien estuve acompañado por un montón de colegas y compañeros era fuerte tener veinte años y estar en ese lugar de exposición. Y siento que ese lugar como que forjó características personales que me acompañan hasta el día de hoy.
Trabajaste mucho en la producción de otros espectáculos, es algo típico de Implosivo y del medio montevideano el ocupar varios roles.
Yo creo que en esos años, entre 2018 y 2022, me formé en el campo de la producción en Implosivo. Pasé de trabajar y montar Ruido a trabajar con Fondos Concursables, con Fortalecimiento, y eso me hizo adquirir un montón de herramientas. Es algo muy característico del medio teatral independiente el que no haya un rol específico. Y noté la diferencia cuando en 2021 hice una residencia en Nápoles donde trabajé con un grupo integrado por una chica griega y dos chicos italianos. Eva, una compañera que se había formado únicamente en dirección, planteaba una puesta en la que había un elefante colgando, y yo pensaba en modo de producción “esto es imposible de hacer”. Y fue un proyecto que quedó caduco entiendo en parte porque las características del medio teatral latinoamericano difieren un montón de las características del sistema de producción teatral europeo. Vos si te formás en dirección en Europa sos director, no sos productor, no sos dramaturgo. Con todas las ventajas que eso también tiene, porque especializarte en un área o en un lenguaje hace que ganes un montón de información que tal vez cuando estás en muchos lados no lográs del todo. En Castillo inflado (2022) me pasó que agarré demasiadas áreas, la dramaturgia, la producción, la dirección. El espectáculo se desdoblaba en lenguaje audiovisual y ahí trabajamos mano a mano con Claudio Quijano. Y creo que entre Ruido y Castillo inflado hay un abismo porque todo lo que recibí en el post de Ruido, y que esperaba que sucediera con Castillo inflado, no sucedió. Y entiendo que fue porque era un espectáculo largo, donde la dramaturgia estaba demasiado presente dentro de la dirección. Siento que la cajita que armé con Ruido la quise agrandar en Castillo y terminaron tambaleando los cimientos.
¿Cómo llegás a Santiago?
En un momento sentí que no había mucho espacio en el medio teatral donde realmente se pudiera vivir haciendo teatro. Y yo me encontraba en una especie de borde donde algunas puertas se habían abierto y otras permanecían -permanecen- cerradas. Me di cuenta que hay una característica de mi trabajo en dramaturgia que tiene que ver con que cuando pienso en una obra no pienso solo en el escenario o en el edificio teatral, pienso en un universo que después, con distintas herramientas, intento generar. Eso hace que termine teniendo una visión más interdisciplinaria, o transdisciplinaria, que involucra distintos lenguajes. Y para seguir generando un avance académico y poder aplicar a posgrados o a Maestrías tenía que transitar una Licenciatura. Surgió la posibilidad de cursar, a través del FE FCA (Fondo de Estímulo a la Formación y Creación Artística), un programa de especialización en la Universidad Académica de Humanismo Cristiano (UAHC) que hacía que en cuatro semestres, al tener un grado de técnico universitario, obtuviera el grado de Licenciado en Artes. La UAHC tiene una estructura donde hay un montón de conocimiento en diferentes ramas, como historia popular latinoamericana por ejemplo. Y además de la necesidad de formarme siempre tuve una pulsión de viajar, de habitar otro territorio y de ver quién era yo en otro contexto.
En paralelo el año pasado estuve en un proceso de ensayos para montar un espectáculo que tiene como título original Anhedonia, que significa dejar de sentir. Es como una pre depresión que tiene que ver con no sentir ni tristeza ni felicidad. Y es algo que afecta a un sector generacional que está muy acostumbrado al uso de las tecnologías. La obra es protagonizada por cinco jóvenes que trabajan en un CallCenter y transcurre la tarde anterior a que les notifiquen que van a ser reemplazados por Inteligencia Artificial. Es una obra que escribí en 2020 en Uruguay, en pandemia, y que ese año ganó el segundo Premio Nacional de Literatura. Después hubo una etapa de investigación bajo un programa de dirección escénica que en su momento organizaban y financiaban fundaciones y entes estatales de varios países. Luego de ese proceso dejé el material leudando y el año pasado surgió la posibilidad de trabajar con un equipo de egresados de una institución chilena que se llama DuocUC, que es una división de la Universidad Católica con la Unión de Obreros y Campesinos de Chile. Trabajé con ese equipo de actores, hicimos un proceso junto a un productor ejecutivo que financió toda la etapa de ensayos e hicimos una apertura de proceso. El proyecto quedó en stand by porque es una obra ambiciosa que requiere una escala de producción que solo es viable con fondos concursables en Chile, así que seguimos a la espera de poder materializarlo.
Se nota un proceso de maduración que te permite reflexionar a la distancia sobre el medio teatral montevideano más allá de tu propia práctica artística.
Yo intento escribir dos obras por año y es algo que hago ininterrumpidamente desde el 2019. La escritura dramática la veo como un trabajo y, tal como me enseñó Sergio Blanco, le dedico una hora por día a la pieza en que esté trabajando antes de empezar cualquier otra actividad. Por las características de la precarización laboral dentro de las artes a veces no se dan las condiciones para que eso suceda, pero es un ejercicio importante. Y cada vez que gano un premio, y entre 2019 y 2024 gané varios, lo recibo como una paga por mi trabajo más que como un reconocimiento al talento. La escritura teatral para mí es un ejercicio técnico, es un ejercicio creativo pero tiene que ver con la técnica. Y la técnica es algo que se entrena y es algo que se calibra como la matemática, con las particularidades sensibles que puede llegar a tener. Pero siento que ese distanciamiento que he tomado con el medio ha generado que por un lado pueda desarrollarme creativamente a través de la escritura, pero también que voy acumulando textos en el cajón sin verlos montados. Me encantaría que mis textos sean dirigidos por alguien más, pero no se si va a llegar a suceder, porque otra particularidad del medio teatral uruguayo es que hay muchos autores directores. En Argentina, en Europa y en otros territorios el rol de la dirección teatral está profesionalizado independientemente de la dramaturgia, entendiendo que son dos carriles que pueden dialogar pero que perfectamente pueden estar en paralelo porque son narrativas totalmente distintas.
Y siento que ese distanciamiento que señalás lo vivo con alegría y con paciencia, que es algo que he ido adquiriendo en estos años. Siento que el hecho de haber nacido y crecido en Uruguay hizo que se me brindaran un montón de oportunidades de las que estoy muy agradecido, porque forjan la persona que soy hoy. Y me pasa que yo quiero volver a Uruguay, quiero vivir en Uruguay, me gusta, y lo puedo decir hoy habiendo vivido dos años en otro país. Pero la verdad es que no sé si voy a volver el semestre que viene, o si voy a volver en dos años, o en cinco, o si voy a volver. Es una gran pregunta. Porque también me doy cuenta de que el estar, el ser parte de, tiene que ver con el hacer y con el estar en el lugar. Y ahora estando en Montevideo trabajando la incertidumbre permanece. Vine este año por dos proyectos concretos y, aunque tomé trabajos de Implosivo desde mi rol de producción, y di el taller ”Dramaturgia para jóvenes que escuchan música pop” en el INAE como devolución de la beca FEFCA, sigo sintiendo una especie de ”estar de paso”. Un paso largo, casi de un año y algo, pero de paso. Mi amiga Leonor Courtoisie me dice que uno tiene que huir de Uruguay. Es la única forma de ”que las cosas funcionen”.







